viernes, mayo 30, 2025

La Huelga del Poder: Cuando el Gobierno Paraliza al País

Nunca antes se había visto en Colombia que un gobierno llamara a paralizar el país que gobierna. El llamado de Petro y sus secuaces políticos, incluyendo al “redimido” Armando Benedetti, es a incendiar, a convocar una huelga total, simplemente porque el Congreso, en uso de sus facultades, no le aprobó lo que, a todas luces, es el inicio de la campaña política para 2026, o como lo expresó el propio Benedetti, la “mini reelección” de Petro.

La izquierda en este país, tan ambigua como el congresista David Racero, está representada por aquellos que han vivido criticando y haciendo oposición toda la vida. Son quienes dicen tener la solución a todos los problemas generados por la derecha, pero que, al llegar al poder, se enfrentan al grave dilema de no saber qué hacer frente a aquello que tanto les termina gustando: las mieles del poder. Ese poder que saborean junto a políticos cuestionados, a quienes antes rechazaban y ahora aceptan como aliados, siempre y cuando voten sus reformas o apoyen sus iniciativas. Terminan pareciéndose tanto a la derecha, que son la misma miseria disfrazada: una que huele fétido y termina corrompiendo al país.

Petro hace un llamado a la huelga, a la paralización total, olvidando que como presidente debería buscar consensos y unir al país. Pero opta por la mentira y la leguleyada, herramientas comunes de los dictadores, quizá siguiendo los pasos de Chávez en Venezuela. Se atreve a juzgar las decisiones del Congreso y tomar acciones que rozan el autoritarismo, con tal de lanzar su campaña política para 2026. El “florero de Llorente” esta vez se lo entregaron los congresistas que negaron la reforma laboral en la Comisión Séptima del Senado.

La izquierda de este país resulta igual de repugnante cuando suceden casos como el de Rafael Martínez en el Magdalena, un personaje capaz de negar lo evidente y declarar ante un juez que no se reconoce en un video donde hace arengas en plena campaña por Miguelina Pacheco. Lo mismo ocurre con Petro, quien por estos días agita a las masas populares con promesas populistas. Pasamos del pasado de la “mano dura, corazón grande”, al “presidente del cambio” rodeado de los mismos políticos que antes saquearon al país, ahora redimidos por el "mesías" Petro, como lo deja entrever Benedetti en una conversación filtrada por chat.

Petro negó a su hijo diciendo que no lo crió, pero al país sí le ha enseñado las mañas: meter dinero en bolsas negras, como lo hacía su asesora de regiones, que trasladaba maletas llenas de efectivo para comprar congresistas, a quienes también ha negado. Hoy niega que convocó un paro que fracasó, un paro para perjudicar al ciudadano de a pie, con los mismos bloqueos de quienes quieren todo gratis. Aquellos que vandalizan estaciones de TransMilenio en Bogotá y que, cuando terminan en la cárcel —como en el caso de Epa Colombia—, Petro pretende convertir en "gestores de paz".

Este gobierno y sus aliados son expertos en incendiar, en negarlo todo, en desordenar. Son expertos en desgobierno. Son, simplemente, un fracaso más, como lo es su mal llamada “paz total”.














miércoles, mayo 14, 2025

La democracia cuesta… y el poder también

En el debate sobre la consulta popular propuesta por el presidente Petro, se presentaron hechos y discursos que parecen sacados del libreto político de nuestro país. Por un lado, la senadora María José Pizarro reclamaba al presidente del Senado, Efraín Cepeda, porque en pleno debate se estaban repartiendo refrigerios, apenas unos minutos después del almuerzo. Lo que no sabía la senadora era que esos refrigerios los distribuía su hoy aliado —y antes enemigo— Armando Benedetti, actual ministro del Interior. Ese mismo ministro, en una de esas frases que suelen pasar desapercibidas, dijo: “La democracia no es barata; las dictaduras sí lo son.”

Benedetti sabe bien cuánto cuesta el poder en ese espacio donde tanto le gusta estar. "Armandito", como le dicen algunos, ha sido uribista, santista y ahora, redimido por Petro, petrista. Sabe lo que es jugar en las grandes ligas. Entre todas las acusaciones que enfrenta en la Corte Suprema y la Fiscalía, carga procesos por irregularidades en la adjudicación de contratos cuando era congresista, junto a los exsenadores Musa Besaile y Bernardo ‘Ñoño’ Elías.

El caso Fonade involucra presuntas irregularidades en contratos adjudicados en 2016, cuando Benedetti era senador del Partido de la U. Según el medio Cambio, Fonade habría sido usado con fines políticos, y Benedetti habría favorecido a la empresa Certicámara S.A. en un proceso contractual. La Corte Suprema lo acusa por tráfico de influencias. 

El ministro de la “democracia que no es barata” lo sabe. En grabaciones que salieron a la luz pública, hablaba de 15 mil millones de pesos supuestamente destinados a la campaña del entonces candidato Gustavo Petro. En el gobierno también saben que gastarse 700 mil millones en una consulta popular no es nada, si se trata de mantener el poder.

Vivimos en un gobierno derrochador, lleno de contratistas que obligan a  marchar como le gusta a la izquierda, donde ya hay decenas de funcionarios imputados por corrupción. Uno de los casos más sonados es el de Sandra Ortiz, exasesora de Petro, quien supuestamente utilizaba a Osneider Pinilla y Olmedo López —ambos petristas— para comprar conciencias y votos mediante contratos y maletas de dinero. Ese dinero habría llegado a los apartamentos del entonces presidente de la Cámara, el liberal cordobés Andrés Calle, y del senador Iván Name, quien, por 3.000 millones de pesos, habría vendido su conciencia al gobierno. Pero como todo político astuto, parece que finalmente les hizo el "conejo".

La democracia cuesta, y este gobierno lo sabe. Sabe lo que implica movilizar influenciadores, comprar lealtades mediante contratos, y sostener el poder con recursos públicos. En este gobierno, vivir sabroso cuesta… pero lo pagan con el dinero del Estado. 

Para Petro y sus seguidores, tener a Benedetti como ministro del Interior es el precio a pagar por muchas verdades que parece conocer. Aún no se entiende cómo quienes se hacían llamar “el cambio” se tragan ese sapo gigantesco. Todo porque su “mesías” les prometió que Benedetti ya había sido redimido de todos sus pecados antes de convertirse en petrista. 

La democracia cuesta, y este gobierno lo tiene claro. Sabe que hoy, ese Congreso que hasta hace unas semanas era su enemigo, ahora puede ser su mejor aliado para hacer realidad lo que busque. Y eso se logra con puestos, contratos y la famosa mermelada que tanto criticaban. Este supuesto cambio no es más que la misma podredumbre de siempre, el mismo hedor que llevamos años respirando en este asqueante escenario político llamado Gobierno de Colombia.

La democracia no es barata.



viernes, mayo 09, 2025

306 Mil Votos y un Video Incomodo

Han pasado varios meses desde que el exgobernador del Magdalena, Rafael Martínez, hiciera en un evento político una invitación pública a votar por Miguelina Pacheco y María Charris, militantes y aspirantes a cargos en las elecciones territoriales de 2023 por el Partido de la U. En ese entonces, desde la tarima y con su tono altisonante, siempre cercano al de un charlatán, Rafael promovía abiertamente el voto por dicho partido, mencionando incluso los números en el tarjetón. Esto, según las leyes y la Constitución de nuestro país, está prohibido por el principio de doble militancia política, considerando que para ese momento existía el Movimiento Naranja como partido político, con listas propias al concejo y a la asamblea.

A Rafa, a su jefe Caicedo y a sus secuaces poco les importan las leyes cuando se trata de sus propios intereses; siempre recurren al discurso de la persecución.

Rafael Martínez incluso juró ante un juez de la República que el del video no era él. Son capaces de negar hasta a la madre con tal de conservar el poder. Asegura que todo es un montaje, que jamás hizo lo que claramente se ve en el video. Luego, en un mensaje publicado en sus redes sociales, afirmó que fue víctima de los "narcoclanes" que, según él, influencian al Consejo de Estado. Sostiene que su comportamiento no puede considerarse doble militancia y, por supuesto, reitera su apoyo a Petro.

A "Ratael", como lo llaman algunos, lo sacaron por infringir la ley, aunque para él eso parezca normal. Están acostumbrados a tener jueces amigos, como aquel famoso juez que, mediante una tutela, logró que la foto del “alcalde de hierro” apareciera en el tarjetón de las elecciones de 2023. Lo que hizo Rafa no está permitido, aunque él insista en que fue un tecnicismo o una persecución política, la vieja y confiable táctica de la izquierda resentida de este país. El papa Leon XIV llegó haciendo milagros, y asi a Petro no le guste debe convocar elecciones pronto.

La sentencia del Consejo de Estado también afectó a la segunda en votación a la Gobernación del Magdalena en 2023, la hoy diputada Mallath Martínez. Ahora todo queda en manos de la Registraduría, que deberá organizar nuevas elecciones.  Rafa, tuvo una gobernación que nació muerta, que solo le sirvió durante estos meses para hacer lo que mejor saben hacer en las toldas naranjas: mover contratos, contratar amigos para que les hagan la tarea y fortalecer el movimiento del "emperador".

Rafael afirma que se han burlado de 306 mil votos y que todo es una persecución. A estos personajes de la izquierda resentida los persiguen todos... incluso ellos mismos cuando abren los ojos y revelan las verdades que ocurren dentro del movimiento del todopoderoso emperador. El verdadero "tic tac" fue el de Rafael: una gobernación que nació muerta desde aquel famoso video. Se va, se va... y bien ido será. Aquel que, con todas las argucias posibles, trató de evitar el desenlace de una crónica de una muerte anunciada. El único que persigue a los naranjitas es el mismo cacique naranja. Que levante la mano el que va llamar a pedir el voto por Miguelina y por Maria... Ahi tienes Rafa, convertido en la porqueria de la política que tanto critican.





domingo, mayo 04, 2025

EL Unión Magdalena es un equipo lleno de cadáveres

Todo parecía presagiar que por fin se iban a sumar tres puntos. La gente en el estadio, por primera vez en el torneo, aplaudía y alentaba al Unión: un equipo humilde, pero capaz de llevar público al Sierra Nevada aun ocupando la última posición. En Santa Marta, mucha gente sufre y padece una enfermedad llamada Unión Magdalena. Un equipo que no da alegrías, pero al que nunca se deja de apoyar, al que nunca se deja de ir a ver. Esta fecha parecía ser el día. Entrada gratis para todos. Y aun así, el equipo no pudo sumar de a tres.

Lo que se esperaba como una fiesta en este 2025, con un equipo que jugó y dominó el torneo de ascenso el año anterior, se ha convertido en una tragedia que no termina. Un equipo lleno de jugadores que no sienten la camiseta, que no rinden, y que fueron pedidos y armados por el entonces técnico más querido: Jorge Luis Pinto. Pinto fue el director de la orquesta que subió al equipo a la A, pero también es el responsable —junto a la mirada cómplice de su dueño— de haber armado un equipo desastroso.

Es política de Eduardo Dávila traer jugadores baratos y regalar siempre el primer torneo del año. Lo ha venido haciendo en este equipo que ya parece más un ascensor que una institución de fútbol. Sacar del equipo al argentino más samario del mundo, el motor del mediocampo Agostino Spina; echar al Pecoso Correa, quien era el cerrojo de la defensa; y barrer a jugadores de la casa como Andrés Carreño, Andrés Escobar, Lupín González… No aceptar a Toñito Hinojosa. Decisiones todas que reflejan un equipo sin directiva, sin técnico, sin jugadores… pero que sí tiene hinchada. Una hinchada que, aun en las malas, lo acompaña, aunque ya pasen más de 17 fechas sin conocer la victoria.

José Mercado, del Unión Magdalena, es hoy símbolo de la impotencia de un equipo lleno de cadáveres, jugadores sin sangre en las venas. Todos estaban advertidos de que los chirretes iban a hacer lo que hicieron en el estadio. Se volvió costumbre. Ya habían tardado mucho. Paciencia durante 17 fechas sin ganar. Ni en la peor campaña del "Pradita" Silva en 2022, cuando solo se sumaron once puntos, se vivió algo así. Jorge Luis Pinto subió al Unión a la A, y junto a Eduardo Dávila lo condenaron a volver a la B.

En este equipo no hay en quién confiar. La impotencia se refleja en la displicencia con que un pelado de 16 años, en su debut profesional, regala un balón que termina en gol. O en cómo José Mercado —quien hace unos años era considerado la mayor promesa del club— lanza un puño a un rival sin sentido, sin necesidad. Impotencia e irresponsabilidad combinadas, en un equipo lleno de fantasmas que deambulan por un cementerio, en un andar peligroso del que parece difícil salir.

Eduardo Dávila y su junta directiva son los responsables de regalar dos veces el torneo: primero, respaldando las malas decisiones de Jorge Luis Pinto; y después, trayendo a un técnico que ni siquiera puede dirigir desde la raya durante 12 fechas. Todo un torneo perdido sin sumar, condenando al equipo a buscar la épica en el segundo semestre del año. Algo impensable hace apenas unos meses, cuando todo era alegría.

La imagen del día será la de una señora en las gradas, llorando, frustrada, representando a toda una hinchada dolida. Una hinchada que ve cómo su equipo amado —el de los colores más hermosos del fútbol colombiano— va camino de nuevo al infierno, ese del que es tan difícil salir.



sábado, mayo 03, 2025

La espada de Bolivar

Los dictadores y quienes se aferran al poder siempre buscan un enemigo a quien atacar. Pero también se agarran de un símbolo para darle a sus seguidores una razón para seguirlos. En el caso de Petro, su enemigo es la oligarquía colombiana. Como buen líder de izquierda, sabe que el mejor combustible político es echarle el pueblo encima a quienes han hecho riqueza. Pambelé sabía que había más pobres que ricos, y Petro también. Lo impresionante es cómo mueve a las masas con un lenguaje vulgar , excremental y emocional. Porque si de hablar se trata, Petro es brillante. Lástima que como ejecutor y administrador sea todo lo contrario. Siempre evadiendo respuestas a preguntas incomodas con un discurso verborreico.

Para Gustavo Petro, al igual que lo fue para Hugo Chávez, mostrar la espada de Bolívar no es un acto simbólico cualquiera: es una señal de guerra, de lucha hasta el final. Es decirle al país que llegó al poder para quedarse. Y si tienen dudas, solo es mirar Venezuela como empezó todo.

La Constitución de 1991 dejó claro que Colombia es un Estado Social de Derecho con separación de poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Hoy, el Ejecutivo está en manos del primer gobierno de izquierda, liderado por Petro. El Legislativo está conformado por fuerzas políticas diversas, y el Judicial, encargado de que se cumpla la ley. Pero aquí viene el problema: algunos gobiernos, incluido el actual, quieren que el Congreso funcione como una notaría, firmando lo que se les ponga en frente. Para eso reparten puestos, contratos, y claro, corrupción. Mermelada, le dicen.

Cuando el Congreso no se deja comprar o simplemente no aprueba lo que el gobierno quiere, entonces es “traidor al pueblo”. Eso le está pasando a Petro. Ni con Benedetti ha logrado mover el Senado como lo hizo con la Cámara.  ¿Y qué hace? Le suelta el pueblo a los congresistas, los insulta, los llama “HP” si no votan sus reformas. Les dice a los ciudadanos que pidan lo que no tienen, aunque no haya con qué darlo. Porque, claro, ¿quién no quiere mejores condiciones laborales? Pero las leyes no se hacen con deseos. Se hacen con números. Todos queremos mejores condiciones, pero no a costa de quebrar al pequeño y mediano empresario. Y eso es lo que Petro —alias “Aureliano” en su época de guerrillero— no entiende ni le importa. Su discurso suena bonito, pero está lleno de vacíos legales, económicos y de realidad.

Hoy, solo en el poder, Petro se abraza a la espada de Bolívar como si con eso pudiera convencernos de que su causa es la del Libertador. Lo mismo decía Chávez en Venezuela... hasta que la hundió. Petro ya no está con los mismos aliados. Hoy lo acompañan Benedetti y una versión criolla de Delcy Rodríguez.  El 1 de mayo empuñó la espada y dijo: “No tengo más que un corazón para amarlos y una espada para defenderlos”. Palabras rimbombantes para justificar el fracaso. Y sí, cada vez se parece más a Chávez, ese que dejó en ruinas a su país y puso a un chofer de metro como presidente. Petro, si sigue así, nos dejará a un escritor de narconovelas como sucesor y un país hecho trizas, con su falsa “paz total” y tres años de desgobierno. Ojalá esto termine pronto, y no en manos de los extremos que tanto daño le han hecho a Colombia. No mas extrema derecha ni mucho menos la extrema izquierda.

viernes, abril 25, 2025

El falso amor de un gobierno vulgar

Gustavo Petro insiste en hablar de amor y humanidad en sus discursos, que terminan siendo vacíos, demagógicos y, en muchas ocasiones, teñidos de un lenguaje vulgar. Él lo sabe, y también lo saben sus seguidores y aliados. Sin embargo, en los últimos días, su retórica ha alcanzado niveles preocupantes, impropios de un presidente de la República. Llamar "HP" al presidente del Congreso, por ejemplo, marca un nuevo descenso en la dignidad del discurso público. A esto se suma el comportamiento de su ministro de Salud, un funcionario que presencia la destrucción del sistema sanitario sin reaccionar, mientras esta a la espera del ya tristemente célebre "shu, shu, shu" de Petro. El mismo ministro Jaramillo, quien insultó abiertamente a una directora de hospital en Puerto Gaitán, Meta, sin consecuencia alguna. A la que le mando su "hijueputazo", como si nada. Como era de esperarse, la llamada “horda petrista” salió a justificar estas actitudes en nombre del amor, ese mismo que promulgan con un lenguaje cada vez más agresivo.

¿Este era el cambio que nos prometieron en 2022? ¿Un gobierno que lanza madrazos y ‘hijueputazos’ sin recato, llamándose del pueblo mientras desprecia la dignidad que exige representar a 55 millones de colombianos? Este estilo recuerda, irónicamente, al del expresidente Álvaro Uribe, cuando perdía los estribos y amenazaba con golpes o lanzaba frases como “le voy a dar en la cara, marica” a su amigo Alias la mechuda. Uribe decía que no "chuzaba" teléfonos, sino corazones. Petro, por su parte, asegura que no es adicto a las drogas, sino al amor. La semejanza entre estos dos colosos de la política reciente resulta, cuando menos, inquietante.

¿En qué momento ser decente se volvió una debilidad? ¿Cuándo dejamos de esperar que un presidente sea ejemplo de cordura y respeto, para aceptar que se exprese como si estuviera en una esquina cualquiera? El supuesto “gobierno del cambio” está compuesto por los mismos de siempre, protegidos por un discurso romántico que encubre malas prácticas y peores formas.

Armando Benedetti, hoy ministro del Interior, es quien justifica los constantes retrasos del presidente. Un hombre que, según Álvaro Leyva, es un “drogadicto en recuperación”, y quien paradójicamente dicta cátedra de moral. Benedetti afirma que organizarle una agenda a Petro es fascismo, porque el presidente “es un libertario” que hace lo que quiere, sin rendir cuentas ni respetar el cargo que ocupa. Y, como siempre, sus seguidores ven esto como una virtud.

Petro está rodeado de influenciadores, hoy contratistas del Estado, que amplifican sus discursos y replican ese “lenguaje del amor” que no es más que una fachada vulgar. Lo mismo ocurre con varios congresistas oficialistas, orgullosos de atacar a candidatos y ciudadanos decentes, sin mayor consecuencia.

Sergio Fajardo lo dijo claramente en la campaña de 2022: “La mejor herramienta para educar es el ejemplo”. Y el ejemplo que hoy ofrece el presidente Petro deja mucho que desear. Desde el desayuno se adivina cómo será el almuerzo: se prefirió a un supuesto estadista —como lo llamó Roy Barreras— antes que a un “gamín” como el ingeniero Rodolfo, cuyo lenguaje asustó a muchos. Sin embargo, la realidad ha demostrado que Petro gobierna con la misma rudeza verbal que su némesis, Álvaro Uribe.

Ojalá este capítulo termine pronto. La decencia debe volver a ser la norma, y el buen ejemplo, la guía.





miércoles, abril 23, 2025

Los extremos pudren todo

Lo que vivimos hoy en Colombia es el resultado de haber puesto nuestro destino en manos de los extremos. Dos polos ideológicos que, aunque se odian, se parecen demasiado en su forma de actuar. Se alimentan del conflicto, gobiernan para sus aliados, reparten cuotas, y olvidan su deber más básico: servirle a todo el país. Los extremos pudren todo, y esa lección nos la han dado dos figuras que han marcado a fuego nuestra política reciente: Álvaro Uribe Vélez y Gustavo Petro. Ambos han moldeado el poder a su imagen y semejanza, a punta de clientelismo, polarización y discursos incendiarios. Son opuestos, sí, pero al final usan las mismas herramientas para dividir y manipular. 

Uribe fue el arquitecto del ascenso de Iván Duque, un presidente improvisado que llegó al poder sin experiencia ni liderazgo. Duque fue más un títere que un mandatario, más un presentador de televisión que un gestor de país. Su legado es tan pobre que lo único destacable fue allanar el camino para que, por primera vez, la izquierda llegara al poder. El mismo Duque que hablaba de economía naranja mientras el país contaba muertos por COVID, es el reflejo de un proyecto político vacío, que solo existía para servir al ego de su mentor. Y ese mentor, hoy enjuiciado por soborno y fraude procesal, sigue pretendiendo ser la conciencia moral del país. Como si no bastaran los escándalos, las chuzadas, los falsos positivos y la forma descarada en que utilizó el poder para perseguir a sus enemigos.

Pero el otro extremo tampoco se queda atrás. Gustavo Petro llegó prometiendo un cambio ético, pero lo primero que hizo fue pactar con los mismos de siempre: Armando Benedetti, Roy Barreras, y una larga lista de oportunistas reciclados del uribismo y el santismo. En lugar de rodearse de talento, Petro eligió lo útil, lo leal, lo que le asegurara gobernabilidad, aunque fuera a costa de su propio discurso. Así llegó al poder Laura Sarabia, una exasistente convertida en canciller, símbolo de cómo se premia la cercanía más que la capacidad. Así aparecieron empresarios cuestionados como Euclides Torres financiando campañas, y así su propio hijo terminó acusado por lavado de activos y enriquecimiento ilícito.

Petro, que tanto criticó a Uribe por sus ataques a la institucionalidad, ahora sueña con cambiar la Constitución por la vía de una consulta popular. Quiere legitimar sus reformas en las calles, con discursos llenos de dramatismo, insultos y promesas vacías. Se mueve como pez en el agua entre multitudes, pero naufraga en la gestión real. Y mientras tanto, el país espera. Criticó a Duque por su gabinete, pero ahora tiene en el poder a los mismos personajes que antes denunció. Criticó a Uribe por sus hijos, y hoy su propio hijo está en los estrados judiciales. Criticó la politiquería, pero se rodeó de ella. Lo que no soportamos en un extremo, lo toleramos en el otro. Y eso nos ha llevado al punto en el que estamos.

Tres años de gobierno con más escándalos que logros. Más ruido que resultados. Un presidente más preocupado por su imagen que por los problemas del país. ¿Cirugías estéticas? Bien. ¿Soluciones reales? En veremos.  Desde procedimientos estéticos hasta rumores de índole privada, incluyendo la presunta escapada a Panamá con un travesti, y de su primera dama, a la cual no se volvió a ver en eventos públicos junto a Petro. El foco ha estado más en lo anecdótico que en la gestión pública.  

Colombia atraviesa una etapa de profundo desgaste institucional, donde el péndulo entre extremos ha dejado una ciudadanía fragmentada y un sistema político debilitado. Con esperanza, muchos esperan que las elecciones de 2026 marquen un punto de inflexión y permitan la emergencia de liderazgos más equilibrados, responsables y comprometidos con el interés general, le llego la hora al centro. Colombia necesita una pausa, una reflexión profunda. No se trata de escoger entre Uribe o Petro, entre la derecha furiosa o la izquierda resentida. Se trata de salir de los extremos, de apostar por la sensatez, por lo institucional, por lo que une y no lo que divide. Porque los extremos, cuando gobiernan, no transforman: pudren. Y ya es hora de dejar de permitirlo.


Mentiroso, mentiroso

Durante la campaña presidencial de 2026, Abelardo de la Espriella y su fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo, defendieron una polít...