miércoles, agosto 26, 2026

Un país de emociones y úlceras políticas

Desde hace años se viene imponiendo en el país el modelo de las emociones políticas, una estrategia que ha generado altísimos réditos desde que Uribe y su séquito encontraron la fórmula para «emberracar» a los colombianos y lograr que salieran a votar 'No' en el plebiscito por la paz inventado por Juan Manuel Santos. Desde esa época, los políticos actuales entendieron cómo movilizar a la gente a través de la indignación pura para alinearla con sus causas.

Si nos remitimos quizás un poco más atrás, en Santa Marta, un aventajado político de la época logró mover fibras para hacerse llamar «el político del cambio». Ese mismo personaje hoy huye de la justicia cuando esta por fin actúa y lo condena a 9 años de prisión, teniendo además encima investigaciones por presunto abuso sexual de menores. Un político carcomido por el poder y un delirio de grandeza que cultivó para ostentar durante 12 años el control de la ciudad y durante 8 el del departamento. Sin embargo, le ha llegado su hora a quien movilizó emociones contra Metroagua en su momento y creó una empresa que sus alfiles quebraron tan rápido que al Gobierno no le quedó otra opción que intervenirla. Ese gran mesías, que hablaba de los «viejos clanes», cimentó en 12 años su propio clan al lado de sus mejores amigos —a quienes también llevó al poder—, amasando fortunas que les permiten «vivir sabroso» aun sin trabajar, a pesar de que hace unos años eran solo el ayudante de bus y la secretaria muy aplicada del mismísimo caudillo.

Petro, con su primera línea, logró en el año 2021 el famoso estallido social en contra del Gobierno de turno: incendiaron el país en las calles y salieron a marchar contra la reforma tributaria de la época del ministro Carrasquilla, logrando que la nación montara en cólera contra un inerte Iván Duque, el payaso de circo que Uribe había puesto en el poder y que terminó como DJ Duke en el retiro de su corta carrera política. Duque, entre otros logros, tuvo como mayor éxito hundir al uribismo y entregarle el poder a la izquierda que siempre se autonombra «el cambio» —claro, el cambio de bolsillo, ya que son ellos quienes luego se llenan las arcas para vivir sabroso—.


El entendimiento de la movilización emocional lo tienen claro en ambas orillas: somos un país que no elige ideas ni propuestas, sino gritos y pasiones. Recientemente, el asesor estratégico de la campaña de Abelardo de la Espriella lo confesó: el país necesitaba movilizar la repugnancia que generaron los cuatro años de Petro. Ese manejo que le dio el expresidente incluyendo a personajes como Juliana Guerrero —quien era confidente y asesora presidencial sin título alguno— o teniendo a Benedetti como el salvador final en sus horas postrimeras, sumado a los trinos de madrugada, era algo que había que erradicar, y la campaña de Abelardo lo entendió a la perfección.

Hoy, en un país que hace menos de un mes sufrió un devastador terremoto, la tragedia se acompaña con incendios forestales provocados supuestamente por las disidencias de las FARC y el ELN. Se dice incluso que las primeras líneas estarían detrás de este infame crimen, buscando aplacar la capacidad estatal desplegada para perseguirlos. Estas organizaciones, de la mano del brazo político en el Congreso que defiende los ideales de Marx, buscan generar úlceras en el país que les permitan retornar al poder en cuatro años. Saben perfectamente que el discurso del odio y el incendio funciona de maravilla en una nación que no se mueve con ideas, sino con visceralidad.

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