Han pasado las elecciones presidenciales en su primer peaje: la primera vuelta. Una jornada con resultados que pueden parecer inesperados para algunos, debido a las expectativas de que Cepeda —el candidato del gobierno— ganara en primera vuelta, y a que finalmente el antigobierno, Abelardo de la Espriella, se llevara esta primera victoria.
Llegamos de nuevo al péndulo de los extremos; a movernos entre dos malas opciones de país, dos visiones tan contradictorias como perjudiciales por lo que representan. En sus modelos solo caben quienes piensan como ellos. Por un lado, Cepeda y una izquierda que se radicalizó con Petro en cuatro años; un personaje que solo gobernó por redes sociales y que se dedicó a descalificar a todos los que no lo acompañaran, hablando mal de instituciones como el Consejo de Estado, la Corte Suprema de Justicia, el Congreso y otros tantos. Demostró un total desprecio por el sistema de Estado que nos rige, a tal punto de querer acabarlas, tal y como lo decía Cepeda en sus discursos.
Por el otro lado está Abelardo de la Espriella, quien ha sabido capitalizar el sentimiento del "Fuera Petro" con una campaña sumamente showman y un plan de gobierno en el que habla de destripar a la extrema izquierda, lo cual tampoco es conveniente para este país. Es el reflejo de un país que no entiende de razones, o que no es capaz de ver más allá de encasillarse en si estás en contra de Uribe o de Petro. Un Uribe que pasará a la historia como el gran perdedor de estas elecciones, ya que no fue quien logró movilizar votantes hacia su candidata, la gran derrotada de la jornada de ayer.
Cepeda y sus seguidores, haciendo alarde de prepotencia y radicalismo durante esta primera vuelta, se ufanaban de gritar "solo Cepeda en esta monda"; y ya desde el otro extremo les respondieron: "monda pidieron, monda llevaron". Dos malos mundos llenos de irrespeto. Esa misma prepotencia de Cepeda, con la cual nunca quiso ir a debatir sabiendo que Sergio Fajardo lo desarmaba en dos segundos, o ese radicalismo de colocar a una indígena como su candidata vicepresidencial —esa misma senadora que dice en sus discursos que la gente estudiada es la que ha robado a Colombia, y que ella, por no haber terminado la primaria, era la mejor opción para no robar—. Como si en el Pacto Histórico no estuvieran los Olmedo López, o Carlos Ramón González y Bonilla.
La prepotencia de Cepeda de no ir a debates cuando se creía ganador, hoy seguro la aprovechará Abelardo. Esa campaña de Cepeda le mostró el camino antidemócrata a los demás, en una contienda electoral en la que todas las reglas posibles se rompieron por parte del gobierno, al punto de no aceptar los resultados porque no le favorecieron. Más del 59% del país le dijo "Fuera Petro", como gritan en los estadios muchos colombianos que no quieren un país radicalizado a la izquierda; muchos colombianos que ven cómo se perdió la oportunidad verdadera de cambiar a Colombia.
Y aquí vamos de nuevo: el país a elegir entre los dos extremos, dos modelos peligrosos por su radicalismo. Petro ya demostró que no gobierna para Colombia sino para su sector de izquierda; olvidó las regiones y todo aquello que no comulgara con su proyecto. Abelardo, en su discurso, menciona destripar a la izquierda. Qué peligro estar en este punto, qué dolor de estómago tener que elegir entre el SIDA y el CÁNCER. Eso es Colombia, pero ya vamos de nuevo, como en los últimos años.
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