martes, abril 14, 2026

El Dictador de "TEMU": Entre el guayabo y la Constituyente

Gustavo Petro finalmente se ha graduado como un dictadorcito de izquierda, pero de TEMU. Un personaje con ínfulas de superioridad que cree que ostentar el título de presidente lo convierte en el todopoderoso de una nación. Parece que a Gustavo se le olvida, muy convenientemente, que en Colombia nos regimos por una Constitución que enmarca en tres ramas del poder la convivencia del Estado Social de Derecho. Para Petro, ser el presidente le otorga el derecho divino de pontificar sobre lo humano y lo divino: desde el pene y el clítoris hasta Shakira. Incluso le da el descaro de irse en contra del Petro de 2014, aquel que bramaba porque lo destituía una autoridad no penal, sosteniendo que solo un juez de esa categoría podía remover a funcionarios elegidos por voto popular. ¡Qué corta es la memoria cuando se tiene la banda presidencial cruzada!

Como de costumbre, sus consejos de ministros son un circo mediático. Su modo de "transmitir información" ante sus colaboradores y subalternos es la antítesis de un buen liderazgo; es, más bien, el monólogo de un capataz que se escucha solo a sí mismo. Aun así, para muchos, Petro y su verborrea siguen siendo objeto de adoración ciega, alimentada por el odio hacia Uribe. Dos "pecuecas" que le hacen un daño incalculable al país, manteniéndonos sumidos en una falsa dicotomía: o con uno o con el otro, mientras el país se hunde.

En su último consejo de ministros, Petro soltó frases que no deberían pasar inadvertidas. Ya nos ha "deleitado" con discursos sobre la Constituyente, sobre acompasar el clítoris con el cerebro, sobre sus andanzas con Linda Yepes y otras barbaridades que solo caben en su realidad paralela. Esta vez, el blanco fueron los alcaldes y gobernadores, a quienes amenazó con la cárcel si no actúan frente al impuesto predial. Según su interpretación acomodada, la Constitución le permitiría remover mandatarios locales si no responden a la crisis de la manera que él desea. Para Petro, simplemente no existe la separación de poderes ni los límites presidenciales frente a autoridades elegidas.

Además, insistió en que los sectores políticos y terratenientes están instrumentalizando las protestas campesinas, reforzando ese desgastado discurso de confrontación “élite vs. pueblo” que tanto rédito le da para dividir a la opinión pública.


El atuendo de este reciente consejo no podía ser más diciente: gorra y gafas oscuras, como si intentara ocultar la “maluquera” de un guayabo tras pasar hasta las tres de la mañana disparando mensajes en redes sociales —incluyendo montajes de IA de Trump tocando en una orquesta—. Una imagen que destila cualquier cosa menos respeto por la institución que representa.

Este país nunca imaginó el daño tan grande que se hacía eligiendo a un tipo de la calaña de Petro. Una oportunidad de cambio tirada a la basura, empañada por las mismas prácticas que tanto criticó. Ahora, su único plan de gobierno parece ser mencionar a Álvaro Uribe Vélez para justificar sus ganas de quedarse cuatro años más en el poder, buscando una Constituyente que le permita la reelección. Rodeado de personajes como Bonilla, Carlos Ramón González, Velasco, el pastor Saade y Benedetti, Petro busca consolidar a Colombia como su pequeño imperio dictatorial; ese capricho que ni siquiera su némesis, Uribe, logró concretar del todo.

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