En nuestro país, las elecciones han estado marcadas siempre por el miedo: el temor a las FARC, el temor a Uribe, el temor a Petro, y el temor a la extrema derecha representada en Abelardo de la Espriella. Al tomar una decisión con miedo, pensamos más en “evitar perder” que en “ganar”; vemos más riesgos que oportunidades, tendemos a actuar a la defensiva y, muchas veces, terminamos eligiendo lo que da tranquilidad inmediata, no lo que realmente queremos. El problema aparece cuando el miedo exagera escenarios, paraliza o hace que decidamos solo por pura ansiedad.
Este domingo, lo que se juega en el país va más allá del miedo. Significa no ceder ante un falso cambio; significa el destino de lo que se ha construido en un país que, aunque imperfecto, aún es maravilloso para vivir. Quienes se montan en el gobierno con el falso discurso del cambio y de reivindicar acciones sociales terminan como todo político del montón y caudillista: entregados al poder y consagrados como los nuevos millonarios. Los casos ya los hemos visto en Santa Marta con el experimento de Carlos Caicedo y su clan; después de doce años, la ciudad sigue igual o peor que antes del caicedismo, con nuevos ricos montados en camionetas, rogando por los pesos que les da el hecho de ser simples lavaperros.
Petro entiende que su candidato no la tiene fácil. Por eso, ha hecho lo que ningún otro presidente se había atrevido a hacer: ha injerido directamente en las elecciones mediante sus redes sociales. Fue a la Costa Caribe descaradamente una semana antes y, en cada ciudad, se refirió a su candidato mientras despotricaba del rival de turno. Petro ve cómo el fenómeno del outsider Abelardo está captando la atención ante un posible segundo gobierno de izquierda —quizás más radical, pero que puede resultar más ordenado que el de Petro—, con un Cepeda que nunca imaginó ser presidente, hasta que a Uribe se le ocurrió denunciarlo y se le volteó la arepa en la Corte Suprema de Justicia. Podríamos decir que Uribe es el mayor elector de los últimos 24 años en el país, siempre colocando presidente, como pasó con Santos, con Duque, con el mismo Petro y, ahora, operando para que no sea Iván Cepeda.
Lo que está en juego es la Constitución, la carta que rige el modelo de país en el que vivimos. No es un buen momento para pensar en reformas en un país dividido y polarizado, donde no existen los consensos. Una Constitución que la izquierda quiere hacer a su medida —quizás para implementar un modelo comunista o, como lo llaman en el siglo XXI, el "modelo progresista"— puede dar al traste con todo un país. En Venezuela lo vivieron, y nosotros en Colombia podemos estar caminando el mismo sendero que los venezolanos recorrieron con un mitómano como Chávez, quien tiene mucho parecido a Petro: puro show.
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