Lo que ocurre en Colombia actualmente no es nada diferente a lo que ha pasado a lo largo de más de 200 años de vida republicana: un gobierno rodeado de corruptos que pasa de escándalo en escándalo; un presidente que prometía un cambio en el país y nos devolvió al pasado, a las épocas en las que viajar por carretera era un deporte extremo, donde los bandidos mandan ante la mirada ciega de quienes deben proteger al país.
Un gobierno apoyado por nuevos clanes, como el clan Torres en el Atlántico, quienes con dinero y astucia han hecho desaparecer a los clanes Name, Cepeda y otros más. Un gobierno apoyado por Armando Benedetti, quien hoy, orondo, dice que aspira a ser el próximo alcalde de Barranquilla —Dios no lo permita jamás—, respaldado además por el arquitecto de lo que inició como una “mochila” de partidos políticos que conformaron el llamado Pacto Histórico en 2022, Roy Barreras. Un gobierno con ministros presos en cárceles, como Bonilla y Velasco; otros huyendo en Nicaragua, como es el caso de Carlos Ramón González, quienes han hecho lo mismo que tanto criticaron: comprar congresistas y sacar adelante reformas fallidas para el país.
Iván Cepeda nunca imaginó siquiera ser candidato a presidente. Su retórica no le da para hablar de algo diferente a Álvaro Uribe Vélez, las FARC o el ELN; gira siempre sobre lo mismo. Sin embargo, hoy, impulsado por las políticas populistas de este gobierno, que en cuatro años no hizo mucho —o quizá no hizo nada—, aparece como opción. Su ejecución del presupuesto estuvo siempre dirigida a engordar una nómina estatal. Para el Petro derrochón, no importa que el número de empleados públicos pasara entre 2023 y 2024 de 889.000 a 916.000, es decir, 27.000 personas más (3%). Tampoco que los contratos por prestación de servicios pasaran de 11.851 en 2022 a 18.685, un aumento cercano al 57%. Como suelen hacerlo los gobiernos de izquierda: mantener el poder mediante burocracia y contratación; de ahí su fuerza electoral.
En este país no importan los datos o los hechos. El colombiano no vive de cifras sino de momentos: vive del populismo, impregnado hace unos años por Uribe y hoy por Petro, quien se atrevió, en el último año de su gobierno, a hacer un aumento desproporcionado y sin fundamentos reales del salario mínimo. Eso sí, algo que aplaude lquienes viven del salario minimo. Total, hay más pobres que ricos, y eso la politiquería lo sabe. Saben que el colombiano es ciego y sordomudo: capaz de no mirar escándalos o las altas cifras de inseguridad; sordo para escuchar razones y mudo para decir algo frente a lo que ocurre. Eso sí, colombianos “shakiros”: ciegos, sordomudos, pero felices mientras estén “viviendo sabroso” con un salario de dos millones de pesos. ¿Qué importa la salud y cómo Petro ha dejado que el “shu, shu, shu” se la lleve por delante?