Hace unos meses, el actual presidente de Colombia, Gustavo Petro, decía que para que la cocaína fuera legal solo debían quitarle la «I» a la palabra ilegal, y con eso —según el laureado Petro— todo termina y se vuelve legal la droga. Petro, un tipo que pareciera que en las noches se mete sus meques o quién sabe qué sustancias para comenzar a trinar y escribir locuras, quiere llevar al país a una guerra civil. La violencia corre por sus venas; total, es un guerrillero que se declaró en rebeldía y se alzó en armas contra el Estado.
Hoy, luego de ser el presidente del país y no reconocer los resultados de las elecciones, Petro toma el camino que vimos muchos en estos cuatro años: el de su radicalización extrema y el llamado a la lucha de clases que dio lugar a las guerrillas y a las pugnas entre conservadores y liberales hace más de sesenta años.
Gustavo Petro afirmó que no reconoce la legitimidad del gobierno entrante de Abelardo de la Espriella y sostuvo que, según él, «Abelardo no ganó las elecciones». Incluso escribió en su cuenta de X que «el presidente de Colombia, de acuerdo con la decisión de los colombianos, es Iván Cepeda». Llama ilegítimo a Abelardo y dice que el presidente es Iván Cepeda. Un caso muy parecido ocurrió en Santa Marta hace unos años, cuando Carlos Caicedo logró imponer en el tarjetón a Jorge Agudelo, quien por votación lograba ganar, pero bajo un manto de ilegalidad, dado que su inscripción se dio fuera de los tiempos de ley gracias a un juez amigo de apellido Villalba.
Petro afirmó que, en su criterio, las elecciones fueron fraudulentas y que Iván Cepeda fue el verdadero ganador, por lo que insistió: «El presidente de Colombia, de acuerdo con la decisión de los colombianos, es Iván Cepeda». Posteriormente, Cepeda hizo un llamado a la «desobediencia civil pacífica» si, según él, no se garantizaban la legalidad y la transparencia del proceso de transición y de la posesión presidencial. También convocó a movilizaciones sociales. Petro, por su parte, convocó marchas para el 20 de julio y respaldó la idea de mantener la protesta social, mientras insistía en que el resultado electoral debía ser impugnado por las vías jurídicas. Van a incendiar el país, como solo ellos saben hacerlo; buscarán marchas, cerrar calles, protestas y bloquear a un país que no merece tener estos dirigentes.
Para Petro y Cepeda, la elección de Abelardo no fue legítima, aunque para las instituciones el ilegítimo sea Cepeda. Quizás, si aplicamos la lógica petrista de quitarle la «I» a la palabra, Cepeda sería el legítimo ganador del país de las maravillas, así como hace unos años Agudelo, en Santa Marta, fue el alcalde de la ciudad de hierro.
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