En la recta final de las elecciones en primera vuelta para presidente en Colombia, el país se apresta a elegir al sucesor de un gobierno que se dedicó a hacer exactamente lo que tanto criticó a los demás. El menú incluye la mayor estratagema de corrupción reciente, protagonizada por personajes de la calaña de Olmedo López, Luis Fernando Velasco, el exministro Ricardo Bonilla, Carlos Ramón González (hoy prófugo de la justicia refugiado en Nicaragua) y Sandra Ortiz. A este club se le sumaron luego los cuestionados Jorge Iván Ospina y el imputado Daniel Quintero. Todo un cartel digno de un "pacto histórico", pero de hampones.
No se puede ser un buen gobernante cuando el entonces candidato y hoy presidente de la república hablaba en su círculo cercano de "mover la línea ética". Correrla, acomodarla, tal y como lo hace hoy con su candidato Iván Cepeda, interviniendo descaradamente en política todos los días. Esto incluye el cinismo de ver a su elegido electoral mover esa misma línea ética sin pudor, organizando eventos masivos a una semana de las elecciones y pretendiendo normalizar de forma literal lo que nunca se ha hecho o simplemente está prohibido por ley. Pero claro, para él sí se puede. Estamos ante un candidato que, además, se niega sistemáticamente a debatir sus propuestas, nocivas como modelo de país.
Ese mismo candidato recibe con descaro a quienes son imputados por la justicia, aplicando la vieja máxima atribuida a Álvaro Uribe: que voten los proyectos mientras no estén en la cárcel. Así es como recibe con los brazos abiertos a Carlos Caicedo, investigado y acusado en varios procesos relacionados con presuntas irregularidades en la contratación pública durante su etapa como alcalde de Santa Marta y gobernador del Magdalena. El exgobernador ya ha sido imputado, acusado formalmente y llamado a juicio en distintos procesos. Caicedo es recibido en medio de una rueda de prensa donde balbucean sobre un supuesto "acuerdo programático"; una salida digna que busca el exgobernador ante su fracasada intención de ser presidente. Un personaje que, seamos claros, no tiene los votos en estas elecciones ni para lograr la reposición de dinero que la ley otorga a quienes alcancen el umbral del 3% de la votación válida total.
En las huestes de Iván Cepeda hay de todo. Ahí figura el senador Antonio Correa, quien fue secretario de Salud en Magangué durante la administración de Jorge Luis Alfonso López, alias “El Gatico” (hijo de la empresaria del chance Enilce López). La Corte Suprema llamó a Correa a juicio por presuntos hechos de corrupción relacionados con contratos y supuestas coimas en convenios interadministrativos en Bolívar y Córdoba. Correa pertenece al Partido de la U, pero ha sido un férreo impulsor y ferviente apoyo del gobierno de Petro. Nada raro en nuestra fauna política.
La periodista Juanita Gómez lo resumió perfectamente: lo de Petro con Cepeda no es una simple campaña presidencial. Parece una estrategia paso a paso para quedarse con el poder, desacreditar las reglas de juego y empujar al país a una peligrosa normalización del abuso político.