Lo mejor que saben hacer en la izquierda de este país es oposición: saben denunciar, saben destruir con comentarios, pero no saben construir. Eso ya nos quedó claro en estos cuatro años de gobierno de Gustavo Petro. Sobre todo cuando se radicalizan y se esconden tras sus seguidores, un equipo que los rodea con el único mérito de ser fieles a la causa radical, pero sin el suficiente criterio o mérito adicional que requiere un cargo en el alto gobierno.
Iván Cepeda, un buen senador que tiene como gran mérito haber logrado que Álvaro Uribe haya sido condenado por el delito más tonto de todos los que se le han investigado, pero quizás el único donde Uribe dejó cabos sueltos, creyéndose el todopoderoso e intocable que se sentía. Cepeda es un senador que denuncia y que sabe vivir en la oposición; desde ahí se siente cómodo y lo hace bien. Tanto es así que, quizás sintiendo que las cosas no marchan para él, inicia su correría por las cárceles y contactos para buscar denuncias contra sus enemigos políticos. Lo que les queda siempre será denunciar, incendiar, buscar cómo destruir. Cuando son oposición tienen el remedio para todos los males del país, pero cuando gobiernan desde su radicalismo no son capaces de unir a una nación; son gobierno para un sector del país y no para todos.
Cuando ganan, son la prepotencia en pasta, son arrogantes, se radicalizan, se atrincheran, utilizan todos los medios del Estado para perpetuarse. No les importa nombrar corruptos como Daniel Quintero al frente de la Superintendencia de Salud; Quintero tiene más de 40 investigaciones relacionadas con su administración en distintos organismos de control y en la Fiscalía. Petro, en sus consejos de ministros, habla sus locuras —quién sabe si bajo el efecto de alguna droga o del alcohol—, en donde dice que ningún negro le va a decir qué hacer, o que las mujeres que acompasan el clítoris con el cerebro son geniales.
Cuando pierden, les queda incendiar el país. Amenazan con salir a las calles a destruir todo, dicen que si no ganan el país se va a incendiar y que ellos se podrán armar porque ya probaron el poder. En esa izquierda radical caben personajes como Beto Coral (en proceso de deportación de los Estados Unidos) y Martha Peralta, senadora indígena salpicada por corrupción en el caso de la UNGRD en La Guajira. No les importa nada. Cabe lo peor de lo peor sin remordimiento alguno.
En campaña son amor y vida; cuando gobiernan son arrogancia y prepotencia; y cuando pierden quieren destruir el país como lo hicieron en el año 2020 gracias a Duque y su mal gobierno. Esa es la izquierda progresista que nos tocó en Colombia.
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