viernes, junio 12, 2026

Cuatro años fueron suficientes

No, y definitivamente no. No votaré por la continuidad de este perverso gobierno al que muchos seguidores petristas llaman "el mejor de la historia"; al que muchos le dicen que sacó de la pobreza a los viejitos que reciben 230 mil pesos; al que muchos llaman "el mejor" porque, sin sustento alguno, planteó un salario mínimo en dos millones de pesos con un aumento de más del 20%, cuando el costo de vida del año anterior fue de solo el 5%. Y no votaré, no porque esté en contra de que la gente gane más plata o que los viejitos reciban una mesada, sino porque estoy en contra del "todo vale", del autoritarismo y la prepotencia de quienes se hartan como adalides de la moral mientras persiguen a quien no piensa igual que Petro, hasta el punto de llamarle bruto o ignorante, y pedirles que se vayan del país.

No soy de extrema derecha y nunca he votado por un candidato de esa corriente política; en cambio, sí voté por Petro tres veces (dos a la presidencia y una al senado) y también voté por Iván Cepeda al Senado cuando se lanzó por el Polo Democrático en el año 2014. Pero mal haría yo, entendiendo la realidad de este país, al permitir con mi voto que se le dé continuidad a las políticas del "todo vale" y a esos personajes que manejan el poder; esos que subieron como parte de una falsa promesa de cambio que nunca fue. Incluyendo a Armando Benedetti, quien, luego de ser redimido por Petro, logró ser el gran salvador de los años finales de este gobierno y quien, junto a Roy Barreras, representa lo peor de lo peor en la política del país. NO apoyo al actual presidente porque no estoy de acuerdo con que se suba borracho a una tarima a decir locuras, o peor aun, a postear en redes sociales en la madrugada bajo los efectos quien sabe de que sustancias.

No creo en la continuidad de este proyecto político de Petro. Lo considero un proyecto mesiánico, tan perjudicial como el que representó Uribe en su momento: un modelo en el que no parece caber todo el país, sino solo una parte de él; un modelo en el que se gobierna para los propios, sean estos de derecha o de izquierda.   No quiero para mi país un cambio del modelo de Estado mediante una constituyente impulsada por Petro a través de la recolección de firmas. No sé si su propósito sea implementar un modelo socialista o facilitar su regreso al poder, como ha ocurrido en otros países de la región. Lo que sí sé es que me preocupa cualquier intento de concentrar más poder en una sola corriente política.

No quiero un gobierno basado únicamente en promesas y discursos de plaza pública; un gobierno que, en nombre de proteger a las minorías, termine sacrificando los intereses de las mayorías. No quiero un gobierno que le incumplió al Caribe y a Barranquilla.  Tampoco quiero un gobierno que, por sus diferencias políticas con alcaldes y gobernadores que no pertenecen a su misma corriente ideológica, obstaculice el desarrollo de las regiones. Colombia necesita un liderazgo capaz de trabajar con todos los sectores y territorios, sin importar sus afinidades políticas, porque el progreso del país no puede depender de la militancia o de la cercanía con el gobierno de turno.                       

Tampoco quiero para Colombia otro presidente subordinado a un líder político, como ocurrió con Duque y Uribe, ni una relación similar entre Cepeda y Petro. Colombia merece más. Aunque considero que los dos candidatos que llegaron a la instancia final representan alternativas poco atractivas, estoy convencido de que cuatro años más del modelo actual no son lo que deseo para mi país. No quiero un gobierno cuyo presidente aparezca en tarimas en un estado de ebriedad, publique mensajes en redes sociales a altas horas de la madrugada o mantenga una confrontación permanente con las instituciones encargadas de ejercer control y equilibrio democrático.

Tampoco quiero un país en el que un candidato responda a quienes piensan distinto con frases como “¿por qué no se van del país?”, como si fuera dueño de Colombia o como si quienes están en el poder tuvieran derecho a señalar o excluir a quienes no comparten sus ideas. Colombia necesita más respeto por la diferencia, instituciones fuertes y líderes que gobiernen para todos, no solo para quienes los apoyan.

Cuatro años fueron suficientes para demostrarnos el fracaso de la paz total; el incremento de los grupos al margen de la ley, tanto en presencia como en número; el pacto de la Picota del hermano de Petro con bandidos para hacerse pasito; o tener que pagarles a los bandidos de la Primera Línea un millón de pesos para que no incendien el país, en vez de mandarlos a trabajar.

Y puede que el otro candidato sea igual de malo o incluso peor, pero aún no lo hemos visto gobernar. En cambio, ya conocemos a Petro y hemos visto cómo ha ejercido el poder y su constante irrespeto hacia quienes piensan diferente y hacia diversas instituciones.  Puede que el otro candidato también resulte ser irrespetuoso, pero al menos ha manifestado su intención de respetar y cumplir la Constitución, no de modificarla. Por su parte, considero que Petro ya ha utilizado el poder para favorecer a sus aliados políticos: los clanes que históricamente han comprado votos en el Atlántico o quienes estuvieron involucrados en escándalos relacionados con los recursos destinados a La Guajira.  Y qué decir de los casos que involucran a Bonilla y Velasco, sobre los cuales existen denuncias relacionadas con presuntas prácticas para obtener apoyos políticos en el Congreso. Por eso, aunque no me entusiasma ninguna de las alternativas, considero que ya tuvimos la oportunidad de evaluar a Petro en el ejercicio del poder y los resultados no me convencen.

Pero no solo no votaré porque Armando Benedetti o Roy Barreras sean los redimidos de Petro; no lo haré porque no estoy de acuerdo con que personajes como Hollman Morris, maltratador de su esposa, sea el dueño de un medio de comunicación bajo el amparo y con dineros del Estado, y que haya puesto ese medio al servicio de influencers que destilan el odio que tanto critican los petristas a quienes no piensan como ellos. No estoy de acuerdo con las políticas económicas de Petro y la izquierda, quienes de manera irresponsable endeudan al país y raspan la olla para cubrir 700 mil puestos de trabajo en la nómina estatal —muchos de ellos de corbata—, que solo suman votos pero no le suman al país. No estoy de acuerdo en que solo las universidades públicas sean las que presten el servicio de educación; por si no lo saben los petristas, las universidades privadas invierten sin ánimo de lucro en mejorar la educación sin tener estudiantes por 15 años, como pasa en las públicas con líderes de izquierda que solo atizan al estudiantado. No estoy de acuerdo con la toma de las universidades que Petro ha hecho a modo de intervenciones en varias instituciones del país, incluyendo la del Atlántico y la de Antioquia. 4 años son suficientes.

No estoy de acuerdo con las políticas de izquierda que dejaron perder los Juegos Panamericanos para Barranquilla en el año 2027 o que la ciudad no pudiera organizar un gran premio de formula 1, como símbolo de su ineptitud y mezquindad con la ciudad que más ha crecido en Colombia en los últimos años. No puedo estar de acuerdo con un modelo de gobierno que sacrifica el sistema de salud para imponer su sistema socialista —al estilo de cómo funciona en Cuba—, capaz de dejar morir a quienes necesitan medicamentos y no girarle los dineros a las EPS por puro capricho. Un gobierno que ha intervenido el sistema groseramente, peleándose con los actores que lo manejan en vez de concertar; un gobierno que se radicalizó en la extrema izquierda y que hoy, en su candidato, muestra la radicalización con su fórmula vicepresidencial, donde no suman sino que se endurecen más en su postura política.  No estoy de acuerdo con que Daniel Quintero, acusado de corrupción en Medellín por la fiscalia, sea quien maneje y vigile el sistema de salud.  

Si el 22 de junio los resultados no favorecen al petrismo, no sería extraño ver intentos de desestabilización y protestas en distintas partes del país. Para muchos será difícil aceptar la pérdida de espacios de poder, contratos y privilegios ligados al Estado. Como ha ocurrido en otras ocasiones, algunos buscarán presentarse como víctimas mientras promueven el caos, lo que podría derivar en intervenciones de las autoridades para recuperar el orden público.

Yo no votaré por Cepeda, porque creo que el país no va bien y porque creo que estamos más cerca de ser Venezuela que de ser Argentina, como tantos se comparan. Los petristas, desde el mismo Gustavo Petro para abajo, son los únicos culpables de que un tipo como Abelardo de la Espriella, quien hasta hace unos meses parecía un mal chiste, sea hoy el más opcionado para darle un giro de 180 grados al gobierno del país. Petro, y solo Petro, tiene la culpa; así como en su momento el aprendiz Duque fue el gran culpable de darle la oportunidad a Petro para que la desaprovechara con su visión de país radical. Un país en el que incluso su pupilo Cepeda llama a que se vayan los que no comulgan con su idea de nación progresista. Por ellos, no votaré.


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