Pasaron las elecciones al Congreso y con ellas las consultas presidenciales. El gran ganador al Congreso fue el partido del presidente Gustavo Petro, con 25 senadores y 40 representantes. Otro ganador fue el expresidente Álvaro Uribe, quien supo capitalizar con 17 senadores y más de 20 representantes a la Cámara con su partido Centro Democrático.
Pero en las consultas se dio la gran sorpresa en la llamada Gran Consulta por Colombia. El economista y exdirector del DANE, Juan Daniel Oviedo, sin maquinarias y a pura opinión, saldó su cuenta con más de un millón doscientos mil votos, una cifra nada despreciable entre nueve candidatos que buscaban capitalizar opinión, como la derrotada Vicky Dávila, o políticos sin base electoral sólida como David Luna, Juan Manuel Galán, Aníbal Gaviria y Mauricio Cárdenas.
Juan Daniel Oviedo pasó de ser un técnico del Estado a convertirse en un actor político con notable visibilidad en Colombia. Se volvió conocido porque dirigió el DANE durante el gobierno de Iván Duque, donde se posicionó como un técnico serio, un buen comunicador de datos y, sobre todo, como una figura independiente de los partidos tradicionales. Su apoyo se concentra en clases medias urbanas, jóvenes profesionales y votantes independientes: ciudadanos cansados de la polarización que domina el debate público. Ese mismo fenómeno ya se había visto cuando fue candidato a la alcaldía de Bogotá, donde obtuvo un resultado fuerte para alguien sin maquinaria política.
Oviedo proyecta una imagen limpia. No tiene escándalos de peso, utiliza un lenguaje claro y explica la política con datos. No polariza. No está asociado ni completamente a la izquierda ni a la derecha. En un país marcado por la confrontación entre figuras como Gustavo Petro y su oposición, ese perfil termina atrayendo a votantes moderados. Hay una parte del electorado que quiere política basada en datos y gestión, no solamente en ideología. Sin embargo, el sistema político colombiano sigue premiando más la maquinaria que la tecnocracia.
Este domingo 8 de marzo, una Colombia cansada de los odios y de los extremos le gritó al país que es posible tener una figura que no polarice y que, por el contrario, sume. Oviedo parece entender que el país se construye entre distintos. Muy distinto a lo que hoy ocurre con el gobierno de Petro, radicalizado y atrincherado en sus banderas rojas —como él mismo las llama— o en una izquierda recalcitrante que duele en el estómago y en los intestinos, que piensa con el páncreas y que utiliza un lenguaje excremental para referirse a todo aquello que no está con ellos.
Como parte del fenómeno en el que se ha convertido, Oviedo partía con gran empatía entre muchos colombianos que quieren apostar por un país lejos de la destrucción del sistema de salud, del derroche estatal en contratos y de una nómina gubernamental inflada por Gustavo Petro para saciar su apetito burocrático y político. Hoy Petro parece dar cabida a cualquier adulador sin importar qué tenga en la cabeza; lo único que importa es ser petrista.
El verdadero fenómeno Oviedo no está solo en el millón largo de votos que obtuvo, sino en lo que esos votos representan. Son el reflejo de una Colombia cansada de gritos, de trincheras ideológicas y de políticos que solo saben gobernar para los suyos. En medio de una política que insiste en dividir al país entre buenos y malos, entre izquierda y derecha, aparece una señal distinta: la de ciudadanos que quieren menos rabia y más razón, menos consignas y más gestión. La pregunta ahora no es si Oviedo es un fenómeno electoral pasajero. La verdadera pregunta es si la política colombiana será capaz de escuchar a esa Colombia que está pidiendo, silenciosamente, una forma distinta de hacer política.
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