miércoles, junio 24, 2026

Petrolin

Estuvimos cuatro años en las manos de un presidente mitómano, dócil con los bandidos y al que nunca le importaron las reglas o leyes del país. Finalizó su gobierno como todo un dictador de Temu, incapaz de reconocer que salió derrotado con su pupilo, aunque hizo de todo para ganar, poniéndole el Estado a disposición a un candidato; algo que hizo sin pudor alguno: fue de frente y perdió. Chiquitos ante la derrota, y solo luego de que no pudieron demostrar todo lo que hablaron del sistema electoral colombiano, dicen que aceptan su triste revés.

En su gobierno, el Clan del Golfo —con el que negociaba su comisionado de Paz, Danilo Rueda— pasó de tener 4,061 integrantes en el año 2022, a registrar cerca de 9,915 miembros en el 2025. Todo un logro para la política de «paz total», que logró el efecto inverso: en vez de desmovilizar bandidos, los hizo más fuertes gracias a las concesiones de Petro y su gobierno; concesiones que incluyeron el retiro y la purga de generales del Ejército y la Policía. Una desbordada expansión que llegó acompañada del incremento de la criminalidad en todo el país.

Al realizar un análisis psicológico de Petro, podemos identificar a una persona que suele interpretar los acontecimientos dentro de un marco de conflicto entre fuerzas antagónicas (pueblo vs. élites, soberanía vs. poderes extranjeros). Este estilo es común en líderes de orientación populista de diferentes ideologías. Sus mensajes muestran una fuerte seguridad en sus interpretaciones, incluso cuando estas son controvertidas o cuestionadas por otros actores. Esto puede reflejar una personalidad con alta convicción ideológica y poca disposición a modificar sus posiciones.



Petro, al igual que otros líderes como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Andrés Manuel López Obrador, es capaz de cuestionar procesos electorales después de resultados desfavorables, lo cual responde más a una estrategia política y a un fuerte compromiso con su propia narrativa que a una enfermedad mental. Petro solo duró cuatro años en el poder, aunque "Petrolín" lleva 32 años en la vida pública, en la que fue elegido siete veces democráticamente. En todas esas ocasiones en las que ganó, nunca se quejó del sistema electoral.

Sin embargo, cuando pierde el poder del Estado —y pierde con la dureza con la que lo hace frente a un aparecido que no es político, que no vivía en Colombia y que llegó producto del mercadeo a la Casa de Nariño—, es incapaz de reconocer su derrota, aunque se haya esforzado hasta más no poder con todo lo que el presupuesto estatal les daba. La izquierda tuvo la mala fortuna de que el momento de gobernar llegara bajo el mando de Gustavo Petro, un exguerrillero del M-19 y exsenador de la República que intentó ser presidente tres veces hasta que, luego de un estallido social y un mal gobierno de Iván Duque, logró llegar a la Casa de Nariño.

Petro quizás no entienda que muchos colombianos no votaron por la derecha, sino en contra de lo que él hizo en cuatro años, en contra de toda su prepotencia; porque una cosa es ser oposición, escenario en donde se mueven como pez en el agua, y otra muy distinta es llegar a administrar deudas y negociar mercados. "Petrolin" tuvo sus aciertos en algunos indicadores, los cuales seleccionaba con pinzas a la hora de mostrar resultados, pero no le contaba al país el fracaso en seguridad y el miedo, la improvisación, el deterioro, la soberbia moral y el desorden que muchos sienten cuatro años después de que subiera al poder.

Álvaro Leyva acusó a Gustavo Petro de tener un problema de drogadicción en una carta pública en 2025, pero esa acusación ha sido negada por Petro y no ha sido demostrada públicamente con pruebas concluyentes. El perfil de Petro es el de un mitómano que miente con acusaciones de fraude en su red social X, tomando pantallazos de ChatGPT o de software de estudiantes de ingeniería de sistemas para embaucar a los que ciegamente van tras él. Lo mismo ocurría en épocas de Uribe Vélez con sus fanáticos uribistas, que posaban de ciegos, sordos y mudos. En eso se parecen los dos extremos: convocan fanáticos que los defienden tirándole agua sucia al otro lado para justificar su propio actuar.


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