sábado, julio 18, 2026

Mezquinos

La actitud de Gustavo Petro e Iván Cepeda frente a Abelardo de la Espriella refleja una postura soberanamente mezquina, pues privilegia la confrontación y la descalificación barata sobre el debate de ideas y el respeto por las instituciones. Delatan, además, un desconocimiento total de las leyes y del Estado de derecho, ese mismo del que Petro tanto se ufana en Twitter dándose golpes de pecho como el "gran demócrata" de la nación. Estamos ante la enésima pataleta antidemocrática del progresismo criollo, una izquierda que hoy rechaza los resultados validados por las instituciones competentes. Un par de mezquinos más en la fauna política colombiana.

La mezquindad es, por definición, una forma de actuar caracterizada por la pequeñez de espíritu, la falta de generosidad y la tendencia a operar con egoísmo, rencor y mala fe. En nuestra política, esta miseria humana ya se volvió paisaje. Lo vimos desde el día uno con la posesión de Petro y el ridículo capítulo de la espada de Bolívar que Iván Duque no quiso ceder; y lo vemos hoy con el berrinche en torno a la posesión de De la Espriella en una guarnición militar. Petro no cederá, preso de su bajeza de espíritu y de ese descomunal ego mesiánico. Hoy, derrotado y aferrado a una narrativa ficticia, prefiere llamar "ilegítimo" al presidente electo.

La desobediencia civil es un mecanismo legítimo de protesta en las democracias occidentales, siempre que se ejerza de forma pacífica y asumiendo las consecuencias legales. Históricamente, gigantes como Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr. la utilizaron para cuestionar leyes abiertamente injustas. Pero equiparar a esos próceres con Iván Cepeda es un chiste de mal gusto.


Cepeda ha anunciado con bombos y platillos que promoverá la "desobediencia civil" contra el gobierno de Abelardo de la Espriella, cuestionando su legitimidad bajo la excusa de su doble nacionalidad. Ya advirtió que no asistirá a la posesión presidencial el próximo 7 de agosto, sin importar el lugar donde se realice la ceremonia. Ratificó su cruzada pacífica combinada con el control político, las acciones judiciales y la movilización ciudadana. Eso sí, para cobrar el sueldo no tiene escrúpulos: señaló que sí se posesionará como senador y se acogerá al Estatuto de la Oposición para seguir atornillado al Congreso. Afirma que no le reconoce legitimidad política ni ética a De la Espriella, pero bien que usará las herramientas del Estado para torpedearlo. Todo un "demócrata" el pupilo de Petro.

Tengamos memoria: si la derecha hace cuatro años no hubiese reconocido la victoria de Petro, el entonces mandatario ya se habría victimizado en plazas públicas, el lugar preferido para las lágrimas de cocodrilo de quienes se autodenominan "progresistas". Son personajes profundamente antidemocráticos y enemigos de la ley, sectarios que solo creen en la justicia cuando esta les da la razón. De lo contrario, se quitan la máscara y se convierten en lo que son: dictadores de Shein y de Temu, copias baratas de la tiranía global que abunda cuando los resultados electorales no les favorecen, y cuya única salida es recurrir a la mentira sin pruebas, gritando un falso fraude electoral.

viernes, julio 10, 2026

El país de "Los Nadie" y "Los Nunca"

En este país el poder se vuelve obsesivo. Así es como Gustavo Petro, quien se hacía llamar un demócrata —siempre y cuando él fuese el ganador de las elecciones—, hoy no reconoce los resultados. Junto a su pupilo Iván Cepeda, ha diseñado una estrategia para intentar regresar al poder en cuatro años; una receta que consiste en incendiar el país, sabotear al gobierno entrante y hacer lo que esa izquierda radical mejor sabe hacer: oponerse a todo, destruir y bloquear. Son tan buenos en esa tarea que, durante sus cuatro años de mandato, ellos mismos se sabotearon, se bloquearon y se autodestruyeron entre peleas internas, chuzadas, reclamos y la exclusión de la vicepresidenta de la vida pública. Relegaron a la dueña de la frase de "los nadie" a eso: a ser nadie en este horrible gobierno que, por fortuna, termina pronto.

"Los nadie" de Petro incluían a Roy Barreras como su mejor aliado en el Congreso; a Armando Benedetti como embajador en Venezuela y luego ministro del Interior; a Laura Sarabia como su mano derecha; a Rosita Villavicencio, una activista sindical, como ministra de Relaciones Exteriores; la joven revolucinaria Juliana Guerrero que falsificó sus titulos de pregrado; al pastor Alfredo Saade como director administrativo de la Presidencia y luego embajador en Brasil; y, como cerezas del pastel, a Juan Carlos Florián como ministro de Igualdad y a Daniel Quintero como superintendente de Salud. Todo un coctel ácido y amargo de personajes que marcaron el derrotero de este destilado gobierno petrista.

Hoy, ese mismo gobierno reclama ante todos el nombramiento de los que Abelardo de la Espriella, presidente electo para el periodo 2026-2030, ha llamado "los nunca". El gobierno entrante pasa de "los nadie" a los que siempre han estado en la política. Es así como el gabinete lo conforman los políticos de siempre, tales como Mauricio Gómez, Rodrigo Lara, Elsa Noguera y Viviane Morales, entre otros. Un ramillete de personas que siempre han estado en el poder con el gobierno de turno, a excepción del gobierno Petro, que optó por subir a cargos públicos a personas sin experiencia ni estudios, pero muy afines a sus ideales y a su radicalización ideológica.

El Gadafi colombiano —o bien Gustavo Petro por sus pintas extravagantes y gafas oscuras— ha dicho que no reconoce al gobierno entrante de Abelardo. Al igual que su pupilo Iván Cepeda, llaman a la desobediencia civil, a no reconocer el resultado y, obviamente, a seguir avivando esa lucha de clases y odios que tanto encanta a la izquierda. Petro no reconoce el resultado, pero sabe bien que perdió, aunque ahora hable de supuestos algoritmos en Estados Unidos que modificaron los resultados. Me pregunto si Petro sabrá siquiera qué es un algoritmo.



"Los nadies": Expresión popularizada por el escritor uruguayo Eduardo Galeano y adoptada por Petro en su campaña de 2022 para referirse a los excluidos, ignorados y marginados. En la campaña de 2026, Cepeda y el petrismo la siguieron usando como bandera de inclusión social.

"Los nunca": El lema impulsado por Abelardo de la Espriella para representar a quienes supuestamente "nunca han gobernado o pertenecido a la clase política tradicional", vendiéndose como la alternativa a "los de siempre".

La realidad es cruda: claramente "los nadie" terminaron siendo el sector más radical y menos preparado de la izquierda, y "los nunca" de Abelardo son, paradójicamente, los mismos que antes gobernaban y que hoy han vuelto al poder. Este es el país de las narrativas, donde "los nadie" le tiran a "los nunca", olvidando convenientemente que en su gobierno de "Nadies" estuvieron personajes con un dudoso historial político, pero que ayudaron mucho a Petro en su radicalización y en lo que mejor sabe hacer: nada.

martes, julio 07, 2026

I-legitimo

Hace unos meses, el actual presidente de Colombia, Gustavo Petro, decía que para que la cocaína fuera legal solo debían quitarle la «I» a la palabra ilegal, y con eso —según el laureado Petro— todo termina y se vuelve legal la droga. Petro, un tipo que pareciera que en las noches se mete sus meques o quién sabe qué sustancias para comenzar a trinar y escribir locuras, quiere llevar al país a una guerra civil. La violencia corre por sus venas; total, es un guerrillero que se declaró en rebeldía y se alzó en armas contra el Estado.

Hoy, luego de ser el presidente del país y no reconocer los resultados de las elecciones, Petro toma el camino que vimos muchos en estos cuatro años: el de su radicalización extrema y el llamado a la lucha de clases que dio lugar a las guerrillas y a las pugnas entre conservadores y liberales hace más de sesenta años.

Gustavo Petro afirmó que no reconoce la legitimidad del gobierno entrante de Abelardo de la Espriella y sostuvo que, según él, «Abelardo no ganó las elecciones». Incluso escribió en su cuenta de X que «el presidente de Colombia, de acuerdo con la decisión de los colombianos, es Iván Cepeda». Llama ilegítimo a Abelardo y dice que el presidente es Iván Cepeda. Un caso muy parecido ocurrió en Santa Marta hace unos años, cuando Carlos Caicedo logró imponer en el tarjetón a Jorge Agudelo, quien por votación lograba ganar, pero bajo un manto de ilegalidad, dado que su inscripción se dio fuera de los tiempos de ley gracias a un juez amigo de apellido Villalba.


De esas historias que gustan en la izquierda, a la que le cuesta llegar al poder y, cuando lo hace, difícilmente lo quiere soltar. Para Petro, Colombia debe seguir su camino: el de la rebelión o desobediencia civil, como la llaman él y su pupilo Iván Cepeda. Y eso que nos querían vender que ellos eran la democracia y la institucionalidad. Un verdadero despropósito el de este gobierno que no es capaz de reconocer los resultados aun cuando ya el CNE le entregó a Abelardo de la Espriella el certificado como ganador de las elecciones. Petro, sin ninguna prueba, sale a incendiar el país —lo mejor que sabe hacer— diciendo que las elecciones las ganó Abelardo gracias a algoritmos manipulados en California. ¿Sabrá Petro qué es un algoritmo, acaso? O peor aún, ¿lo sabrán los petristas que repiten como loros?

Petro afirmó que, en su criterio, las elecciones fueron fraudulentas y que Iván Cepeda fue el verdadero ganador, por lo que insistió: «El presidente de Colombia, de acuerdo con la decisión de los colombianos, es Iván Cepeda». Posteriormente, Cepeda hizo un llamado a la «desobediencia civil pacífica» si, según él, no se garantizaban la legalidad y la transparencia del proceso de transición y de la posesión presidencial. También convocó a movilizaciones sociales. Petro, por su parte, convocó marchas para el 20 de julio y respaldó la idea de mantener la protesta social, mientras insistía en que el resultado electoral debía ser impugnado por las vías jurídicas. Van a incendiar el país, como solo ellos saben hacerlo; buscarán marchas, cerrar calles, protestas y bloquear a un país que no merece tener estos dirigentes.

Para Petro y Cepeda, la elección de Abelardo no fue legítima, aunque para las instituciones el ilegítimo sea Cepeda. Quizás, si aplicamos la lógica petrista de quitarle la «I» a la palabra, Cepeda sería el legítimo ganador del país de las maravillas, así como hace unos años Agudelo, en Santa Marta, fue el alcalde de la ciudad de hierro.

miércoles, julio 01, 2026

¡No sea tan hijueputa, Iván!

Ha ganado las elecciones presidenciales Abelardo de la Espriella, una persona que nunca había hecho política, que no vivía en Colombia y que en poco más de nueve meses logró unificar el voto en contra de Petro, de este nefasto personaje que tanto daño le hizo al país en los últimos cuatro años. La diferencia del triunfo fue de algo más de 250 mil votos, en un país dividido en dos. Una diferencia que para Petro y su pupilo Iván Cepeda no es nada, pero a la vez es mucho: significa, ni más ni menos, su salida del poder.

En estos días, un petrista famoso y que logró gran impacto con su serie Matarife (dedicada a Álvaro Uribe) salió bastante demacrado y llorando, insultando al excandidato y senador Iván Cepeda por haberlos —según el señor Daniel Mendoza— vendido. En el video, Mendoza insultaba a Cepeda diciéndole, textualmente: "no sea tan hijueputa, Iván".

Iván Cepeda se reunió con Gustavo Petro recientemente en la Casa de Nariño, quizás delineando la estrategia para su actuar durante los próximos cuatro años en el gobierno de Abelardo de la Espriella. Una estrategia sencilla a todas luces, y que no es más que marchar en las calles, oponerse a todo lo que el nuevo gobierno proponga y, claro, incendiar el país como ellos solo lo saben hacer. Cepeda, en una rueda de prensa reciente, incluso habló de "desobediencia civil" si Abelardo de la Espriella, presidente de Colombia a partir del 7 de agosto, no cumple sus exigencias.


Estas condiciones incluyen: renunciar a la ciudadanía estadounidense antes de asumir la Presidencia (Cepeda sostiene que la doble nacionalidad genera un conflicto de lealtades incompatible con el cargo, una interpretación controvertida ya que otros juristas sostienen que la Constitución no establece esa prohibición de forma expresa); aclarar sus presuntos vínculos con agencias del gobierno de Estados Unidos, en particular por actuaciones profesionales pasadas relacionadas con autoridades estadounidenses, punto sobre el cual Cepeda ha pedido explicaciones públicas; comprometerse a respetar la soberanía y la justicia colombianas, manifestando que el nuevo gobierno no actuaría subordinado a intereses extranjeros; y no promover persecuciones políticas, incluyendo garantías respecto al tratamiento del presidente saliente y de los dirigentes de la oposición. Cepeda, como perdedor, le exige al ganador. Su oposición es tan chiquita como ellos; es lo único que saben hacer y lo que han hecho durante décadas.

Ese mismo Cepeda, senador de la República, no fue capaz de pronunciarse nunca por el caso de Nicolás Petro y la financiación de la campaña; nunca dijo nada por los audios de Benedetti, el escándalo de Laura Sarabia, las chuzadas y el polígrafo a su niñera. Cepeda calló cuando se mencionaba el saqueo de la UNGRD y los carrotanques de La Guajira, los contratos y nombramientos cuestionados de familiares y allegados; nunca pronunció palabra sobre los reiterados choques con las altas cortes y otros poderes públicos, ni sobre el carrusel de ministros y la inestabilidad del gabinete, que dejó más de 69 ministros en cuatro años. Nunca mencionó o pensó en los escándalos de corrupción en varias entidades del Gobierno. Cepeda, arquitecto de la fracasada "paz total", no se declaró en desobediencia civil por las masacres que ocurrieron en las narices de Petro, quien se dedicaba a jugar al congelado con el Clan del Golfo.

Pero Iván Cepeda sí llama a la desobediencia civil porque el presidente electo no ha renunciado todavía a la ciudadanía estadounidense. Van a incendiar el país y a tratar de volverlo inviable, como ya lo mencionan en redes sociales. Es lo que saben hacer, y es lo que nosotros, los colombianos de a pie, no deberíamos permitir. ¡No sea tan hijueputa, Iván! Ayude a construir país, no a destruirlo.

miércoles, junio 24, 2026

Petrolin

Estuvimos cuatro años en las manos de un presidente mitómano, dócil con los bandidos y al que nunca le importaron las reglas o leyes del país. Finalizó su gobierno como todo un dictador de Temu, incapaz de reconocer que salió derrotado con su pupilo, aunque hizo de todo para ganar, poniéndole el Estado a disposición a un candidato; algo que hizo sin pudor alguno: fue de frente y perdió. Chiquitos ante la derrota, y solo luego de que no pudieron demostrar todo lo que hablaron del sistema electoral colombiano, dicen que aceptan su triste revés.

En su gobierno, el Clan del Golfo —con el que negociaba su comisionado de Paz, Danilo Rueda— pasó de tener 4,061 integrantes en el año 2022, a registrar cerca de 9,915 miembros en el 2025. Todo un logro para la política de «paz total», que logró el efecto inverso: en vez de desmovilizar bandidos, los hizo más fuertes gracias a las concesiones de Petro y su gobierno; concesiones que incluyeron el retiro y la purga de generales del Ejército y la Policía. Una desbordada expansión que llegó acompañada del incremento de la criminalidad en todo el país.

Al realizar un análisis psicológico de Petro, podemos identificar a una persona que suele interpretar los acontecimientos dentro de un marco de conflicto entre fuerzas antagónicas (pueblo vs. élites, soberanía vs. poderes extranjeros). Este estilo es común en líderes de orientación populista de diferentes ideologías. Sus mensajes muestran una fuerte seguridad en sus interpretaciones, incluso cuando estas son controvertidas o cuestionadas por otros actores. Esto puede reflejar una personalidad con alta convicción ideológica y poca disposición a modificar sus posiciones.



Petro, al igual que otros líderes como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Andrés Manuel López Obrador, es capaz de cuestionar procesos electorales después de resultados desfavorables, lo cual responde más a una estrategia política y a un fuerte compromiso con su propia narrativa que a una enfermedad mental. Petro solo duró cuatro años en el poder, aunque "Petrolín" lleva 32 años en la vida pública, en la que fue elegido siete veces democráticamente. En todas esas ocasiones en las que ganó, nunca se quejó del sistema electoral.

Sin embargo, cuando pierde el poder del Estado —y pierde con la dureza con la que lo hace frente a un aparecido que no es político, que no vivía en Colombia y que llegó producto del mercadeo a la Casa de Nariño—, es incapaz de reconocer su derrota, aunque se haya esforzado hasta más no poder con todo lo que el presupuesto estatal les daba. La izquierda tuvo la mala fortuna de que el momento de gobernar llegara bajo el mando de Gustavo Petro, un exguerrillero del M-19 y exsenador de la República que intentó ser presidente tres veces hasta que, luego de un estallido social y un mal gobierno de Iván Duque, logró llegar a la Casa de Nariño.

Petro quizás no entienda que muchos colombianos no votaron por la derecha, sino en contra de lo que él hizo en cuatro años, en contra de toda su prepotencia; porque una cosa es ser oposición, escenario en donde se mueven como pez en el agua, y otra muy distinta es llegar a administrar deudas y negociar mercados. "Petrolin" tuvo sus aciertos en algunos indicadores, los cuales seleccionaba con pinzas a la hora de mostrar resultados, pero no le contaba al país el fracaso en seguridad y el miedo, la improvisación, el deterioro, la soberbia moral y el desorden que muchos sienten cuatro años después de que subiera al poder.

Álvaro Leyva acusó a Gustavo Petro de tener un problema de drogadicción en una carta pública en 2025, pero esa acusación ha sido negada por Petro y no ha sido demostrada públicamente con pruebas concluyentes. El perfil de Petro es el de un mitómano que miente con acusaciones de fraude en su red social X, tomando pantallazos de ChatGPT o de software de estudiantes de ingeniería de sistemas para embaucar a los que ciegamente van tras él. Lo mismo ocurría en épocas de Uribe Vélez con sus fanáticos uribistas, que posaban de ciegos, sordos y mudos. En eso se parecen los dos extremos: convocan fanáticos que los defienden tirándole agua sucia al otro lado para justificar su propio actuar.


lunes, junio 22, 2026

Fragmentados: El país del tajo en la mitad y el berrinche de Petro

Colombia está dividida en dos. Esa es la realidad y la foto fija que dejaron las elecciones del 21 de junio de 2026. Gustavo Petro se la jugó como nunca antes un presidente lo había hecho, interviniendo descaradamente en los comicios del país, y aun así perdió. Sucedió a pesar de tener a todo el aparato del Estado en campaña electoral y contar con la sospechosa permisividad hacia los grupos armados, que carnetizaron a la población y la obligaron a votar en regiones como Chocó, Nariño y el Cauca. Mesas enteras en las que solo se contabilizaron votos para un único candidato: el de Petro.

La fotografía final tras el preconteo nos muestra el mismo mapa de hace cuatro años: un país en las periferias y otro en el centro. En las costas triunfó el petrismo. En la Costa Caribe, aunque Abelardo De La Espriella es de Montería, en los siete departamentos de la región se impuso el pupilo de Gustavo Petro. Lo mismo ocurrió en la Costa Pacífica, donde Iván Cepeda arrasó en Nariño, Cauca, Valle del Cauca y Chocó.

Fue una votación impulsada por el miedo. Una Colombia que le teme al autoritarismo y a la idea de cambiar la Constitución en cabeza de la izquierda; y otra Colombia que le teme a ser "destripada", como se refería Abelardo en la campaña electoral.

Dentro de esas divisiones debemos revisar los fragmentos. En la izquierda de Petro, los más de 12 millones de votos que consiguió Cepeda fueron, en su mayoría, su músculo inicial —ese que siempre lo acompaña—, pero también sumaron los votos del miedo en las regiones donde hoy dominan los grupos armados al margen de la ley. Se sumaron, además, los votos de los empleados públicos y sus familias, obligados a votar por Cepeda bajo amenaza de despido; los votos que le endosó Roy Barreras en su habitual movida de ajedrecista político; los jóvenes de la "primera línea" que ya salieron a incendiar, y ese país que siempre marcha en contra de lo que llaman la derecha.

Del otro lado, los fragmentos que se cuentan son los de muchos votantes que no necesariamente "amaban" a De La Espriella, sino que querían un cambio frente al gobierno actual y sus políticas. Mucha gente votó para cambiar el rumbo del país tras la fracasada "paz total" y la corrupción incrustada en las altas esferas del gobierno Petro. Asimismo, muchos votaron para sacar al inquilino de la Casa de Nariño, el mismo que prometía hace unos días "un siglo de progresismo"; el mismo que se lanzó primero en una campaña por la constituyente, que luego negó en busca de votos, y que seguro ahora dirá que sí.

Abelardo no recibe un cheque en blanco. Con la votación de ayer el país quedó partido en dos, y esas dos Colombias son igual de válidas. El discurso del llamado "Tigre" anoche es un llamado a la unión, a tener un presidente que sea de toda Colombia y no solo de quienes votaron por él. Tiene todo para ser un gran mandatario si se sabe rodear de personas capaces y no cae en el error de Petro: hacer lo que le daba la gana con autoritarismo y de la mano de su secta más cercana. Un presidente electo en una votación tan ajustada suele tener menos margen político y necesita negociar más con la oposición, el Congreso y las regiones.



El gran derrotado de ayer fue Gustavo Petro. El país le dijo que no quiere su proyecto político, pero sobre todo, el voto fue para frenar las extralimitaciones de quien no le importa hacer lo que sea para mandar desde el poder, colocando a personajes como Benedetti al mando de la política, o a Daniel Quintero —imputado por corrupción— manejando hilos institucionales. Lo que le queda a esa mitad derrotada es aceptar los resultados con gallardía, algo que aún no han hecho ni Cepeda ni Petro, parapetados en la demagogia de que solo aceptarán los escrutinios. Unos escrutinios que ya van por encima del 99% y no muestran mayores cambios respecto a lo ocurrido el domingo.

La tarea del nuevo presidente es gobernar para toda Colombia, respetar la Constitución y las leyes, y sobre todo, no seguir con el discurso polarizador y de odio que caracterizó estos cuatro años de gobierno y a una campaña electoral que, por fin, llegó a su fin. Una tarea titánica porque muchos, en ambos lados, siguen pensando con el hígado.

viernes, junio 19, 2026

En campaña, cuando ganan y cuando pierden

Lo mejor que saben hacer en la izquierda de este país es oposición: saben denunciar, saben destruir con comentarios, pero no saben construir. Eso ya nos quedó claro en estos cuatro años de gobierno de Gustavo Petro. Sobre todo cuando se radicalizan y se esconden tras sus seguidores, un equipo que los rodea con el único mérito de ser fieles a la causa radical, pero sin el suficiente criterio o mérito adicional que requiere un cargo en el alto gobierno.

Iván Cepeda, un buen senador que tiene como gran mérito haber logrado que Álvaro Uribe haya sido condenado por el delito más tonto de todos los que se le han investigado, pero quizás el único donde Uribe dejó cabos sueltos, creyéndose el todopoderoso e intocable que se sentía. Cepeda es un senador que denuncia y que sabe vivir en la oposición; desde ahí se siente cómodo y lo hace bien. Tanto es así que, quizás sintiendo que las cosas no marchan para él, inicia su correría por las cárceles y contactos para buscar denuncias contra sus enemigos políticos. Lo que les queda siempre será denunciar, incendiar, buscar cómo destruir. Cuando son oposición tienen el remedio para todos los males del país, pero cuando gobiernan desde su radicalismo no son capaces de unir a una nación; son gobierno para un sector del país y no para todos.


En campaña, hablan de amor, de la vida, pero su incoherencia comienza cuando son los primeros defensores del aborto y hablan incluso de que ocurra en cualquier momento del embarazo. En campaña hablan de la vida, el amor, se hacen pasito con todos los sectores de centro. Incluso borran mensajes que lanzaron en contra de Fajardo, Claudia López y otros personajes; solo la coherencia de Fajardo le permite estar apartado de este sector político. Claudia López y Catherine Juvinao terminaron donde tanto criticaron.

Cuando ganan, son la prepotencia en pasta, son arrogantes, se radicalizan, se atrincheran, utilizan todos los medios del Estado para perpetuarse. No les importa nombrar corruptos como Daniel Quintero al frente de la Superintendencia de Salud; Quintero tiene más de 40 investigaciones relacionadas con su administración en distintos organismos de control y en la Fiscalía. Petro, en sus consejos de ministros, habla sus locuras —quién sabe si bajo el efecto de alguna droga o del alcohol—, en donde dice que ningún negro le va a decir qué hacer, o que las mujeres que acompasan el clítoris con el cerebro son geniales.

Cuando pierden, les queda incendiar el país. Amenazan con salir a las calles a destruir todo, dicen que si no ganan el país se va a incendiar y que ellos se podrán armar porque ya probaron el poder. En esa izquierda radical caben personajes como Beto Coral (en proceso de deportación de los Estados Unidos) y Martha Peralta, senadora indígena salpicada por corrupción en el caso de la UNGRD en La Guajira. No les importa nada. Cabe lo peor de lo peor sin remordimiento alguno.

En campaña son amor y vida; cuando gobiernan son arrogancia y prepotencia; y cuando pierden quieren destruir el país como lo hicieron en el año 2020 gracias a Duque y su mal gobierno. Esa es la izquierda progresista que nos tocó en Colombia.




sábado, junio 13, 2026

Si usted es inteligente no pelee por políticos

En estos días los ánimos están a flor de piel. La gente se muestra más sensible con la política y con el Mundial, siendo la contienda presidencial el principal tema de debate entre amigos y familiares. Cuando alguien no está de acuerdo con determinado candidato, en lugar de debatir ideas, lo califican de bruto, ignorante o estúpido. A mí me han llamado uribista y, del otro lado, petrista.

A todos los que quieren encasillarme en sus estereotipos y modelos de pensamiento solo puedo decirles una cosa: soy un ciudadano libre. Mi opinión no tiene ningún compromiso político porque no vivo de los políticos. Así como puedo escribir una crítica contra Petro, también he escrito muchas contra Uribe. Sin embargo, cuando algunos se quedan sin argumentos, prefieren recurrir al insulto antes que a la razón. La polarización del país ha llegado a tal punto que cualquier persona que no piense igual es ubicada automáticamente en el bando contrario. Me han llamado “elemento útil de Abelardo” y, por consiguiente, me han tildado de uribista. Incluso familiares que alguna vez me apreciaron han terminado cayendo en esa lógica. Su capacidad de argumentación parece terminar donde comienza el insulto hacia quien no comparte su candidato o cuestiona el modelo de gobierno que hemos tenido durante los últimos cuatro años.



Cuando se les pregunta qué logros destacan para justificar una candidatura presidencial, las respuestas suelen ser escasas. Algunos repiten constantemente los mismos argumentos: la mesada para los adultos mayores y el aumento del salario mínimo. Si pregunto qué ha hecho Iván Cepeda para ser presidente, la respuesta suele ser: “¿Y qué ha hecho tu candidato, Abelardo?”. Mi respuesta es sencilla: mi candidato ya no está en esta fase de las elecciones; voté por Sergio Fajardo. Entonces vuelven a responder que el gran mérito de Iván Cepeda es haber contribuido al proceso judicial contra Álvaro Uribe. Cuando les pregunto si eso basta para gobernar un país, responden: “¿Te parece poco? Con eso alcanza para ser presidente del mundo”. Una vez más, la inteligencia termina donde no hay argumentos.

Lo más curioso es que muchas personas pelean y se distancian por políticos que, en la práctica, comparten espacios, conversan y hasta celebran juntos. Mientras algunos amigos y familiares discuten y se ofenden entre sí, los dirigentes políticos se abrazan, comparten eventos y mantienen relaciones cordiales.

Un ejemplo es Carlos Caicedo, a quien Gustavo Petro llegó a calificar como “el marginal de la política”. Hace apenas unas semanas, Caicedo afirmó en una entrevista que no compartía los métodos del Gobierno Petro y marcó distancia frente a varias de sus decisiones. También cuestionó el incumplimiento de compromisos con el Magdalena y criticó la influencia de sectores de la política tradicional dentro del Gobierno. Sus críticas eran constantes y, además, mantenía distancia frente a la candidatura de Iván Cepeda. Sin embargo, consciente de las limitaciones de su aspiración presidencial y de sus escasas posibilidades electorales —no marcaba ni el 0.01% en las encuestas—, terminó retirando su candidatura para adherirse a Cepeda. Así funciona la política: los adversarios de ayer pueden convertirse en aliados de hoy. Claudia López, la camaleónica exalcaldesa de Bogotá, terminará, seguramente, apoyando a Cepeda, si es que aún no lo ha hecho. Un acto político que, quizás, aporte apenas dos o tres votos: el suyo, el de Angélica Lozano y el de Ernesto Gómez.

La campaña de Cepeda se presenta hoy bajo el lema “Me la juego por la vida”. Sin embargo, también ha recibido el apoyo de Santiago Botero, conocido popularmente como “Mr. Balín” por sus declaraciones en favor de respuestas contundentes contra la delincuencia. Además, sobre él han recaído denuncias públicas por presunta violencia intrafamiliar, acusaciones que él ha negado y que corresponden a las autoridades esclarecer. Resulta, cuando menos, llamativo que una campaña que hace de la defensa de la vida uno de sus principales mensajes reciba con tanto entusiasmo respaldos que generan controversia.

Si usted se considera una persona inteligente, no pelee por políticos. Al final, ellos viven cómodamente mientras usted, en el mejor de los casos, es un trabajador asalariado que necesita conservar su empleo y que depende de que la empresa donde labora obtenga buenos resultados. Su bienestar y el de su familia están mucho más ligados a su esfuerzo diario que a las disputas políticas que otros convierten en una guerra personal.

viernes, junio 12, 2026

Cuatro años fueron suficientes

No, y definitivamente no. No votaré por la continuidad de este perverso gobierno al que muchos seguidores petristas llaman "el mejor de la historia"; al que muchos le dicen que sacó de la pobreza a los viejitos que reciben 230 mil pesos; al que muchos llaman "el mejor" porque, sin sustento alguno, planteó un salario mínimo en dos millones de pesos con un aumento de más del 20%, cuando el costo de vida del año anterior fue de solo el 5%. Y no votaré, no porque esté en contra de que la gente gane más plata o que los viejitos reciban una mesada, sino porque estoy en contra del "todo vale", del autoritarismo y la prepotencia de quienes se hartan como adalides de la moral mientras persiguen a quien no piensa igual que Petro, hasta el punto de llamarle bruto o ignorante, y pedirles que se vayan del país.

No soy de extrema derecha y nunca he votado por un candidato de esa corriente política; en cambio, sí voté por Petro tres veces (dos a la presidencia y una al senado) y también voté por Iván Cepeda al Senado cuando se lanzó por el Polo Democrático en el año 2014. Pero mal haría yo, entendiendo la realidad de este país, al permitir con mi voto que se le dé continuidad a las políticas del "todo vale" y a esos personajes que manejan el poder; esos que subieron como parte de una falsa promesa de cambio que nunca fue. Incluyendo a Armando Benedetti, quien, luego de ser redimido por Petro, logró ser el gran salvador de los años finales de este gobierno y quien, junto a Roy Barreras, representa lo peor de lo peor en la política del país. NO apoyo al actual presidente porque no estoy de acuerdo con que se suba borracho a una tarima a decir locuras, o peor aun, a postear en redes sociales en la madrugada bajo los efectos quien sabe de que sustancias.

No creo en la continuidad de este proyecto político de Petro. Lo considero un proyecto mesiánico, tan perjudicial como el que representó Uribe en su momento: un modelo en el que no parece caber todo el país, sino solo una parte de él; un modelo en el que se gobierna para los propios, sean estos de derecha o de izquierda.   No quiero para mi país un cambio del modelo de Estado mediante una constituyente impulsada por Petro a través de la recolección de firmas. No sé si su propósito sea implementar un modelo socialista o facilitar su regreso al poder, como ha ocurrido en otros países de la región. Lo que sí sé es que me preocupa cualquier intento de concentrar más poder en una sola corriente política.

No quiero un gobierno basado únicamente en promesas y discursos de plaza pública; un gobierno que, en nombre de proteger a las minorías, termine sacrificando los intereses de las mayorías. No quiero un gobierno que le incumplió al Caribe y a Barranquilla.  Tampoco quiero un gobierno que, por sus diferencias políticas con alcaldes y gobernadores que no pertenecen a su misma corriente ideológica, obstaculice el desarrollo de las regiones. Colombia necesita un liderazgo capaz de trabajar con todos los sectores y territorios, sin importar sus afinidades políticas, porque el progreso del país no puede depender de la militancia o de la cercanía con el gobierno de turno.                       

Tampoco quiero para Colombia otro presidente subordinado a un líder político, como ocurrió con Duque y Uribe, ni una relación similar entre Cepeda y Petro. Colombia merece más. Aunque considero que los dos candidatos que llegaron a la instancia final representan alternativas poco atractivas, estoy convencido de que cuatro años más del modelo actual no son lo que deseo para mi país. No quiero un gobierno cuyo presidente aparezca en tarimas en un estado de ebriedad, publique mensajes en redes sociales a altas horas de la madrugada o mantenga una confrontación permanente con las instituciones encargadas de ejercer control y equilibrio democrático.

Tampoco quiero un país en el que un candidato responda a quienes piensan distinto con frases como “¿por qué no se van del país?”, como si fuera dueño de Colombia o como si quienes están en el poder tuvieran derecho a señalar o excluir a quienes no comparten sus ideas. Colombia necesita más respeto por la diferencia, instituciones fuertes y líderes que gobiernen para todos, no solo para quienes los apoyan.

Cuatro años fueron suficientes para demostrarnos el fracaso de la paz total; el incremento de los grupos al margen de la ley, tanto en presencia como en número; el pacto de la Picota del hermano de Petro con bandidos para hacerse pasito; o tener que pagarles a los bandidos de la Primera Línea un millón de pesos para que no incendien el país, en vez de mandarlos a trabajar.

Y puede que el otro candidato sea igual de malo o incluso peor, pero aún no lo hemos visto gobernar. En cambio, ya conocemos a Petro y hemos visto cómo ha ejercido el poder y su constante irrespeto hacia quienes piensan diferente y hacia diversas instituciones.  Puede que el otro candidato también resulte ser irrespetuoso, pero al menos ha manifestado su intención de respetar y cumplir la Constitución, no de modificarla. Por su parte, considero que Petro ya ha utilizado el poder para favorecer a sus aliados políticos: los clanes que históricamente han comprado votos en el Atlántico o quienes estuvieron involucrados en escándalos relacionados con los recursos destinados a La Guajira.  Y qué decir de los casos que involucran a Bonilla y Velasco, sobre los cuales existen denuncias relacionadas con presuntas prácticas para obtener apoyos políticos en el Congreso. Por eso, aunque no me entusiasma ninguna de las alternativas, considero que ya tuvimos la oportunidad de evaluar a Petro en el ejercicio del poder y los resultados no me convencen.

Pero no solo no votaré porque Armando Benedetti o Roy Barreras sean los redimidos de Petro; no lo haré porque no estoy de acuerdo con que personajes como Hollman Morris, maltratador de su esposa, sea el dueño de un medio de comunicación bajo el amparo y con dineros del Estado, y que haya puesto ese medio al servicio de influencers que destilan el odio que tanto critican los petristas a quienes no piensan como ellos. No estoy de acuerdo con las políticas económicas de Petro y la izquierda, quienes de manera irresponsable endeudan al país y raspan la olla para cubrir 700 mil puestos de trabajo en la nómina estatal —muchos de ellos de corbata—, que solo suman votos pero no le suman al país. No estoy de acuerdo en que solo las universidades públicas sean las que presten el servicio de educación; por si no lo saben los petristas, las universidades privadas invierten sin ánimo de lucro en mejorar la educación sin tener estudiantes por 15 años, como pasa en las públicas con líderes de izquierda que solo atizan al estudiantado. No estoy de acuerdo con la toma de las universidades que Petro ha hecho a modo de intervenciones en varias instituciones del país, incluyendo la del Atlántico y la de Antioquia. 4 años son suficientes.

No estoy de acuerdo con las políticas de izquierda que dejaron perder los Juegos Panamericanos para Barranquilla en el año 2027 o que la ciudad no pudiera organizar un gran premio de formula 1, como símbolo de su ineptitud y mezquindad con la ciudad que más ha crecido en Colombia en los últimos años. No puedo estar de acuerdo con un modelo de gobierno que sacrifica el sistema de salud para imponer su sistema socialista —al estilo de cómo funciona en Cuba—, capaz de dejar morir a quienes necesitan medicamentos y no girarle los dineros a las EPS por puro capricho. Un gobierno que ha intervenido el sistema groseramente, peleándose con los actores que lo manejan en vez de concertar; un gobierno que se radicalizó en la extrema izquierda y que hoy, en su candidato, muestra la radicalización con su fórmula vicepresidencial, donde no suman sino que se endurecen más en su postura política.  No estoy de acuerdo con que Daniel Quintero, acusado de corrupción en Medellín por la fiscalia, sea quien maneje y vigile el sistema de salud.  

Si el 22 de junio los resultados no favorecen al petrismo, no sería extraño ver intentos de desestabilización y protestas en distintas partes del país. Para muchos será difícil aceptar la pérdida de espacios de poder, contratos y privilegios ligados al Estado. Como ha ocurrido en otras ocasiones, algunos buscarán presentarse como víctimas mientras promueven el caos, lo que podría derivar en intervenciones de las autoridades para recuperar el orden público.

Yo no votaré por Cepeda, porque creo que el país no va bien y porque creo que estamos más cerca de ser Venezuela que de ser Argentina, como tantos se comparan. Los petristas, desde el mismo Gustavo Petro para abajo, son los únicos culpables de que un tipo como Abelardo de la Espriella, quien hasta hace unos meses parecía un mal chiste, sea hoy el más opcionado para darle un giro de 180 grados al gobierno del país. Petro, y solo Petro, tiene la culpa; así como en su momento el aprendiz Duque fue el gran culpable de darle la oportunidad a Petro para que la desaprovechara con su visión de país radical. Un país en el que incluso su pupilo Cepeda llama a que se vayan los que no comulgan con su idea de nación progresista. Por ellos, no votaré.


miércoles, junio 10, 2026

Jugadas Desesperadas: El Naufragio y las Piruetas Constitucionales del Petrismo

En el petrismo siguen confundidos. La derrota con Abelardo en la primera vuelta los ha dejado aturdidos; no han podido salir de esa sacudida. Hay damnificados evidentes, como María José Pizarro, a quien ya no se le ve al lado de Iván Cepeda en las tarimas. La senadora Pizarro ejercía un cargo que no requería trabajo: era la jefe de debate de un candidato que se negó a debatir.

Pero hablando de jugadas desesperadas, el petrismo lo tiene que intentar todo: desde entutelar el uso de la camiseta de Colombia por parte de los que no quieren a Petro —o un gobierno petrista cuatro años más—, hasta entutelar la frase "Firmes por la patria", que tan adictiva se ha vuelto para los colombianos (desde los niños hasta los abuelitos la repiten). Y es que a la campaña de Iván Cepeda todo le ha salido mal: desde no reconocer los resultados de la primera vuelta en cabeza de Petro y el candidato, no ir a los debates y pelear por lo que no es —como la camiseta de Colombia y su uso—, hasta salir en estos días a enseñar a chasquear los dedos como señal para pedir plata para lo que sigue.

Lo más reciente que se suma a su cúmulo de cagadas es la emisión de un acto de suspensión del presidente Petro por parte de una representante a la Cámara petrista, exesposa de Roy Barreras y miembro activo de su movimiento. Una jugada que puede ir en dos vías: victimizar a Petro —como tanto le gusta— para salir a las calles a incendiar el país, o permitir que en estas dos semanas que quedan de campaña toda la andanada del Estado Petro pueda promover la elección de su elegido, a quien cada día se le nota más incómodo, tratado como un títere de Petro. Sí, exactamente lo que tanto le criticaron en su momento a Iván Duque con Álvaro Uribe.

La congresista del Pacto Histórico, Gloria Arizabaleta, quien forma parte de la Comisión de Acusación, señaló que sí tiene competencia para suspender al presidente. Todo lo contrario a lo que dice la ley. Pero ellos, en su petrismo y de forma desesperada, necesitan figurar en estos días. La exesposa de Roy anunció que, en su calidad de investigadora del jefe de Estado en sus diez procesos disciplinarios por supuesta intervención en política, enviará el auto oficial al presidente del Senado, Lidio García, donde oficializará su decisión de suspender al jefe de Estado. Según la información conocida, Arizabaleta fundamentó el auto en el artículo 217 de la Ley 1952 de 2019. La representante investigadora concluyó que se cumplen los requisitos establecidos para ordenar una suspensión provisional durante una investigación disciplinaria.


Hay que recordarle a los petristas —que buscan maneras desesperadas de figurar y victimizar a Gustavo— que la Comisión de Acusaciones tiene funciones de investigación e instrucción, pero no de suspensión o destitución directa del presidente. El artículo 178 de la Constitución establece que la Cámara, previa actuación de la Comisión de Acusaciones, puede acusar al presidente ante el Senado. Es decir, la Comisión investiga y recomienda, pero no juzga ni sanciona. Asimismo, el artículo 174 dispone que corresponde al Senado conocer de las acusaciones formuladas contra el mandatario.

De acuerdo con el diseño constitucional colombiano, una eventual suspensión del presidente solo podría producirse dentro del trámite constitucional ante el Congreso en pleno, y no por la decisión individual de una representante o del presidente de la Comisión de Acusaciones. Diversos constitucionalistas y dirigentes políticos han señalado recientemente que solo el Senado en pleno podría adoptar una medida de esa naturaleza. La Constitución colombiana no autoriza a un representante individual a suspender al presidente de la República. La Comisión investiga; la Cámara acusa; y el Senado conoce y decide en los juicios políticos correspondientes.

Eso lo conoce Petro, lo conoce Roy Barreras y lo conocen los estudiantes de derecho petristas. Pero saben perfectamente que es una jugada para llevar al límite la Constitución, tensionar el ordenamiento y movilizar personas en las calles en contra del "fascismo" —como ellos lo llaman— o a favor del petrismo —como realmente es—. Saben que están perdiendo y que el país los rechaza; por eso acuden a jugadas desesperadas. Claro que, como todo en esta campaña, esta pirueta también les ha salido mal.




El dilema del "vice" entre la técnica y el discurso ancestral

En Colombia, el vicepresidente de la República tiene como función principal reemplazar al presidente cuando este falte de manera temporal o definitiva. Por eso se suele decir que el "vice" es una figura de sucesión presidencial y apoyo al Gobierno, cuyo nivel real de influencia depende exclusivamente de las responsabilidades que le asigne el mandatario de turno. Ya entrados en esta etapa crucial de las elecciones presidenciales de 2026, vale la pena analizar lo que quedó en el panorama: los dos candidatos que suplirían al presidente en caso de una falta absoluta. La pregunta que usted debe hacerse es: ¿con quién se sentiría mejor a la hora de que esa persona tome las riendas del país?. 

Por un lado, la fórmula de Abelardo de la Espriella es José Manuel Restrepo, un economista de la Universidad del Rosario, especialista en finanzas privadas, con maestría en Economía de la London School of Economics y doctorado en Administración de la University of Bath. Ha sido rector de varias instituciones de educación superior —como el CESA, Uniempresarial, la Universidad del Rosario (en cargos directivos) y la Universidad EIA de Medellín—. Es, probablemente, uno de los economistas colombianos con mayor experiencia simultánea en la academia y el sector público. Sus seguidores destacan su rigurosa preparación académica, su conocimiento técnico de la economía, su experiencia administrativa, su capacidad para dialogar con empresarios y universidades, y un perfil moderado frente a la asfixiante polarización política. Sin embargo, sus críticos no le perdonan haber pertenecido al gobierno de Iván Duque, haber apoyado reformas tributarias impopulares y mantener una estrecha cercanía con los sectores empresariales y económicos tradicionales.

En la otra orilla se encuentra Aída Quilcué, lideresa indígena del pueblo Nasa, nacida en Páez (Cauca) y reconocida por su trabajo en defensa de los derechos de las comunidades originarias y los derechos humanos. Actualmente es senadora y compite como formula de Iván Cepeda en la baraja del Pacto Histórico. Comenzó como promotora de salud en las comunidades indígenas del Cauca en los años noventa, fue una de las principales dirigentes del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) y la primera mujer en liderarlo. Participó activamente en la llamada "Minga Indígena", en movilizaciones sociales por derechos territoriales y contribuyó a la inclusión del capítulo étnico en el Acuerdo de Paz de 2016. Recibió, además, el Premio Nacional de Derechos Humanos en 2021.

No obstante, uno de los temas más comentados en el debate público es su falta de formación universitaria formal; diversas fuentes indican que cursó estudios hasta noveno grado. Cuando se le confronta en los medios, Quilcué suele responder con una serie de términos acuñados en su propio diccionario del cual parece no salir. Carece de respuestas concretas: solo habla de "viejitos", "madre tierra", "la vida", "territorios" y "sabiduría ancestral", entre otros tópicos. En la práctica, es una oratoria que no aterriza en nada concreto; un personaje peligrosamente similar al de "los nadie" que terminó montada en helicóptero y "viviendo sabroso", pero que poco o nada hizo por las negritudes, las minorías o por el país en general.

La senadora indígena, siempre que responde, incorpora un preámbulo retórico que no guarda relación alguna con la pregunta formulada. Jamás explica qué piensa hacer como vicepresidenta, más allá de la promesa de "vivir sabroso". En cuanto a su comunicación no verbal, Quilcué delata su incomodidad moviendo los ojos de forma errática ante los cuestionamientos; un lenguaje corporal que demuestra nerviosismo y una evidente falta de preparación para ejercer un cargo de tan alto nivel.  

En conclusión, los contrastes son brutales. José Manuel Restrepo es un economista y académico de élite, con amplia experiencia en la educación superior y en el manejo económico del Estado, admirado por su preparación técnica y cuestionado principalmente por su participación en el gobierno de Duque y sus posturas de corte liberal-conservador. Aída Quilcué es una de las líderes indígenas más influyentes, admirada por su trayectoria social, pero cuestionada con severidad por sus posiciones ideológicas, su cercanía al movimiento indígena organizado y la absoluta ausencia de formación académica. 

Pase lo que pase, uno de los dos acompañará al próximo presidente de Colombia desde el 7 de agosto de este año hasta el 2030. Depende de cada colombiano saber escoger y evaluar fríamente a quién le entregaría las llaves de la empresa en caso de que el gerente principal no pueda asumir sus funciones.

viernes, junio 05, 2026

Mondá pidieron, mondá llevaron: El veredicto de un platanal harto

De las tantas cosas que reprocho y me patean de este gobierno de izquierda en Colombia, es su sobradez, prepotencia y radicalización en su trinchera ideológica, desde donde han hecho lo que han querido con este país. Ejemplos sobran: dejar morir el sistema de salud con las intervenciones a las EPS más grandes del país, el famoso "shú, shú, shú" que predicaba Petro, y los bodegueros pagados con dineros del Estado que utilizan para su publicidad y adoctrinamiento. En esa soberbia y prepotencia, hace unas semanas en su campaña se escuchaba un grito sonoro: "¡Solo Iván Cepeda en esta mondá!". Y como al que no quiere caldo le dan dos tazas, Colombia, el pasado 31 de mayo, le dio mondá. Mondá pidieron, mondá llevaron.

Más del 59% de los colombianos no queremos que un gobierno de izquierda continúe al frente de este país. La sola amenaza de imponer una constituyente —la cual habían jurado y negado en mármol que harían— ya es, de por sí, un motivo mayor para no darles el voto. A lo que recurren ahora es a congelar la recolección de firmas por temas electorales y ver qué pasa. Lo que muchos tenemos por seguro es que van a incendiar el país el 22 de junio; el llamado lo hace el mismo Gustavo Petro, presidente de este platanal. Para los petristas, ese 59% de colombianos es bruto e ignorante porque no votaron por el «elegido», ese que solo lee discursos y no es capaz de ir a debates... ¡Válgame Dios!

Muchos no queremos más que RTVC, el sistema de televisión pública del país, siga siendo manejado como hasta hoy por Hollman Morris; un canal que se ha vuelto el Telesur de Colombia, con publicidad electoral a favor de Cepeda de forma descarada, donde los bodegueros posan de panelistas o periodistas, y la camorra y la lambonería están a la orden del día. Hace unos días, el ministro de Trabajo, Antonio Sanguino, salía diciendo: «¡Solo constituyente en esta mondá! Póngale la firma para que en Colombia las promesas y los derechos no queden en letra muerta»... Mondá pidieron, mondá llevaron.

Llenan plazas con buses que traen de pueblos cercanos a Barranquilla, recorren el país con la misma minga indígena que ha escuchado los discursos de Cepeda mil veces, y colocaron de segunda en el tarjetón a una persona que no terminó sus estudios, que no tiene ninguna profesión y que, por lo tanto, critica a quienes sí lo hemos hecho, tildando de ladrones a los que estudian porque, según ella, lo han hecho para robarse el país. No queremos la fracasada "paz total", que solo ha logrado el incremento de la presencia de grupos armados en muchos territorios, principalmente donde barrió Iván Cepeda.



A pocos meses de terminar el gobierno, se reportaba que habían pasado 65 ministros por las diferentes carteras del gobierno Petro; todo un récord para quien se atrincheró en la izquierda. Un mandatario que defiende a personas como Juliana Guerrero, que compra títulos universitarios para ejercer un cargo público, o que es capaz de decir que el "castigo" de Laura Sarabia fue ser enviada a la embajada de Colombia en el Reino Unido.

"La niña está triste" es una frase que le queda bien a los petristas que tanto criticaron y quemaron el centro. Hablaron tanto de Fajardo que hoy es imposible que las personas que creemos en él podamos votar por Cepeda. Este gobierno ha hecho lo que ha querido en este país; las leyes no le interesan. La prueba de ello es haberse pasado por la faja las normas electorales y tener funcionarios que intervienen abiertamente en política sin mayor reparo. El susto les da para decir que suelten a la bestia Benedetti, el de los 15 mil millones en campaña o que rescaten a Roy para que los ayude, esos personajes son una bomba molotov en elecciones.

Mondá pidieron, mondá están llevando, a ver si se bajan de esa nube. Pero, de seguro, lo que vendrá será represión, gente en las calles y bloqueos de parte de los petristas y las primeras líneas, que para eso sí sirven: para bloquear al país, no para producir.

lunes, junio 01, 2026

Y acá vamos de nuevo

Han pasado las elecciones presidenciales en su primer peaje: la primera vuelta. Una jornada con resultados que pueden parecer inesperados para algunos, debido a las expectativas de que Cepeda —el candidato del gobierno— ganara en primera vuelta, y a que finalmente el antigobierno, Abelardo de la Espriella, se llevara esta primera victoria.

Llegamos de nuevo al péndulo de los extremos; a movernos entre dos malas opciones de país, dos visiones tan contradictorias como perjudiciales por lo que representan. En sus modelos solo caben quienes piensan como ellos. Por un lado, Cepeda y una izquierda que se radicalizó con Petro en cuatro años; un personaje que solo gobernó por redes sociales y que se dedicó a descalificar a todos los que no lo acompañaran, hablando mal de instituciones como el Consejo de Estado, la Corte Suprema de Justicia, el Congreso y otros tantos. Demostró un total desprecio por el sistema de Estado que nos rige, a tal punto de querer acabarlas, tal y como lo decía Cepeda en sus discursos.

Por el otro lado está Abelardo de la Espriella, quien ha sabido capitalizar el sentimiento del "Fuera Petro" con una campaña sumamente showman y un plan de gobierno en el que habla de destripar a la extrema izquierda, lo cual tampoco es conveniente para este país. Es el reflejo de un país que no entiende de razones, o que no es capaz de ver más allá de encasillarse en si estás en contra de Uribe o de Petro. Un Uribe que pasará a la historia como el gran perdedor de estas elecciones, ya que no fue quien logró movilizar votantes hacia su candidata, la gran derrotada de la jornada de ayer.


Petro se lanzó con todos los recursos del Estado porque entendía que estaba perdido contra Abelardo. Así fue como se vino a la costa con toda su artillería a movilizar buses de pueblos en el Atlántico para hacer ver un apoyo fuerte en Barranquilla. Sin embargo, aunque Cepeda ganó en la ciudad, la diferencia fue mínima: poco más de 8 mil votos en una ciudad que hace cuatro años le había dado más de 100 mil votos de diferencia sobre Fico Gutiérrez, el segundo en esa ocasión.

Cepeda y sus seguidores, haciendo alarde de prepotencia y radicalismo durante esta primera vuelta, se ufanaban de gritar "solo Cepeda en esta monda"; y ya desde el otro extremo les respondieron: "monda pidieron, monda llevaron". Dos malos mundos llenos de irrespeto. Esa misma prepotencia de Cepeda, con la cual nunca quiso ir a debatir sabiendo que Sergio Fajardo lo desarmaba en dos segundos, o ese radicalismo de colocar a una indígena como su candidata vicepresidencial —esa misma senadora que dice en sus discursos que la gente estudiada es la que ha robado a Colombia, y que ella, por no haber terminado la primaria, era la mejor opción para no robar—. Como si en el Pacto Histórico no estuvieran los Olmedo López, o Carlos Ramón González y Bonilla.

La prepotencia de Cepeda de no ir a debates cuando se creía ganador, hoy seguro la aprovechará Abelardo. Esa campaña de Cepeda le mostró el camino antidemócrata a los demás, en una contienda electoral en la que todas las reglas posibles se rompieron por parte del gobierno, al punto de no aceptar los resultados porque no le favorecieron. Más del 59% del país le dijo "Fuera Petro", como gritan en los estadios muchos colombianos que no quieren un país radicalizado a la izquierda; muchos colombianos que ven cómo se perdió la oportunidad verdadera de cambiar a Colombia.

Y aquí vamos de nuevo: el país a elegir entre los dos extremos, dos modelos peligrosos por su radicalismo. Petro ya demostró que no gobierna para Colombia sino para su sector de izquierda; olvidó las regiones y todo aquello que no comulgara con su proyecto. Abelardo, en su discurso, menciona destripar a la izquierda. Qué peligro estar en este punto, qué dolor de estómago tener que elegir entre el SIDA y el CÁNCER. Eso es Colombia, pero ya vamos de nuevo, como en los últimos años.


viernes, mayo 29, 2026

La herencia del espanto: votar con la cabeza en el barranco

En nuestro país, las elecciones han estado marcadas siempre por el miedo: el temor a las FARC, el temor a Uribe, el temor a Petro, y el temor a la extrema derecha representada en Abelardo de la Espriella. Al tomar una decisión con miedo, pensamos más en “evitar perder” que en “ganar”; vemos más riesgos que oportunidades, tendemos a actuar a la defensiva y, muchas veces, terminamos eligiendo lo que da tranquilidad inmediata, no lo que realmente queremos. El problema aparece cuando el miedo exagera escenarios, paraliza o hace que decidamos solo por pura ansiedad.

Este domingo, lo que se juega en el país va más allá del miedo. Significa no ceder ante un falso cambio; significa el destino de lo que se ha construido en un país que, aunque imperfecto, aún es maravilloso para vivir. Quienes se montan en el gobierno con el falso discurso del cambio y de reivindicar acciones sociales terminan como todo político del montón y caudillista: entregados al poder y consagrados como los nuevos millonarios. Los casos ya los hemos visto en Santa Marta con el experimento de Carlos Caicedo y su clan; después de doce años, la ciudad sigue igual o peor que antes del caicedismo, con nuevos ricos montados en camionetas, rogando por los pesos que les da el hecho de ser simples lavaperros.

Petro entiende que su candidato no la tiene fácil. Por eso, ha hecho lo que ningún otro presidente se había atrevido a hacer: ha injerido directamente en las elecciones mediante sus redes sociales. Fue a la Costa Caribe descaradamente una semana antes y, en cada ciudad, se refirió a su candidato mientras despotricaba del rival de turno. Petro ve cómo el fenómeno del outsider Abelardo está captando la atención ante un posible segundo gobierno de izquierda —quizás más radical, pero que puede resultar más ordenado que el de Petro—, con un Cepeda que nunca imaginó ser presidente, hasta que a Uribe se le ocurrió denunciarlo y se le volteó la arepa en la Corte Suprema de Justicia. Podríamos decir que Uribe es el mayor elector de los últimos 24 años en el país, siempre colocando presidente, como pasó con Santos, con Duque, con el mismo Petro y, ahora, operando para que no sea Iván Cepeda.

Lo que está en juego es la Constitución, la carta que rige el modelo de país en el que vivimos. No es un buen momento para pensar en reformas en un país dividido y polarizado, donde no existen los consensos. Una Constitución que la izquierda quiere hacer a su medida —quizás para implementar un modelo comunista o, como lo llaman en el siglo XXI, el "modelo progresista"— puede dar al traste con todo un país. En Venezuela lo vivieron, y nosotros en Colombia podemos estar caminando el mismo sendero que los venezolanos recorrieron con un mitómano como Chávez, quien tiene mucho parecido a Petro: puro show.


Este domingo no deberíamos elegir entre el miedo a seguir el camino de Venezuela escogiendo a Abelardo, o el miedo a tener a un personaje apolítico que ha sido un showman en campaña, quien dice odiar el comunismo y ser el Milei o el Bukele colombiano. Este domingo deberíamos elegir con sensatez, definiendo a quién seríamos capaces de entregarle nuestra casa para que la administre; alguien que haya demostrado capacidad de gestión y liderazgo. Por eso, mi voto nuevamente será por el mejor candidato, aunque para muchos no sea el ganador. Para mí, Sergio Fajardo es la persona que este país necesita para dejar de lado la polarización y cambiar el territorio desde su estructura. Un cambio serio y seguro por el que volveré a votar por tercera vez consecutiva, aunque pareciera que el país camina derechito hacia el barranco entre Cepeda y Abelardo.


miércoles, mayo 27, 2026

El pacto de la ética movible

En la recta final de las elecciones en primera vuelta para presidente en Colombia, el país se apresta a elegir al sucesor de un gobierno que se dedicó a hacer exactamente lo que tanto criticó a los demás. El menú incluye la mayor estratagema de corrupción reciente, protagonizada por personajes de la calaña de Olmedo López, Luis Fernando Velasco, el exministro Ricardo Bonilla, Carlos Ramón González (hoy prófugo de la justicia refugiado en Nicaragua) y Sandra Ortiz. A este club se le sumaron luego los cuestionados Jorge Iván Ospina y el imputado Daniel Quintero. Todo un cartel digno de un "pacto histórico", pero de hampones.

No se puede ser un buen gobernante cuando el entonces candidato y hoy presidente de la república hablaba en su círculo cercano de "mover la línea ética". Correrla, acomodarla, tal y como lo hace hoy con su candidato Iván Cepeda, interviniendo descaradamente en política todos los días. Esto incluye el cinismo de ver a su elegido electoral mover esa misma línea ética sin pudor, organizando eventos masivos a una semana de las elecciones y pretendiendo normalizar de forma literal lo que nunca se ha hecho o simplemente está prohibido por ley. Pero claro, para él sí se puede. Estamos ante un candidato que, además, se niega sistemáticamente a debatir sus propuestas, nocivas como modelo de país.

Ese mismo candidato recibe con descaro a quienes son imputados por la justicia, aplicando la vieja máxima atribuida a Álvaro Uribe: que voten los proyectos mientras no estén en la cárcel. Así es como recibe con los brazos abiertos a Carlos Caicedo, investigado y acusado en varios procesos relacionados con presuntas irregularidades en la contratación pública durante su etapa como alcalde de Santa Marta y gobernador del Magdalena. El exgobernador ya ha sido imputado, acusado formalmente y llamado a juicio en distintos procesos. Caicedo es recibido en medio de una rueda de prensa donde balbucean sobre un supuesto "acuerdo programático"; una salida digna que busca el exgobernador ante su fracasada intención de ser presidente. Un personaje que, seamos claros, no tiene los votos en estas elecciones ni para lograr la reposición de dinero que la ley otorga a quienes alcancen el umbral del 3% de la votación válida total.


En las huestes de Iván Cepeda hay de todo. Ahí figura el senador Antonio Correa, quien fue secretario de Salud en Magangué durante la administración de Jorge Luis Alfonso López, alias “El Gatico” (hijo de la empresaria del chance Enilce López). La Corte Suprema llamó a Correa a juicio por presuntos hechos de corrupción relacionados con contratos y supuestas coimas en convenios interadministrativos en Bolívar y Córdoba. Correa pertenece al Partido de la U, pero ha sido un férreo impulsor y ferviente apoyo del gobierno de Petro. Nada raro en nuestra fauna política.

La periodista Juanita Gómez lo resumió perfectamente: lo de Petro con Cepeda no es una simple campaña presidencial. Parece una estrategia paso a paso para quedarse con el poder, desacreditar las reglas de juego y empujar al país a una peligrosa normalización del abuso político.

jueves, mayo 21, 2026

Por hechos y hoja de vida: Mi voto contra el cáncer y el SIDA de la política en Colombia

Imagínese tener que elegir entre el sida y el cáncer; entre dos males que se confrontan diariamente, se necesitan mutuamente para vivir y son en estos momentos los punteros en las encuestas. La discusión en Colombia sigue atrapada en el bucle de Uribe y Petro. En estos días, la pelea fue por un mural al frente de la casa de Uribe que le recordaba los 6.402 falsos positivos ocurridos durante su gobierno. Qué mamera y qué cansancio la disputa eterna entre estos dos tumores políticos.

Cuando pareciera que no hay más remedio que seguir la corriente e ir a donde va la gente, terminando como siempre en que el "voto útil" defina la elección presidencial, es bueno y necesario recordar que no todo está perdido. Hay opciones sensatas y con verdadera preparación para gobernar; personas que ya lo han hecho y lo saben hacer. Por eso, mi voto en esta elección del 31 de mayo será, por tercera vez, por Sergio Fajardo: un doctor en matemáticas, calificado en su momento como el mejor alcalde y el mejor gobernador del país, docente en diferentes universidades del mundo, una persona que habla inglés perfectamente y que sería un digno representante de este país, lejos de los extremos radicales de Abelardo de la Espriella o de Iván Cepeda.

Fajardo es matemático de la Universidad de los Andes, con maestría y doctorado (PhD) en la Universidad de Wisconsin-Madison. Durante su alcaldía en Medellín (2004-2007), uno de sus principales hitos fue la transformación urbana y social de la ciudad, donde impulsó parques-bibliotecas y colegios, logró una reducción importante de la violencia y realizó la más alta inversión en educación y cultura ciudadana. Como gobernador de Antioquia (2012-2015), fortaleció los programas educativos, promovió la infraestructura regional y mantuvo una narrativa de transparencia. Esa es una gestión hecha realidad, completamente distante de los discursos demagogos del gobierno actual de Petro.


Fajardo ha defendido durante años una premisa clara: “La educación es el camino para transformar a Colombia”. Esa misma educación de la que carece el país y que lleva a muchos a irrespetar la propiedad privada, incluyendo al mismo presidente Petro, quien desconoce la ley al afirmar de forma absurda que las fachadas de las casas son propiedad pública. Una muestra más de cómo contradicen la Constitución Política, esa que tanto quieren cambiar para perpetuarse en el poder y montar un modelo de gobierno fracasado como el de Venezuela.

A lo largo de los años, Fajardo ha mantenido una imagen de honestidad, alejado de las maquinarias tradicionales. Es una figura moderada, técnica y con un discurso anticorrupción respaldado por hechos. Cuenta con experiencia ejecutiva real, a diferencia de esos candidatos que solo han sido congresistas, figuras mediáticas o abogados de Twitter. Él ya manejó presupuestos públicos gigantescos y lideró equipos complejos. Sabe gobernar.

Es hora de que el país se pellizque y cambie el libreto confrontacional entre el petrismo y el uribismo, dos corrientes destructivas que solo le hacen daño a Colombia. El 31 de mayo, mi voto va nuevamente a la fija. Mi voto es por Fajardo.

Mezquinos

La actitud de Gustavo Petro e Iván Cepeda frente a Abelardo de la Espriella refleja una postura soberanamente mezquina, pues privilegia la c...