viernes, julio 10, 2026

El país de "Los Nadie" y "Los Nunca"

En este país el poder se vuelve obsesivo. Así es como Gustavo Petro, quien se hacía llamar un demócrata —siempre y cuando él fuese el ganador de las elecciones—, hoy no reconoce los resultados. Junto a su pupilo Iván Cepeda, ha diseñado una estrategia para intentar regresar al poder en cuatro años; una receta que consiste en incendiar el país, sabotear al gobierno entrante y hacer lo que esa izquierda radical mejor sabe hacer: oponerse a todo, destruir y bloquear. Son tan buenos en esa tarea que, durante sus cuatro años de mandato, ellos mismos se sabotearon, se bloquearon y se autodestruyeron entre peleas internas, chuzadas, reclamos y la exclusión de la vicepresidenta de la vida pública. Relegaron a la dueña de la frase de "los nadie" a eso: a ser nadie en este horrible gobierno que, por fortuna, termina pronto.

"Los nadie" de Petro incluían a Roy Barreras como su mejor aliado en el Congreso; a Armando Benedetti como embajador en Venezuela y luego ministro del Interior; a Laura Sarabia como su mano derecha; a Rosita Villavicencio, una activista sindical, como ministra de Relaciones Exteriores; la joven revolucinaria Juliana Guerrero que falsificó sus titulos de pregrado; al pastor Alfredo Saade como director administrativo de la Presidencia y luego embajador en Brasil; y, como cerezas del pastel, a Juan Carlos Florián como ministro de Igualdad y a Daniel Quintero como superintendente de Salud. Todo un coctel ácido y amargo de personajes que marcaron el derrotero de este destilado gobierno petrista.

Hoy, ese mismo gobierno reclama ante todos el nombramiento de los que Abelardo de la Espriella, presidente electo para el periodo 2026-2030, ha llamado "los nunca". El gobierno entrante pasa de "los nadie" a los que siempre han estado en la política. Es así como el gabinete lo conforman los políticos de siempre, tales como Mauricio Gómez, Rodrigo Lara, Elsa Noguera y Viviane Morales, entre otros. Un ramillete de personas que siempre han estado en el poder con el gobierno de turno, a excepción del gobierno Petro, que optó por subir a cargos públicos a personas sin experiencia ni estudios, pero muy afines a sus ideales y a su radicalización ideológica.

El Gadafi colombiano —o bien Gustavo Petro por sus pintas extravagantes y gafas oscuras— ha dicho que no reconoce al gobierno entrante de Abelardo. Al igual que su pupilo Iván Cepeda, llaman a la desobediencia civil, a no reconocer el resultado y, obviamente, a seguir avivando esa lucha de clases y odios que tanto encanta a la izquierda. Petro no reconoce el resultado, pero sabe bien que perdió, aunque ahora hable de supuestos algoritmos en Estados Unidos que modificaron los resultados. Me pregunto si Petro sabrá siquiera qué es un algoritmo.



"Los nadies": Expresión popularizada por el escritor uruguayo Eduardo Galeano y adoptada por Petro en su campaña de 2022 para referirse a los excluidos, ignorados y marginados. En la campaña de 2026, Cepeda y el petrismo la siguieron usando como bandera de inclusión social.

"Los nunca": El lema impulsado por Abelardo de la Espriella para representar a quienes supuestamente "nunca han gobernado o pertenecido a la clase política tradicional", vendiéndose como la alternativa a "los de siempre".

La realidad es cruda: claramente "los nadie" terminaron siendo el sector más radical y menos preparado de la izquierda, y "los nunca" de Abelardo son, paradójicamente, los mismos que antes gobernaban y que hoy han vuelto al poder. Este es el país de las narrativas, donde "los nadie" le tiran a "los nunca", olvidando convenientemente que en su gobierno de "Nadies" estuvieron personajes con un dudoso historial político, pero que ayudaron mucho a Petro en su radicalización y en lo que mejor sabe hacer: nada.

martes, julio 07, 2026

I-legitimo

Hace unos meses, el actual presidente de Colombia, Gustavo Petro, decía que para que la cocaína fuera legal solo debían quitarle la «I» a la palabra ilegal, y con eso —según el laureado Petro— todo termina y se vuelve legal la droga. Petro, un tipo que pareciera que en las noches se mete sus meques o quién sabe qué sustancias para comenzar a trinar y escribir locuras, quiere llevar al país a una guerra civil. La violencia corre por sus venas; total, es un guerrillero que se declaró en rebeldía y se alzó en armas contra el Estado.

Hoy, luego de ser el presidente del país y no reconocer los resultados de las elecciones, Petro toma el camino que vimos muchos en estos cuatro años: el de su radicalización extrema y el llamado a la lucha de clases que dio lugar a las guerrillas y a las pugnas entre conservadores y liberales hace más de sesenta años.

Gustavo Petro afirmó que no reconoce la legitimidad del gobierno entrante de Abelardo de la Espriella y sostuvo que, según él, «Abelardo no ganó las elecciones». Incluso escribió en su cuenta de X que «el presidente de Colombia, de acuerdo con la decisión de los colombianos, es Iván Cepeda». Llama ilegítimo a Abelardo y dice que el presidente es Iván Cepeda. Un caso muy parecido ocurrió en Santa Marta hace unos años, cuando Carlos Caicedo logró imponer en el tarjetón a Jorge Agudelo, quien por votación lograba ganar, pero bajo un manto de ilegalidad, dado que su inscripción se dio fuera de los tiempos de ley gracias a un juez amigo de apellido Villalba.


De esas historias que gustan en la izquierda, a la que le cuesta llegar al poder y, cuando lo hace, difícilmente lo quiere soltar. Para Petro, Colombia debe seguir su camino: el de la rebelión o desobediencia civil, como la llaman él y su pupilo Iván Cepeda. Y eso que nos querían vender que ellos eran la democracia y la institucionalidad. Un verdadero despropósito el de este gobierno que no es capaz de reconocer los resultados aun cuando ya el CNE le entregó a Abelardo de la Espriella el certificado como ganador de las elecciones. Petro, sin ninguna prueba, sale a incendiar el país —lo mejor que sabe hacer— diciendo que las elecciones las ganó Abelardo gracias a algoritmos manipulados en California. ¿Sabrá Petro qué es un algoritmo, acaso? O peor aún, ¿lo sabrán los petristas que repiten como loros?

Petro afirmó que, en su criterio, las elecciones fueron fraudulentas y que Iván Cepeda fue el verdadero ganador, por lo que insistió: «El presidente de Colombia, de acuerdo con la decisión de los colombianos, es Iván Cepeda». Posteriormente, Cepeda hizo un llamado a la «desobediencia civil pacífica» si, según él, no se garantizaban la legalidad y la transparencia del proceso de transición y de la posesión presidencial. También convocó a movilizaciones sociales. Petro, por su parte, convocó marchas para el 20 de julio y respaldó la idea de mantener la protesta social, mientras insistía en que el resultado electoral debía ser impugnado por las vías jurídicas. Van a incendiar el país, como solo ellos saben hacerlo; buscarán marchas, cerrar calles, protestas y bloquear a un país que no merece tener estos dirigentes.

Para Petro y Cepeda, la elección de Abelardo no fue legítima, aunque para las instituciones el ilegítimo sea Cepeda. Quizás, si aplicamos la lógica petrista de quitarle la «I» a la palabra, Cepeda sería el legítimo ganador del país de las maravillas, así como hace unos años Agudelo, en Santa Marta, fue el alcalde de la ciudad de hierro.

miércoles, julio 01, 2026

¡No sea tan hijueputa, Iván!

Ha ganado las elecciones presidenciales Abelardo de la Espriella, una persona que nunca había hecho política, que no vivía en Colombia y que en poco más de nueve meses logró unificar el voto en contra de Petro, de este nefasto personaje que tanto daño le hizo al país en los últimos cuatro años. La diferencia del triunfo fue de algo más de 250 mil votos, en un país dividido en dos. Una diferencia que para Petro y su pupilo Iván Cepeda no es nada, pero a la vez es mucho: significa, ni más ni menos, su salida del poder.

En estos días, un petrista famoso y que logró gran impacto con su serie Matarife (dedicada a Álvaro Uribe) salió bastante demacrado y llorando, insultando al excandidato y senador Iván Cepeda por haberlos —según el señor Daniel Mendoza— vendido. En el video, Mendoza insultaba a Cepeda diciéndole, textualmente: "no sea tan hijueputa, Iván".

Iván Cepeda se reunió con Gustavo Petro recientemente en la Casa de Nariño, quizás delineando la estrategia para su actuar durante los próximos cuatro años en el gobierno de Abelardo de la Espriella. Una estrategia sencilla a todas luces, y que no es más que marchar en las calles, oponerse a todo lo que el nuevo gobierno proponga y, claro, incendiar el país como ellos solo lo saben hacer. Cepeda, en una rueda de prensa reciente, incluso habló de "desobediencia civil" si Abelardo de la Espriella, presidente de Colombia a partir del 7 de agosto, no cumple sus exigencias.


Estas condiciones incluyen: renunciar a la ciudadanía estadounidense antes de asumir la Presidencia (Cepeda sostiene que la doble nacionalidad genera un conflicto de lealtades incompatible con el cargo, una interpretación controvertida ya que otros juristas sostienen que la Constitución no establece esa prohibición de forma expresa); aclarar sus presuntos vínculos con agencias del gobierno de Estados Unidos, en particular por actuaciones profesionales pasadas relacionadas con autoridades estadounidenses, punto sobre el cual Cepeda ha pedido explicaciones públicas; comprometerse a respetar la soberanía y la justicia colombianas, manifestando que el nuevo gobierno no actuaría subordinado a intereses extranjeros; y no promover persecuciones políticas, incluyendo garantías respecto al tratamiento del presidente saliente y de los dirigentes de la oposición. Cepeda, como perdedor, le exige al ganador. Su oposición es tan chiquita como ellos; es lo único que saben hacer y lo que han hecho durante décadas.

Ese mismo Cepeda, senador de la República, no fue capaz de pronunciarse nunca por el caso de Nicolás Petro y la financiación de la campaña; nunca dijo nada por los audios de Benedetti, el escándalo de Laura Sarabia, las chuzadas y el polígrafo a su niñera. Cepeda calló cuando se mencionaba el saqueo de la UNGRD y los carrotanques de La Guajira, los contratos y nombramientos cuestionados de familiares y allegados; nunca pronunció palabra sobre los reiterados choques con las altas cortes y otros poderes públicos, ni sobre el carrusel de ministros y la inestabilidad del gabinete, que dejó más de 69 ministros en cuatro años. Nunca mencionó o pensó en los escándalos de corrupción en varias entidades del Gobierno. Cepeda, arquitecto de la fracasada "paz total", no se declaró en desobediencia civil por las masacres que ocurrieron en las narices de Petro, quien se dedicaba a jugar al congelado con el Clan del Golfo.

Pero Iván Cepeda sí llama a la desobediencia civil porque el presidente electo no ha renunciado todavía a la ciudadanía estadounidense. Van a incendiar el país y a tratar de volverlo inviable, como ya lo mencionan en redes sociales. Es lo que saben hacer, y es lo que nosotros, los colombianos de a pie, no deberíamos permitir. ¡No sea tan hijueputa, Iván! Ayude a construir país, no a destruirlo.

miércoles, junio 24, 2026

Petrolin

Estuvimos cuatro años en las manos de un presidente mitómano, dócil con los bandidos y al que nunca le importaron las reglas o leyes del país. Finalizó su gobierno como todo un dictador de Temu, incapaz de reconocer que salió derrotado con su pupilo, aunque hizo de todo para ganar, poniéndole el Estado a disposición a un candidato; algo que hizo sin pudor alguno: fue de frente y perdió. Chiquitos ante la derrota, y solo luego de que no pudieron demostrar todo lo que hablaron del sistema electoral colombiano, dicen que aceptan su triste revés.

En su gobierno, el Clan del Golfo —con el que negociaba su comisionado de Paz, Danilo Rueda— pasó de tener 4,061 integrantes en el año 2022, a registrar cerca de 9,915 miembros en el 2025. Todo un logro para la política de «paz total», que logró el efecto inverso: en vez de desmovilizar bandidos, los hizo más fuertes gracias a las concesiones de Petro y su gobierno; concesiones que incluyeron el retiro y la purga de generales del Ejército y la Policía. Una desbordada expansión que llegó acompañada del incremento de la criminalidad en todo el país.

Al realizar un análisis psicológico de Petro, podemos identificar a una persona que suele interpretar los acontecimientos dentro de un marco de conflicto entre fuerzas antagónicas (pueblo vs. élites, soberanía vs. poderes extranjeros). Este estilo es común en líderes de orientación populista de diferentes ideologías. Sus mensajes muestran una fuerte seguridad en sus interpretaciones, incluso cuando estas son controvertidas o cuestionadas por otros actores. Esto puede reflejar una personalidad con alta convicción ideológica y poca disposición a modificar sus posiciones.



Petro, al igual que otros líderes como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Andrés Manuel López Obrador, es capaz de cuestionar procesos electorales después de resultados desfavorables, lo cual responde más a una estrategia política y a un fuerte compromiso con su propia narrativa que a una enfermedad mental. Petro solo duró cuatro años en el poder, aunque "Petrolín" lleva 32 años en la vida pública, en la que fue elegido siete veces democráticamente. En todas esas ocasiones en las que ganó, nunca se quejó del sistema electoral.

Sin embargo, cuando pierde el poder del Estado —y pierde con la dureza con la que lo hace frente a un aparecido que no es político, que no vivía en Colombia y que llegó producto del mercadeo a la Casa de Nariño—, es incapaz de reconocer su derrota, aunque se haya esforzado hasta más no poder con todo lo que el presupuesto estatal les daba. La izquierda tuvo la mala fortuna de que el momento de gobernar llegara bajo el mando de Gustavo Petro, un exguerrillero del M-19 y exsenador de la República que intentó ser presidente tres veces hasta que, luego de un estallido social y un mal gobierno de Iván Duque, logró llegar a la Casa de Nariño.

Petro quizás no entienda que muchos colombianos no votaron por la derecha, sino en contra de lo que él hizo en cuatro años, en contra de toda su prepotencia; porque una cosa es ser oposición, escenario en donde se mueven como pez en el agua, y otra muy distinta es llegar a administrar deudas y negociar mercados. "Petrolin" tuvo sus aciertos en algunos indicadores, los cuales seleccionaba con pinzas a la hora de mostrar resultados, pero no le contaba al país el fracaso en seguridad y el miedo, la improvisación, el deterioro, la soberbia moral y el desorden que muchos sienten cuatro años después de que subiera al poder.

Álvaro Leyva acusó a Gustavo Petro de tener un problema de drogadicción en una carta pública en 2025, pero esa acusación ha sido negada por Petro y no ha sido demostrada públicamente con pruebas concluyentes. El perfil de Petro es el de un mitómano que miente con acusaciones de fraude en su red social X, tomando pantallazos de ChatGPT o de software de estudiantes de ingeniería de sistemas para embaucar a los que ciegamente van tras él. Lo mismo ocurría en épocas de Uribe Vélez con sus fanáticos uribistas, que posaban de ciegos, sordos y mudos. En eso se parecen los dos extremos: convocan fanáticos que los defienden tirándole agua sucia al otro lado para justificar su propio actuar.


lunes, junio 22, 2026

Fragmentados: El país del tajo en la mitad y el berrinche de Petro

Colombia está dividida en dos. Esa es la realidad y la foto fija que dejaron las elecciones del 21 de junio de 2026. Gustavo Petro se la jugó como nunca antes un presidente lo había hecho, interviniendo descaradamente en los comicios del país, y aun así perdió. Sucedió a pesar de tener a todo el aparato del Estado en campaña electoral y contar con la sospechosa permisividad hacia los grupos armados, que carnetizaron a la población y la obligaron a votar en regiones como Chocó, Nariño y el Cauca. Mesas enteras en las que solo se contabilizaron votos para un único candidato: el de Petro.

La fotografía final tras el preconteo nos muestra el mismo mapa de hace cuatro años: un país en las periferias y otro en el centro. En las costas triunfó el petrismo. En la Costa Caribe, aunque Abelardo De La Espriella es de Montería, en los siete departamentos de la región se impuso el pupilo de Gustavo Petro. Lo mismo ocurrió en la Costa Pacífica, donde Iván Cepeda arrasó en Nariño, Cauca, Valle del Cauca y Chocó.

Fue una votación impulsada por el miedo. Una Colombia que le teme al autoritarismo y a la idea de cambiar la Constitución en cabeza de la izquierda; y otra Colombia que le teme a ser "destripada", como se refería Abelardo en la campaña electoral.

Dentro de esas divisiones debemos revisar los fragmentos. En la izquierda de Petro, los más de 12 millones de votos que consiguió Cepeda fueron, en su mayoría, su músculo inicial —ese que siempre lo acompaña—, pero también sumaron los votos del miedo en las regiones donde hoy dominan los grupos armados al margen de la ley. Se sumaron, además, los votos de los empleados públicos y sus familias, obligados a votar por Cepeda bajo amenaza de despido; los votos que le endosó Roy Barreras en su habitual movida de ajedrecista político; los jóvenes de la "primera línea" que ya salieron a incendiar, y ese país que siempre marcha en contra de lo que llaman la derecha.

Del otro lado, los fragmentos que se cuentan son los de muchos votantes que no necesariamente "amaban" a De La Espriella, sino que querían un cambio frente al gobierno actual y sus políticas. Mucha gente votó para cambiar el rumbo del país tras la fracasada "paz total" y la corrupción incrustada en las altas esferas del gobierno Petro. Asimismo, muchos votaron para sacar al inquilino de la Casa de Nariño, el mismo que prometía hace unos días "un siglo de progresismo"; el mismo que se lanzó primero en una campaña por la constituyente, que luego negó en busca de votos, y que seguro ahora dirá que sí.

Abelardo no recibe un cheque en blanco. Con la votación de ayer el país quedó partido en dos, y esas dos Colombias son igual de válidas. El discurso del llamado "Tigre" anoche es un llamado a la unión, a tener un presidente que sea de toda Colombia y no solo de quienes votaron por él. Tiene todo para ser un gran mandatario si se sabe rodear de personas capaces y no cae en el error de Petro: hacer lo que le daba la gana con autoritarismo y de la mano de su secta más cercana. Un presidente electo en una votación tan ajustada suele tener menos margen político y necesita negociar más con la oposición, el Congreso y las regiones.



El gran derrotado de ayer fue Gustavo Petro. El país le dijo que no quiere su proyecto político, pero sobre todo, el voto fue para frenar las extralimitaciones de quien no le importa hacer lo que sea para mandar desde el poder, colocando a personajes como Benedetti al mando de la política, o a Daniel Quintero —imputado por corrupción— manejando hilos institucionales. Lo que le queda a esa mitad derrotada es aceptar los resultados con gallardía, algo que aún no han hecho ni Cepeda ni Petro, parapetados en la demagogia de que solo aceptarán los escrutinios. Unos escrutinios que ya van por encima del 99% y no muestran mayores cambios respecto a lo ocurrido el domingo.

La tarea del nuevo presidente es gobernar para toda Colombia, respetar la Constitución y las leyes, y sobre todo, no seguir con el discurso polarizador y de odio que caracterizó estos cuatro años de gobierno y a una campaña electoral que, por fin, llegó a su fin. Una tarea titánica porque muchos, en ambos lados, siguen pensando con el hígado.

viernes, junio 19, 2026

En campaña, cuando ganan y cuando pierden

Lo mejor que saben hacer en la izquierda de este país es oposición: saben denunciar, saben destruir con comentarios, pero no saben construir. Eso ya nos quedó claro en estos cuatro años de gobierno de Gustavo Petro. Sobre todo cuando se radicalizan y se esconden tras sus seguidores, un equipo que los rodea con el único mérito de ser fieles a la causa radical, pero sin el suficiente criterio o mérito adicional que requiere un cargo en el alto gobierno.

Iván Cepeda, un buen senador que tiene como gran mérito haber logrado que Álvaro Uribe haya sido condenado por el delito más tonto de todos los que se le han investigado, pero quizás el único donde Uribe dejó cabos sueltos, creyéndose el todopoderoso e intocable que se sentía. Cepeda es un senador que denuncia y que sabe vivir en la oposición; desde ahí se siente cómodo y lo hace bien. Tanto es así que, quizás sintiendo que las cosas no marchan para él, inicia su correría por las cárceles y contactos para buscar denuncias contra sus enemigos políticos. Lo que les queda siempre será denunciar, incendiar, buscar cómo destruir. Cuando son oposición tienen el remedio para todos los males del país, pero cuando gobiernan desde su radicalismo no son capaces de unir a una nación; son gobierno para un sector del país y no para todos.


En campaña, hablan de amor, de la vida, pero su incoherencia comienza cuando son los primeros defensores del aborto y hablan incluso de que ocurra en cualquier momento del embarazo. En campaña hablan de la vida, el amor, se hacen pasito con todos los sectores de centro. Incluso borran mensajes que lanzaron en contra de Fajardo, Claudia López y otros personajes; solo la coherencia de Fajardo le permite estar apartado de este sector político. Claudia López y Catherine Juvinao terminaron donde tanto criticaron.

Cuando ganan, son la prepotencia en pasta, son arrogantes, se radicalizan, se atrincheran, utilizan todos los medios del Estado para perpetuarse. No les importa nombrar corruptos como Daniel Quintero al frente de la Superintendencia de Salud; Quintero tiene más de 40 investigaciones relacionadas con su administración en distintos organismos de control y en la Fiscalía. Petro, en sus consejos de ministros, habla sus locuras —quién sabe si bajo el efecto de alguna droga o del alcohol—, en donde dice que ningún negro le va a decir qué hacer, o que las mujeres que acompasan el clítoris con el cerebro son geniales.

Cuando pierden, les queda incendiar el país. Amenazan con salir a las calles a destruir todo, dicen que si no ganan el país se va a incendiar y que ellos se podrán armar porque ya probaron el poder. En esa izquierda radical caben personajes como Beto Coral (en proceso de deportación de los Estados Unidos) y Martha Peralta, senadora indígena salpicada por corrupción en el caso de la UNGRD en La Guajira. No les importa nada. Cabe lo peor de lo peor sin remordimiento alguno.

En campaña son amor y vida; cuando gobiernan son arrogancia y prepotencia; y cuando pierden quieren destruir el país como lo hicieron en el año 2020 gracias a Duque y su mal gobierno. Esa es la izquierda progresista que nos tocó en Colombia.




sábado, junio 13, 2026

Si usted es inteligente no pelee por políticos

En estos días los ánimos están a flor de piel. La gente se muestra más sensible con la política y con el Mundial, siendo la contienda presidencial el principal tema de debate entre amigos y familiares. Cuando alguien no está de acuerdo con determinado candidato, en lugar de debatir ideas, lo califican de bruto, ignorante o estúpido. A mí me han llamado uribista y, del otro lado, petrista.

A todos los que quieren encasillarme en sus estereotipos y modelos de pensamiento solo puedo decirles una cosa: soy un ciudadano libre. Mi opinión no tiene ningún compromiso político porque no vivo de los políticos. Así como puedo escribir una crítica contra Petro, también he escrito muchas contra Uribe. Sin embargo, cuando algunos se quedan sin argumentos, prefieren recurrir al insulto antes que a la razón. La polarización del país ha llegado a tal punto que cualquier persona que no piense igual es ubicada automáticamente en el bando contrario. Me han llamado “elemento útil de Abelardo” y, por consiguiente, me han tildado de uribista. Incluso familiares que alguna vez me apreciaron han terminado cayendo en esa lógica. Su capacidad de argumentación parece terminar donde comienza el insulto hacia quien no comparte su candidato o cuestiona el modelo de gobierno que hemos tenido durante los últimos cuatro años.



Cuando se les pregunta qué logros destacan para justificar una candidatura presidencial, las respuestas suelen ser escasas. Algunos repiten constantemente los mismos argumentos: la mesada para los adultos mayores y el aumento del salario mínimo. Si pregunto qué ha hecho Iván Cepeda para ser presidente, la respuesta suele ser: “¿Y qué ha hecho tu candidato, Abelardo?”. Mi respuesta es sencilla: mi candidato ya no está en esta fase de las elecciones; voté por Sergio Fajardo. Entonces vuelven a responder que el gran mérito de Iván Cepeda es haber contribuido al proceso judicial contra Álvaro Uribe. Cuando les pregunto si eso basta para gobernar un país, responden: “¿Te parece poco? Con eso alcanza para ser presidente del mundo”. Una vez más, la inteligencia termina donde no hay argumentos.

Lo más curioso es que muchas personas pelean y se distancian por políticos que, en la práctica, comparten espacios, conversan y hasta celebran juntos. Mientras algunos amigos y familiares discuten y se ofenden entre sí, los dirigentes políticos se abrazan, comparten eventos y mantienen relaciones cordiales.

Un ejemplo es Carlos Caicedo, a quien Gustavo Petro llegó a calificar como “el marginal de la política”. Hace apenas unas semanas, Caicedo afirmó en una entrevista que no compartía los métodos del Gobierno Petro y marcó distancia frente a varias de sus decisiones. También cuestionó el incumplimiento de compromisos con el Magdalena y criticó la influencia de sectores de la política tradicional dentro del Gobierno. Sus críticas eran constantes y, además, mantenía distancia frente a la candidatura de Iván Cepeda. Sin embargo, consciente de las limitaciones de su aspiración presidencial y de sus escasas posibilidades electorales —no marcaba ni el 0.01% en las encuestas—, terminó retirando su candidatura para adherirse a Cepeda. Así funciona la política: los adversarios de ayer pueden convertirse en aliados de hoy. Claudia López, la camaleónica exalcaldesa de Bogotá, terminará, seguramente, apoyando a Cepeda, si es que aún no lo ha hecho. Un acto político que, quizás, aporte apenas dos o tres votos: el suyo, el de Angélica Lozano y el de Ernesto Gómez.

La campaña de Cepeda se presenta hoy bajo el lema “Me la juego por la vida”. Sin embargo, también ha recibido el apoyo de Santiago Botero, conocido popularmente como “Mr. Balín” por sus declaraciones en favor de respuestas contundentes contra la delincuencia. Además, sobre él han recaído denuncias públicas por presunta violencia intrafamiliar, acusaciones que él ha negado y que corresponden a las autoridades esclarecer. Resulta, cuando menos, llamativo que una campaña que hace de la defensa de la vida uno de sus principales mensajes reciba con tanto entusiasmo respaldos que generan controversia.

Si usted se considera una persona inteligente, no pelee por políticos. Al final, ellos viven cómodamente mientras usted, en el mejor de los casos, es un trabajador asalariado que necesita conservar su empleo y que depende de que la empresa donde labora obtenga buenos resultados. Su bienestar y el de su familia están mucho más ligados a su esfuerzo diario que a las disputas políticas que otros convierten en una guerra personal.

El país de "Los Nadie" y "Los Nunca"

En este país el poder se vuelve obsesivo. Así es como Gustavo Petro, quien se hacía llamar un demócrata —siempre y cuando él fuese el ganado...