Parece un guion de ciencia ficción, pero es nuestra realidad nacional: tras cuatro años de una gestión que ha coqueteado peligrosamente con el abismo, más del 30% de los encuestados ya sintonizan la frecuencia del "sucesor" de Gustavo Petro. ¿Cómo explicarle a un observador externo —a un extraterrestre, si se quiere— que un país que vio en primera fila el naufragio de Venezuela hace 27 años, hoy decida caminar por el mismo sendero pedregoso, ignorando el reflejo del espejo vecino?
La respuesta no está en la lógica, sino en la rentabilidad de la polarización. Iván Cepeda, ese arquitecto de la narrativa del "enemigo único", ha encontrado en la figura de Álvaro Uribe una mina de oro político. Para sus seguidores, el único mérito necesario es haber logrado que el expresidente enfrentara a la justicia. No importan los cabos sueltos, ni que el delito fuera el "más suave" de su repertorio; el trofeo de la captura es suficiente para obnubilar cualquier juicio crítico sobre la capacidad de Cepeda para gobernar un país, y no solo para perseguir fantasmas del pasado.
Mientras tanto, en las calles, el "vivir sabroso" se traduce en una matemática simplista y peligrosa. El petrismo de base celebra que "a los viejitos les llega plata" o se regodea en un salario mínimo de dos millones de pesos —cifra que ningún gobierno anterior se atrevió a tocar, quizás por responsabilidad macroeconómica, no por falta de ganas—. Para este sector, la seguridad es un daño colateral aceptable. ¿Qué importan las bombas de las disidencias de las FARC o el estrepitoso fracaso de la "Paz Total" si el bolsillo siente un alivio artificial?
Sin embargo, detrás de la cortina de las "reformas sociales" y la "transición energética", se esconde una estructura voraz. El gobierno de Petro, autoproclamado adalid del cambio, se alimenta hoy de la misma burocracia podrida que prometió extirpar. La nómina estatal está inflada para saciar el hambre de personajes como Armando Benedetti, Roy Barreras, el preso Wadith Manzur o el imputado Daniel Quintero, quien hoy maneja los hilos de la salud. Es una paradoja sangrienta: el motor de la candidatura de Cepeda son los sectores tradicionales de La U, los liberales regionales y las estructuras de los Besaile o Antonio José Correa. El "cambio" resultó ser un reciclaje de lealtades por mermelada.
Al final, la tragedia colombiana no es que no veamos el espejo de Venezuela; es que, aun viéndolo, preferimos romperlo antes que reconocer que nos estamos convirtiendo en la misma imagen que juramos rechazar. Con tal de que el "enemigo" no vuelva al poder, el país puede arder. Total, según ellos, así se vive sabroso.
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