sábado, agosto 08, 2026

El último delirio del huérfano de poder

No debe resultar fácil para Gustavo Petro y su izquierda entregar el poder a quien le ganó las elecciones más tramposas e irregulares de la historia; tramposas e irregulares por todo lo que se movió alrededor de Iván Cepeda: el Gobierno inyectándole dinero a más no poder, un presidente participando en política como jamás se había visto, voto fusil en lugares apartados, mentiras en contra de los demás candidatos en campaña y fajos de billetes que movilizaban en cajas de vajillas y bolsas de basura, como mencionó Eva Ferrer, la amiga de Verónica Alcocer. 

Petro, en otra de sus tantas salidas en falso —de esas a las que ya nos tiene acostumbrados—, salió a decir recientemente que el verdadero ganador de las elecciones fue Iván Cepeda, cuando en democracia fueron derrotados por un país que le dijo: "¡Fuera Petro! Con gusto, adiós para que no vuelva más". Se pasaron de piña, hicieron todas las porquerías que se pueden imaginar en política; los escándalos con los que se van no se ven ni siquiera en las peores series de políticos corruptos de Netflix: House of Cards les quedó en pañales.

Gustavo, en una madrugada de esas de trasnocho a las cuales nos tiene acostumbrados —quién sabe metiéndose qué o bajo el efecto de qué sustancia—, tras referirse a hechos de violencia en el Cauca, hizo un llamado al "movimiento indígena, campesino, popular y estudiantil" para organizar "guardias libertadoras" con el fin de proteger a las comunidades de grupos armados ilegales. Adicional a esa minga indígena que llevan en buses pagados por el Estado para llenar plazas y hacer desmanes, quiere Petro tener su propio ejército bolivariano o esas milicias que armaron en Venezuela.

A esos petrilovers a los que se les acaba la chequera les va a doler haberse radicalizado en la izquierda más extrema de este país. A Francia Márquez le faltará su "helicóptero" y a Petro entregarle el poder a las muchachitas rebeldes que lo acompañaban, luego de acompasar su clítoris con el cerebro.


A muchos nos parece absurdo ver a Gustavo Petro exponiendo teorías, mostrando gráficas sin contexto y hablando de un supuesto fraude sin pruebas. Pero ese no es un error, es una estrategia. Él no está intentando convencer a quienes contrastamos información o exigimos evidencia; está apelando a la emoción, al resentimiento y a la esperanza de personas que no tienen una estructura académica —que, a decir verdad, en Colombia son la mayoría, ¡una población ignorante!—. Sabe que una narrativa repetida muchas veces puede ser más poderosa que una prueba. Ese ha sido, desde hace años, su principal capital político. Petro, al igual que Uribe, apela a la emoción de sus seguidores más radicales y sabe que una mentira repetida muchas veces ante esas personas se les convierte en verdad.

En un país como Colombia, donde existe un historial de violencia política, muchos analistas consideran que los líderes públicos deberían procurar que sus mensajes sean lo más claros posible para evitar interpretaciones que puedan alentar acciones fuera de la institucionalidad. Pero para Petro el lenguaje es importante: sus bases le reclaman lo que él les da, y él sabe inyectarles ese odio y esa mentira digna de la izquierda cuando queda huérfana de poder. Esos personajes ya están esperando el 7 de agosto para comenzar a contar masacres, obviando las 355 masacres y 1.351 víctimas registradas durante estos cuatro años.

Petro sigue llamando a sus bases a incendiar, a no reconocer el resultado; llama ilegítimo a quien le ganó las elecciones a pesar de no ser político y no vivir en Colombia. Eso quizás le duela a Petro todos los días, porque hizo lo imposible por perpetuar su modelo radical, pero Colombia le dijo que NO. No queremos ser Venezuela, no queremos ser Nicaragua; somos un país diferente que entendió que el tiempo de Petro para gobernar ya pasó. Lo mejor que podemos hacer es estar atentos como sociedad, y que el gobierno de Abelardo de la Espriella responda con todo el poder del Estado ante las amenazas de un pobre loco huérfano de poder.

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