miércoles, julio 01, 2026

¡No sea tan hijueputa, Iván!

Ha ganado las elecciones presidenciales Abelardo de la Espriella, una persona que nunca había hecho política, que no vivía en Colombia y que en poco más de nueve meses logró unificar el voto en contra de Petro, de este nefasto personaje que tanto daño le hizo al país en los últimos cuatro años. La diferencia del triunfo fue de algo más de 250 mil votos, en un país dividido en dos. Una diferencia que para Petro y su pupilo Iván Cepeda no es nada, pero a la vez es mucho: significa, ni más ni menos, su salida del poder.

En estos días, un petrista famoso y que logró gran impacto con su serie Matarife (dedicada a Álvaro Uribe) salió bastante demacrado y llorando, insultando al excandidato y senador Iván Cepeda por haberlos —según el señor Daniel Mendoza— vendido. En el video, Mendoza insultaba a Cepeda diciéndole, textualmente: "no sea tan hijueputa, Iván".

Iván Cepeda se reunió con Gustavo Petro recientemente en la Casa de Nariño, quizás delineando la estrategia para su actuar durante los próximos cuatro años en el gobierno de Abelardo de la Espriella. Una estrategia sencilla a todas luces, y que no es más que marchar en las calles, oponerse a todo lo que el nuevo gobierno proponga y, claro, incendiar el país como ellos solo lo saben hacer. Cepeda, en una rueda de prensa reciente, incluso habló de "desobediencia civil" si Abelardo de la Espriella, presidente de Colombia a partir del 7 de agosto, no cumple sus exigencias.


Estas condiciones incluyen: renunciar a la ciudadanía estadounidense antes de asumir la Presidencia (Cepeda sostiene que la doble nacionalidad genera un conflicto de lealtades incompatible con el cargo, una interpretación controvertida ya que otros juristas sostienen que la Constitución no establece esa prohibición de forma expresa); aclarar sus presuntos vínculos con agencias del gobierno de Estados Unidos, en particular por actuaciones profesionales pasadas relacionadas con autoridades estadounidenses, punto sobre el cual Cepeda ha pedido explicaciones públicas; comprometerse a respetar la soberanía y la justicia colombianas, manifestando que el nuevo gobierno no actuaría subordinado a intereses extranjeros; y no promover persecuciones políticas, incluyendo garantías respecto al tratamiento del presidente saliente y de los dirigentes de la oposición. Cepeda, como perdedor, le exige al ganador. Su oposición es tan chiquita como ellos; es lo único que saben hacer y lo que han hecho durante décadas.

Ese mismo Cepeda, senador de la República, no fue capaz de pronunciarse nunca por el caso de Nicolás Petro y la financiación de la campaña; nunca dijo nada por los audios de Benedetti, el escándalo de Laura Sarabia, las chuzadas y el polígrafo a su niñera. Cepeda calló cuando se mencionaba el saqueo de la UNGRD y los carrotanques de La Guajira, los contratos y nombramientos cuestionados de familiares y allegados; nunca pronunció palabra sobre los reiterados choques con las altas cortes y otros poderes públicos, ni sobre el carrusel de ministros y la inestabilidad del gabinete, que dejó más de 69 ministros en cuatro años. Nunca mencionó o pensó en los escándalos de corrupción en varias entidades del Gobierno. Cepeda, arquitecto de la fracasada "paz total", no se declaró en desobediencia civil por las masacres que ocurrieron en las narices de Petro, quien se dedicaba a jugar al congelado con el Clan del Golfo.

Pero Iván Cepeda sí llama a la desobediencia civil porque el presidente electo no ha renunciado todavía a la ciudadanía estadounidense. Van a incendiar el país y a tratar de volverlo inviable, como ya lo mencionan en redes sociales. Es lo que saben hacer, y es lo que nosotros, los colombianos de a pie, no deberíamos permitir. ¡No sea tan hijueputa, Iván! Ayude a construir país, no a destruirlo.

miércoles, junio 24, 2026

Petrolin

Estuvimos cuatro años en las manos de un presidente mitómano, dócil con los bandidos y al que nunca le importaron las reglas o leyes del país. Finalizó su gobierno como todo un dictador de Temu, incapaz de reconocer que salió derrotado con su pupilo, aunque hizo de todo para ganar, poniéndole el Estado a disposición a un candidato; algo que hizo sin pudor alguno: fue de frente y perdió. Chiquitos ante la derrota, y solo luego de que no pudieron demostrar todo lo que hablaron del sistema electoral colombiano, dicen que aceptan su triste revés.

En su gobierno, el Clan del Golfo —con el que negociaba su comisionado de Paz, Danilo Rueda— pasó de tener 4,061 integrantes en el año 2022, a registrar cerca de 9,915 miembros en el 2025. Todo un logro para la política de «paz total», que logró el efecto inverso: en vez de desmovilizar bandidos, los hizo más fuertes gracias a las concesiones de Petro y su gobierno; concesiones que incluyeron el retiro y la purga de generales del Ejército y la Policía. Una desbordada expansión que llegó acompañada del incremento de la criminalidad en todo el país.

Al realizar un análisis psicológico de Petro, podemos identificar a una persona que suele interpretar los acontecimientos dentro de un marco de conflicto entre fuerzas antagónicas (pueblo vs. élites, soberanía vs. poderes extranjeros). Este estilo es común en líderes de orientación populista de diferentes ideologías. Sus mensajes muestran una fuerte seguridad en sus interpretaciones, incluso cuando estas son controvertidas o cuestionadas por otros actores. Esto puede reflejar una personalidad con alta convicción ideológica y poca disposición a modificar sus posiciones.



Petro, al igual que otros líderes como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Andrés Manuel López Obrador, es capaz de cuestionar procesos electorales después de resultados desfavorables, lo cual responde más a una estrategia política y a un fuerte compromiso con su propia narrativa que a una enfermedad mental. Petro solo duró cuatro años en el poder, aunque "Petrolín" lleva 32 años en la vida pública, en la que fue elegido siete veces democráticamente. En todas esas ocasiones en las que ganó, nunca se quejó del sistema electoral.

Sin embargo, cuando pierde el poder del Estado —y pierde con la dureza con la que lo hace frente a un aparecido que no es político, que no vivía en Colombia y que llegó producto del mercadeo a la Casa de Nariño—, es incapaz de reconocer su derrota, aunque se haya esforzado hasta más no poder con todo lo que el presupuesto estatal les daba. La izquierda tuvo la mala fortuna de que el momento de gobernar llegara bajo el mando de Gustavo Petro, un exguerrillero del M-19 y exsenador de la República que intentó ser presidente tres veces hasta que, luego de un estallido social y un mal gobierno de Iván Duque, logró llegar a la Casa de Nariño.

Petro quizás no entienda que muchos colombianos no votaron por la derecha, sino en contra de lo que él hizo en cuatro años, en contra de toda su prepotencia; porque una cosa es ser oposición, escenario en donde se mueven como pez en el agua, y otra muy distinta es llegar a administrar deudas y negociar mercados. "Petrolin" tuvo sus aciertos en algunos indicadores, los cuales seleccionaba con pinzas a la hora de mostrar resultados, pero no le contaba al país el fracaso en seguridad y el miedo, la improvisación, el deterioro, la soberbia moral y el desorden que muchos sienten cuatro años después de que subiera al poder.

Álvaro Leyva acusó a Gustavo Petro de tener un problema de drogadicción en una carta pública en 2025, pero esa acusación ha sido negada por Petro y no ha sido demostrada públicamente con pruebas concluyentes. El perfil de Petro es el de un mitómano que miente con acusaciones de fraude en su red social X, tomando pantallazos de ChatGPT o de software de estudiantes de ingeniería de sistemas para embaucar a los que ciegamente van tras él. Lo mismo ocurría en épocas de Uribe Vélez con sus fanáticos uribistas, que posaban de ciegos, sordos y mudos. En eso se parecen los dos extremos: convocan fanáticos que los defienden tirándole agua sucia al otro lado para justificar su propio actuar.


lunes, junio 22, 2026

Fragmentados: El país del tajo en la mitad y el berrinche de Petro

Colombia está dividida en dos. Esa es la realidad y la foto fija que dejaron las elecciones del 21 de junio de 2026. Gustavo Petro se la jugó como nunca antes un presidente lo había hecho, interviniendo descaradamente en los comicios del país, y aun así perdió. Sucedió a pesar de tener a todo el aparato del Estado en campaña electoral y contar con la sospechosa permisividad hacia los grupos armados, que carnetizaron a la población y la obligaron a votar en regiones como Chocó, Nariño y el Cauca. Mesas enteras en las que solo se contabilizaron votos para un único candidato: el de Petro.

La fotografía final tras el preconteo nos muestra el mismo mapa de hace cuatro años: un país en las periferias y otro en el centro. En las costas triunfó el petrismo. En la Costa Caribe, aunque Abelardo De La Espriella es de Montería, en los siete departamentos de la región se impuso el pupilo de Gustavo Petro. Lo mismo ocurrió en la Costa Pacífica, donde Iván Cepeda arrasó en Nariño, Cauca, Valle del Cauca y Chocó.

Fue una votación impulsada por el miedo. Una Colombia que le teme al autoritarismo y a la idea de cambiar la Constitución en cabeza de la izquierda; y otra Colombia que le teme a ser "destripada", como se refería Abelardo en la campaña electoral.

Dentro de esas divisiones debemos revisar los fragmentos. En la izquierda de Petro, los más de 12 millones de votos que consiguió Cepeda fueron, en su mayoría, su músculo inicial —ese que siempre lo acompaña—, pero también sumaron los votos del miedo en las regiones donde hoy dominan los grupos armados al margen de la ley. Se sumaron, además, los votos de los empleados públicos y sus familias, obligados a votar por Cepeda bajo amenaza de despido; los votos que le endosó Roy Barreras en su habitual movida de ajedrecista político; los jóvenes de la "primera línea" que ya salieron a incendiar, y ese país que siempre marcha en contra de lo que llaman la derecha.

Del otro lado, los fragmentos que se cuentan son los de muchos votantes que no necesariamente "amaban" a De La Espriella, sino que querían un cambio frente al gobierno actual y sus políticas. Mucha gente votó para cambiar el rumbo del país tras la fracasada "paz total" y la corrupción incrustada en las altas esferas del gobierno Petro. Asimismo, muchos votaron para sacar al inquilino de la Casa de Nariño, el mismo que prometía hace unos días "un siglo de progresismo"; el mismo que se lanzó primero en una campaña por la constituyente, que luego negó en busca de votos, y que seguro ahora dirá que sí.

Abelardo no recibe un cheque en blanco. Con la votación de ayer el país quedó partido en dos, y esas dos Colombias son igual de válidas. El discurso del llamado "Tigre" anoche es un llamado a la unión, a tener un presidente que sea de toda Colombia y no solo de quienes votaron por él. Tiene todo para ser un gran mandatario si se sabe rodear de personas capaces y no cae en el error de Petro: hacer lo que le daba la gana con autoritarismo y de la mano de su secta más cercana. Un presidente electo en una votación tan ajustada suele tener menos margen político y necesita negociar más con la oposición, el Congreso y las regiones.



El gran derrotado de ayer fue Gustavo Petro. El país le dijo que no quiere su proyecto político, pero sobre todo, el voto fue para frenar las extralimitaciones de quien no le importa hacer lo que sea para mandar desde el poder, colocando a personajes como Benedetti al mando de la política, o a Daniel Quintero —imputado por corrupción— manejando hilos institucionales. Lo que le queda a esa mitad derrotada es aceptar los resultados con gallardía, algo que aún no han hecho ni Cepeda ni Petro, parapetados en la demagogia de que solo aceptarán los escrutinios. Unos escrutinios que ya van por encima del 99% y no muestran mayores cambios respecto a lo ocurrido el domingo.

La tarea del nuevo presidente es gobernar para toda Colombia, respetar la Constitución y las leyes, y sobre todo, no seguir con el discurso polarizador y de odio que caracterizó estos cuatro años de gobierno y a una campaña electoral que, por fin, llegó a su fin. Una tarea titánica porque muchos, en ambos lados, siguen pensando con el hígado.

viernes, junio 19, 2026

En campaña, cuando ganan y cuando pierden

Lo mejor que saben hacer en la izquierda de este país es oposición: saben denunciar, saben destruir con comentarios, pero no saben construir. Eso ya nos quedó claro en estos cuatro años de gobierno de Gustavo Petro. Sobre todo cuando se radicalizan y se esconden tras sus seguidores, un equipo que los rodea con el único mérito de ser fieles a la causa radical, pero sin el suficiente criterio o mérito adicional que requiere un cargo en el alto gobierno.

Iván Cepeda, un buen senador que tiene como gran mérito haber logrado que Álvaro Uribe haya sido condenado por el delito más tonto de todos los que se le han investigado, pero quizás el único donde Uribe dejó cabos sueltos, creyéndose el todopoderoso e intocable que se sentía. Cepeda es un senador que denuncia y que sabe vivir en la oposición; desde ahí se siente cómodo y lo hace bien. Tanto es así que, quizás sintiendo que las cosas no marchan para él, inicia su correría por las cárceles y contactos para buscar denuncias contra sus enemigos políticos. Lo que les queda siempre será denunciar, incendiar, buscar cómo destruir. Cuando son oposición tienen el remedio para todos los males del país, pero cuando gobiernan desde su radicalismo no son capaces de unir a una nación; son gobierno para un sector del país y no para todos.


En campaña, hablan de amor, de la vida, pero su incoherencia comienza cuando son los primeros defensores del aborto y hablan incluso de que ocurra en cualquier momento del embarazo. En campaña hablan de la vida, el amor, se hacen pasito con todos los sectores de centro. Incluso borran mensajes que lanzaron en contra de Fajardo, Claudia López y otros personajes; solo la coherencia de Fajardo le permite estar apartado de este sector político. Claudia López y Catherine Juvinao terminaron donde tanto criticaron.

Cuando ganan, son la prepotencia en pasta, son arrogantes, se radicalizan, se atrincheran, utilizan todos los medios del Estado para perpetuarse. No les importa nombrar corruptos como Daniel Quintero al frente de la Superintendencia de Salud; Quintero tiene más de 40 investigaciones relacionadas con su administración en distintos organismos de control y en la Fiscalía. Petro, en sus consejos de ministros, habla sus locuras —quién sabe si bajo el efecto de alguna droga o del alcohol—, en donde dice que ningún negro le va a decir qué hacer, o que las mujeres que acompasan el clítoris con el cerebro son geniales.

Cuando pierden, les queda incendiar el país. Amenazan con salir a las calles a destruir todo, dicen que si no ganan el país se va a incendiar y que ellos se podrán armar porque ya probaron el poder. En esa izquierda radical caben personajes como Beto Coral (en proceso de deportación de los Estados Unidos) y Martha Peralta, senadora indígena salpicada por corrupción en el caso de la UNGRD en La Guajira. No les importa nada. Cabe lo peor de lo peor sin remordimiento alguno.

En campaña son amor y vida; cuando gobiernan son arrogancia y prepotencia; y cuando pierden quieren destruir el país como lo hicieron en el año 2020 gracias a Duque y su mal gobierno. Esa es la izquierda progresista que nos tocó en Colombia.




sábado, junio 13, 2026

Si usted es inteligente no pelee por políticos

En estos días los ánimos están a flor de piel. La gente se muestra más sensible con la política y con el Mundial, siendo la contienda presidencial el principal tema de debate entre amigos y familiares. Cuando alguien no está de acuerdo con determinado candidato, en lugar de debatir ideas, lo califican de bruto, ignorante o estúpido. A mí me han llamado uribista y, del otro lado, petrista.

A todos los que quieren encasillarme en sus estereotipos y modelos de pensamiento solo puedo decirles una cosa: soy un ciudadano libre. Mi opinión no tiene ningún compromiso político porque no vivo de los políticos. Así como puedo escribir una crítica contra Petro, también he escrito muchas contra Uribe. Sin embargo, cuando algunos se quedan sin argumentos, prefieren recurrir al insulto antes que a la razón. La polarización del país ha llegado a tal punto que cualquier persona que no piense igual es ubicada automáticamente en el bando contrario. Me han llamado “elemento útil de Abelardo” y, por consiguiente, me han tildado de uribista. Incluso familiares que alguna vez me apreciaron han terminado cayendo en esa lógica. Su capacidad de argumentación parece terminar donde comienza el insulto hacia quien no comparte su candidato o cuestiona el modelo de gobierno que hemos tenido durante los últimos cuatro años.



Cuando se les pregunta qué logros destacan para justificar una candidatura presidencial, las respuestas suelen ser escasas. Algunos repiten constantemente los mismos argumentos: la mesada para los adultos mayores y el aumento del salario mínimo. Si pregunto qué ha hecho Iván Cepeda para ser presidente, la respuesta suele ser: “¿Y qué ha hecho tu candidato, Abelardo?”. Mi respuesta es sencilla: mi candidato ya no está en esta fase de las elecciones; voté por Sergio Fajardo. Entonces vuelven a responder que el gran mérito de Iván Cepeda es haber contribuido al proceso judicial contra Álvaro Uribe. Cuando les pregunto si eso basta para gobernar un país, responden: “¿Te parece poco? Con eso alcanza para ser presidente del mundo”. Una vez más, la inteligencia termina donde no hay argumentos.

Lo más curioso es que muchas personas pelean y se distancian por políticos que, en la práctica, comparten espacios, conversan y hasta celebran juntos. Mientras algunos amigos y familiares discuten y se ofenden entre sí, los dirigentes políticos se abrazan, comparten eventos y mantienen relaciones cordiales.

Un ejemplo es Carlos Caicedo, a quien Gustavo Petro llegó a calificar como “el marginal de la política”. Hace apenas unas semanas, Caicedo afirmó en una entrevista que no compartía los métodos del Gobierno Petro y marcó distancia frente a varias de sus decisiones. También cuestionó el incumplimiento de compromisos con el Magdalena y criticó la influencia de sectores de la política tradicional dentro del Gobierno. Sus críticas eran constantes y, además, mantenía distancia frente a la candidatura de Iván Cepeda. Sin embargo, consciente de las limitaciones de su aspiración presidencial y de sus escasas posibilidades electorales —no marcaba ni el 0.01% en las encuestas—, terminó retirando su candidatura para adherirse a Cepeda. Así funciona la política: los adversarios de ayer pueden convertirse en aliados de hoy. Claudia López, la camaleónica exalcaldesa de Bogotá, terminará, seguramente, apoyando a Cepeda, si es que aún no lo ha hecho. Un acto político que, quizás, aporte apenas dos o tres votos: el suyo, el de Angélica Lozano y el de Ernesto Gómez.

La campaña de Cepeda se presenta hoy bajo el lema “Me la juego por la vida”. Sin embargo, también ha recibido el apoyo de Santiago Botero, conocido popularmente como “Mr. Balín” por sus declaraciones en favor de respuestas contundentes contra la delincuencia. Además, sobre él han recaído denuncias públicas por presunta violencia intrafamiliar, acusaciones que él ha negado y que corresponden a las autoridades esclarecer. Resulta, cuando menos, llamativo que una campaña que hace de la defensa de la vida uno de sus principales mensajes reciba con tanto entusiasmo respaldos que generan controversia.

Si usted se considera una persona inteligente, no pelee por políticos. Al final, ellos viven cómodamente mientras usted, en el mejor de los casos, es un trabajador asalariado que necesita conservar su empleo y que depende de que la empresa donde labora obtenga buenos resultados. Su bienestar y el de su familia están mucho más ligados a su esfuerzo diario que a las disputas políticas que otros convierten en una guerra personal.

viernes, junio 12, 2026

Cuatro años fueron suficientes

No, y definitivamente no. No votaré por la continuidad de este perverso gobierno al que muchos seguidores petristas llaman "el mejor de la historia"; al que muchos le dicen que sacó de la pobreza a los viejitos que reciben 230 mil pesos; al que muchos llaman "el mejor" porque, sin sustento alguno, planteó un salario mínimo en dos millones de pesos con un aumento de más del 20%, cuando el costo de vida del año anterior fue de solo el 5%. Y no votaré, no porque esté en contra de que la gente gane más plata o que los viejitos reciban una mesada, sino porque estoy en contra del "todo vale", del autoritarismo y la prepotencia de quienes se hartan como adalides de la moral mientras persiguen a quien no piensa igual que Petro, hasta el punto de llamarle bruto o ignorante, y pedirles que se vayan del país.

No soy de extrema derecha y nunca he votado por un candidato de esa corriente política; en cambio, sí voté por Petro tres veces (dos a la presidencia y una al senado) y también voté por Iván Cepeda al Senado cuando se lanzó por el Polo Democrático en el año 2014. Pero mal haría yo, entendiendo la realidad de este país, al permitir con mi voto que se le dé continuidad a las políticas del "todo vale" y a esos personajes que manejan el poder; esos que subieron como parte de una falsa promesa de cambio que nunca fue. Incluyendo a Armando Benedetti, quien, luego de ser redimido por Petro, logró ser el gran salvador de los años finales de este gobierno y quien, junto a Roy Barreras, representa lo peor de lo peor en la política del país. NO apoyo al actual presidente porque no estoy de acuerdo con que se suba borracho a una tarima a decir locuras, o peor aun, a postear en redes sociales en la madrugada bajo los efectos quien sabe de que sustancias.

No creo en la continuidad de este proyecto político de Petro. Lo considero un proyecto mesiánico, tan perjudicial como el que representó Uribe en su momento: un modelo en el que no parece caber todo el país, sino solo una parte de él; un modelo en el que se gobierna para los propios, sean estos de derecha o de izquierda.   No quiero para mi país un cambio del modelo de Estado mediante una constituyente impulsada por Petro a través de la recolección de firmas. No sé si su propósito sea implementar un modelo socialista o facilitar su regreso al poder, como ha ocurrido en otros países de la región. Lo que sí sé es que me preocupa cualquier intento de concentrar más poder en una sola corriente política.

No quiero un gobierno basado únicamente en promesas y discursos de plaza pública; un gobierno que, en nombre de proteger a las minorías, termine sacrificando los intereses de las mayorías. No quiero un gobierno que le incumplió al Caribe y a Barranquilla.  Tampoco quiero un gobierno que, por sus diferencias políticas con alcaldes y gobernadores que no pertenecen a su misma corriente ideológica, obstaculice el desarrollo de las regiones. Colombia necesita un liderazgo capaz de trabajar con todos los sectores y territorios, sin importar sus afinidades políticas, porque el progreso del país no puede depender de la militancia o de la cercanía con el gobierno de turno.                       

Tampoco quiero para Colombia otro presidente subordinado a un líder político, como ocurrió con Duque y Uribe, ni una relación similar entre Cepeda y Petro. Colombia merece más. Aunque considero que los dos candidatos que llegaron a la instancia final representan alternativas poco atractivas, estoy convencido de que cuatro años más del modelo actual no son lo que deseo para mi país. No quiero un gobierno cuyo presidente aparezca en tarimas en un estado de ebriedad, publique mensajes en redes sociales a altas horas de la madrugada o mantenga una confrontación permanente con las instituciones encargadas de ejercer control y equilibrio democrático.

Tampoco quiero un país en el que un candidato responda a quienes piensan distinto con frases como “¿por qué no se van del país?”, como si fuera dueño de Colombia o como si quienes están en el poder tuvieran derecho a señalar o excluir a quienes no comparten sus ideas. Colombia necesita más respeto por la diferencia, instituciones fuertes y líderes que gobiernen para todos, no solo para quienes los apoyan.

Cuatro años fueron suficientes para demostrarnos el fracaso de la paz total; el incremento de los grupos al margen de la ley, tanto en presencia como en número; el pacto de la Picota del hermano de Petro con bandidos para hacerse pasito; o tener que pagarles a los bandidos de la Primera Línea un millón de pesos para que no incendien el país, en vez de mandarlos a trabajar.

Y puede que el otro candidato sea igual de malo o incluso peor, pero aún no lo hemos visto gobernar. En cambio, ya conocemos a Petro y hemos visto cómo ha ejercido el poder y su constante irrespeto hacia quienes piensan diferente y hacia diversas instituciones.  Puede que el otro candidato también resulte ser irrespetuoso, pero al menos ha manifestado su intención de respetar y cumplir la Constitución, no de modificarla. Por su parte, considero que Petro ya ha utilizado el poder para favorecer a sus aliados políticos: los clanes que históricamente han comprado votos en el Atlántico o quienes estuvieron involucrados en escándalos relacionados con los recursos destinados a La Guajira.  Y qué decir de los casos que involucran a Bonilla y Velasco, sobre los cuales existen denuncias relacionadas con presuntas prácticas para obtener apoyos políticos en el Congreso. Por eso, aunque no me entusiasma ninguna de las alternativas, considero que ya tuvimos la oportunidad de evaluar a Petro en el ejercicio del poder y los resultados no me convencen.

Pero no solo no votaré porque Armando Benedetti o Roy Barreras sean los redimidos de Petro; no lo haré porque no estoy de acuerdo con que personajes como Hollman Morris, maltratador de su esposa, sea el dueño de un medio de comunicación bajo el amparo y con dineros del Estado, y que haya puesto ese medio al servicio de influencers que destilan el odio que tanto critican los petristas a quienes no piensan como ellos. No estoy de acuerdo con las políticas económicas de Petro y la izquierda, quienes de manera irresponsable endeudan al país y raspan la olla para cubrir 700 mil puestos de trabajo en la nómina estatal —muchos de ellos de corbata—, que solo suman votos pero no le suman al país. No estoy de acuerdo en que solo las universidades públicas sean las que presten el servicio de educación; por si no lo saben los petristas, las universidades privadas invierten sin ánimo de lucro en mejorar la educación sin tener estudiantes por 15 años, como pasa en las públicas con líderes de izquierda que solo atizan al estudiantado. No estoy de acuerdo con la toma de las universidades que Petro ha hecho a modo de intervenciones en varias instituciones del país, incluyendo la del Atlántico y la de Antioquia. 4 años son suficientes.

No estoy de acuerdo con las políticas de izquierda que dejaron perder los Juegos Panamericanos para Barranquilla en el año 2027 o que la ciudad no pudiera organizar un gran premio de formula 1, como símbolo de su ineptitud y mezquindad con la ciudad que más ha crecido en Colombia en los últimos años. No puedo estar de acuerdo con un modelo de gobierno que sacrifica el sistema de salud para imponer su sistema socialista —al estilo de cómo funciona en Cuba—, capaz de dejar morir a quienes necesitan medicamentos y no girarle los dineros a las EPS por puro capricho. Un gobierno que ha intervenido el sistema groseramente, peleándose con los actores que lo manejan en vez de concertar; un gobierno que se radicalizó en la extrema izquierda y que hoy, en su candidato, muestra la radicalización con su fórmula vicepresidencial, donde no suman sino que se endurecen más en su postura política.  No estoy de acuerdo con que Daniel Quintero, acusado de corrupción en Medellín por la fiscalia, sea quien maneje y vigile el sistema de salud.  

Si el 22 de junio los resultados no favorecen al petrismo, no sería extraño ver intentos de desestabilización y protestas en distintas partes del país. Para muchos será difícil aceptar la pérdida de espacios de poder, contratos y privilegios ligados al Estado. Como ha ocurrido en otras ocasiones, algunos buscarán presentarse como víctimas mientras promueven el caos, lo que podría derivar en intervenciones de las autoridades para recuperar el orden público.

Yo no votaré por Cepeda, porque creo que el país no va bien y porque creo que estamos más cerca de ser Venezuela que de ser Argentina, como tantos se comparan. Los petristas, desde el mismo Gustavo Petro para abajo, son los únicos culpables de que un tipo como Abelardo de la Espriella, quien hasta hace unos meses parecía un mal chiste, sea hoy el más opcionado para darle un giro de 180 grados al gobierno del país. Petro, y solo Petro, tiene la culpa; así como en su momento el aprendiz Duque fue el gran culpable de darle la oportunidad a Petro para que la desaprovechara con su visión de país radical. Un país en el que incluso su pupilo Cepeda llama a que se vayan los que no comulgan con su idea de nación progresista. Por ellos, no votaré.


miércoles, junio 10, 2026

Jugadas Desesperadas: El Naufragio y las Piruetas Constitucionales del Petrismo

En el petrismo siguen confundidos. La derrota con Abelardo en la primera vuelta los ha dejado aturdidos; no han podido salir de esa sacudida. Hay damnificados evidentes, como María José Pizarro, a quien ya no se le ve al lado de Iván Cepeda en las tarimas. La senadora Pizarro ejercía un cargo que no requería trabajo: era la jefe de debate de un candidato que se negó a debatir.

Pero hablando de jugadas desesperadas, el petrismo lo tiene que intentar todo: desde entutelar el uso de la camiseta de Colombia por parte de los que no quieren a Petro —o un gobierno petrista cuatro años más—, hasta entutelar la frase "Firmes por la patria", que tan adictiva se ha vuelto para los colombianos (desde los niños hasta los abuelitos la repiten). Y es que a la campaña de Iván Cepeda todo le ha salido mal: desde no reconocer los resultados de la primera vuelta en cabeza de Petro y el candidato, no ir a los debates y pelear por lo que no es —como la camiseta de Colombia y su uso—, hasta salir en estos días a enseñar a chasquear los dedos como señal para pedir plata para lo que sigue.

Lo más reciente que se suma a su cúmulo de cagadas es la emisión de un acto de suspensión del presidente Petro por parte de una representante a la Cámara petrista, exesposa de Roy Barreras y miembro activo de su movimiento. Una jugada que puede ir en dos vías: victimizar a Petro —como tanto le gusta— para salir a las calles a incendiar el país, o permitir que en estas dos semanas que quedan de campaña toda la andanada del Estado Petro pueda promover la elección de su elegido, a quien cada día se le nota más incómodo, tratado como un títere de Petro. Sí, exactamente lo que tanto le criticaron en su momento a Iván Duque con Álvaro Uribe.

La congresista del Pacto Histórico, Gloria Arizabaleta, quien forma parte de la Comisión de Acusación, señaló que sí tiene competencia para suspender al presidente. Todo lo contrario a lo que dice la ley. Pero ellos, en su petrismo y de forma desesperada, necesitan figurar en estos días. La exesposa de Roy anunció que, en su calidad de investigadora del jefe de Estado en sus diez procesos disciplinarios por supuesta intervención en política, enviará el auto oficial al presidente del Senado, Lidio García, donde oficializará su decisión de suspender al jefe de Estado. Según la información conocida, Arizabaleta fundamentó el auto en el artículo 217 de la Ley 1952 de 2019. La representante investigadora concluyó que se cumplen los requisitos establecidos para ordenar una suspensión provisional durante una investigación disciplinaria.


Hay que recordarle a los petristas —que buscan maneras desesperadas de figurar y victimizar a Gustavo— que la Comisión de Acusaciones tiene funciones de investigación e instrucción, pero no de suspensión o destitución directa del presidente. El artículo 178 de la Constitución establece que la Cámara, previa actuación de la Comisión de Acusaciones, puede acusar al presidente ante el Senado. Es decir, la Comisión investiga y recomienda, pero no juzga ni sanciona. Asimismo, el artículo 174 dispone que corresponde al Senado conocer de las acusaciones formuladas contra el mandatario.

De acuerdo con el diseño constitucional colombiano, una eventual suspensión del presidente solo podría producirse dentro del trámite constitucional ante el Congreso en pleno, y no por la decisión individual de una representante o del presidente de la Comisión de Acusaciones. Diversos constitucionalistas y dirigentes políticos han señalado recientemente que solo el Senado en pleno podría adoptar una medida de esa naturaleza. La Constitución colombiana no autoriza a un representante individual a suspender al presidente de la República. La Comisión investiga; la Cámara acusa; y el Senado conoce y decide en los juicios políticos correspondientes.

Eso lo conoce Petro, lo conoce Roy Barreras y lo conocen los estudiantes de derecho petristas. Pero saben perfectamente que es una jugada para llevar al límite la Constitución, tensionar el ordenamiento y movilizar personas en las calles en contra del "fascismo" —como ellos lo llaman— o a favor del petrismo —como realmente es—. Saben que están perdiendo y que el país los rechaza; por eso acuden a jugadas desesperadas. Claro que, como todo en esta campaña, esta pirueta también les ha salido mal.




¡No sea tan hijueputa, Iván!

Ha ganado las elecciones presidenciales Abelardo de la Espriella, una persona que nunca había hecho política, que no vivía en Colombia y que...