En estos días los ánimos están a flor de piel. La gente se muestra más sensible con la política y con el Mundial, siendo la contienda presidencial el principal tema de debate entre amigos y familiares. Cuando alguien no está de acuerdo con determinado candidato, en lugar de debatir ideas, lo califican de bruto, ignorante o estúpido. A mí me han llamado uribista y, del otro lado, petrista.
A todos los que quieren encasillarme en sus estereotipos y modelos de pensamiento solo puedo decirles una cosa: soy un ciudadano libre. Mi opinión no tiene ningún compromiso político porque no vivo de los políticos. Así como puedo escribir una crítica contra Petro, también he escrito muchas contra Uribe. Sin embargo, cuando algunos se quedan sin argumentos, prefieren recurrir al insulto antes que a la razón. La polarización del país ha llegado a tal punto que cualquier persona que no piense igual es ubicada automáticamente en el bando contrario. Me han llamado “elemento útil de Abelardo” y, por consiguiente, me han tildado de uribista. Incluso familiares que alguna vez me apreciaron han terminado cayendo en esa lógica. Su capacidad de argumentación parece terminar donde comienza el insulto hacia quien no comparte su candidato o cuestiona el modelo de gobierno que hemos tenido durante los últimos cuatro años.
Lo más curioso es que muchas personas pelean y se distancian por políticos que, en la práctica, comparten espacios, conversan y hasta celebran juntos. Mientras algunos amigos y familiares discuten y se ofenden entre sí, los dirigentes políticos se abrazan, comparten eventos y mantienen relaciones cordiales.
Un ejemplo es Carlos Caicedo, a quien Gustavo Petro llegó a calificar como “el marginal de la política”. Hace apenas unas semanas, Caicedo afirmó en una entrevista que no compartía los métodos del Gobierno Petro y marcó distancia frente a varias de sus decisiones. También cuestionó el incumplimiento de compromisos con el Magdalena y criticó la influencia de sectores de la política tradicional dentro del Gobierno. Sus críticas eran constantes y, además, mantenía distancia frente a la candidatura de Iván Cepeda. Sin embargo, consciente de las limitaciones de su aspiración presidencial y de sus escasas posibilidades electorales —no marcaba ni el 0.01% en las encuestas—, terminó retirando su candidatura para adherirse a Cepeda. Así funciona la política: los adversarios de ayer pueden convertirse en aliados de hoy. Claudia López, la camaleónica exalcaldesa de Bogotá, terminará, seguramente, apoyando a Cepeda, si es que aún no lo ha hecho. Un acto político que, quizás, aporte apenas dos o tres votos: el suyo, el de Angélica Lozano y el de Ernesto Gómez.
La campaña de Cepeda se presenta hoy bajo el lema “Me la juego por la vida”. Sin embargo, también ha recibido el apoyo de Santiago Botero, conocido popularmente como “Mr. Balín” por sus declaraciones en favor de respuestas contundentes contra la delincuencia. Además, sobre él han recaído denuncias públicas por presunta violencia intrafamiliar, acusaciones que él ha negado y que corresponden a las autoridades esclarecer. Resulta, cuando menos, llamativo que una campaña que hace de la defensa de la vida uno de sus principales mensajes reciba con tanto entusiasmo respaldos que generan controversia.
Si usted se considera una persona inteligente, no pelee por políticos. Al final, ellos viven cómodamente mientras usted, en el mejor de los casos, es un trabajador asalariado que necesita conservar su empleo y que depende de que la empresa donde labora obtenga buenos resultados. Su bienestar y el de su familia están mucho más ligados a su esfuerzo diario que a las disputas políticas que otros convierten en una guerra personal.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario