Santa Marta se acostumbró a que los jefes del barrio fueran los bandidos. Los dueños del mercado y de la zona rural son los delincuentes, los mismos que durante décadas han azotado a la población con la extorsión, el sicariato y la llamada «limpieza social», ejercida como evidente control y gobernanza en zonas donde el Estado olvidó su labor. La influencia de estos criminales ha sido matizada entre la ciudad, sus barrios periféricos y el corredor rural de Guachaca–Buritaca–Tayrona–Palomino: en algunos momentos hubo hegemonía; en otros, cruentas disputas entre varias organizaciones. La investigación del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), estudios de las universidades Nacional y del Norte, la Defensoría, la Fiscalía, la Policía e investigaciones periodísticas nos permiten reconstruir bastante bien esa mutación.
Para entender el mierdero que ocurre hoy en la ciudad hay que retroceder un poco en el tiempo. En los años 70 y 80, Santa Marta y la Sierra Nevada estaban marcadas por la bonanza marimbera, el contrabando, las disputas por tierras y la conveniente aparición de grupos privados de seguridad. Uno de los que figura en las investigaciones es «Los Chamizos», relacionado con Hernán Giraldo y otros actores criminales. Este poder no comenzó como una estructura paramilitar nacional; nació como una nefasta combinación de control territorial, seguridad privada, narcotráfico, cobro de deudas, control social, relaciones con comerciantes y dominio de caminos rurales. Posteriormente, esa estructura adquirió una dimensión contrainsurgente y paramilitar. Una investigación de Verdad Abierta describe precisamente la evolución de Giraldo desde aquellos grupos de seguridad y «Los Chamizos» hacia las Autodefensas Campesinas del Magdalena y La Guajira.
Giraldo pretendía inicialmente conservar su autonomía frente a las AUC, pero entre 2001 y 2002 se produjo una sangrienta confrontación con el Bloque Norte, dirigido por Rodrigo Tovar Pupo, alias «Jorge 40», y otros sectores de las AUC. El resultado fue un previsible acuerdo de subordinación. El CNMH documenta que el 28 de febrero de 2002 se pactó la rendición entre Giraldo y el Bloque Norte: las Autodefensas Campesinas del Magdalena y La Guajira desaparecieron formalmente para dar paso al Frente Resistencia Tayrona, quedando Giraldo como comandante político-militar del territorio comprendido entre Santa Marta y Palomino.
Entre 2003 y 2006, el Frente Resistencia Tayrona se expandió y las estructuras paramilitares consiguieron presencia simultánea en Santa Marta, la Sierra, Guachaca, la Troncal del Caribe, las zonas turísticas y los corredores estratégicos hacia La Guajira. El CNMH señala que ejercieron control absoluto sobre las esferas políticas, económicas y sociales de la región, recopilando más de 3.000 testimonios de integrantes paramilitares y cerca de 300 contribuciones de víctimas y otros actores.
El 3 de febrero de 2006, el Bloque Resistencia Tayrona se «desmovilizó» en Santa Marta con aproximadamente 1.166 integrantes. Pero aquí aparece el chiste recurrente que se repetiría en muchas regiones de Colombia: desmovilizar una organización no significa, ni de cerca, desmantelar su economía criminal. Giraldo fue extraditado a Estados Unidos en 2008, pero en el territorio quedaron los familiares, los antiguos mandos, las redes económicas, los viejos combatientes, los contactos, los corredores, el conocimiento del terreno y los mercados ilegales intactos. Entre 2006 y 2010, Santa Marta entró en una etapa de violenta fragmentación. Aparecieron las Águilas Negras, Los Paisas, Los Rastrojos, las estructuras herederas de los Giraldo, el Clan del Golfo/Urabeños y diversas bandas delincuenciales locales.
Entre los años 2013 y 2018 irrumpió la marca de los Urabeños / Clan del Golfo / AGC en su expansión por el Caribe. En Santa Marta se chocaron de frente con la estructura heredera del clan Giraldo, desencadenando una guerra salvaje por el control del negocio. En 2012, la disputa entre el Clan del Golfo y la estructura vinculada a la «Oficina Caribe» produjo una escalada de violencia brutal: una investigación de la Universidad Jorge Tadeo Lozano señala que Santa Marta registró 213 homicidios ese año, alcanzando una tasa cercana a 47 por cada 100.000 habitantes.
En 2013, Jesús María Aguirre Gallego, alias «Chucho Mercancía» —antiguo mando relacionado con los Gaitanistas—, asumió el liderazgo de la estructura heredera de Giraldo. Se selló entonces una alianza entre los Gaitanistas y los herederos del capo. Fue en ese proceso cuando se consolidó el nombre de «Los Pachenca». Su modelo era más sofisticado que el viejo paramilitarismo; no necesitaban desfilar uniformados ni controlar políticamente toda la ciudad. El negocio evolucionó hacia el microtráfico, la extorsión, los corredores de narcotráfico, el transporte de droga, las zonas rurales, las actividades turísticas, el acceso a Ciudad Perdida, las trochas de la Sierra, la Troncal del Caribe y las salidas al mar.
En junio de 2019 la Policía abatió a «Chucho Mercancía» y el tablero volvió a mutar. Su muerte desató una nueva pugna entre los herederos de Giraldo y el Clan del Golfo. Entre 2020 y 2022, el pulso mutó a ACSN/Pachenca contra Clan del Golfo/AGC, librándose en las calles de Santa Marta, las alturas de la Sierra Nevada y a lo largo de la Troncal del Caribe. En 2021 los homicidios se dispararon: InSight Crime reportó que solo hasta agosto de ese año 101 personas habían sido asesinadas con arma de fuego, identificando esta guerra como el motor central de la barbarie.
Para 2023, y bajo el marco de la fallida «paz total» de Petro, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN) recuperaron y fortalecieron su hegemonía territorial. La fotografía actual vuelve a ser la de un predominio absoluto de las ACSN en la Sierra y Santa Marta: controlan los corredores estratégicos y las rentas criminales gruesas, mientras bandas locales les ejecutan el terror cotidiano. Un modelo infinitamente más eficiente que mantener cientos de hombres uniformados a la vista de todos.
A lo largo de los años, no hemos visto la derrota del crimen, sino a una misma estructura territorial que se hacheo metamorfosis para sobrevivir a golpes militares, extradiciones, falsas desmovilizaciones y guerras fratricidas. Eso explica por qué descabezar a un jefe no elimina la organización: extraditaron a Hernán Giraldo, abatieron a Chucho Mercancía, cayeron alias «80» y docenas de mandos medios, y la estructura sigue funcionando. Quien no conoce su historia termina diciendo locuras, como los ingenuos que andan por ahí repitiendo que el problema actual es la «decisión inédita» del gobierno de enfrentarlos como jamás se había hecho.