Narnia es un mundo de fantasía y magia creado por el escritor anglo-irlandés C. S. Lewis como escenario principal de su famosa heptalogía literaria infantil y juvenil. Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda en gobernar este país, ha salido con otra de sus pilatunas, de las que ya nos tienen acostumbrados a dudar de su cordura; su delirio de poder es absoluto, solo comparable con el de Álvaro Uribe Vélez en la historia reciente de este maltrecho país.
Pero lo que realmente sorprende no es que Petro —quien bajo el efecto de quién sabe qué sustancias trinaba en las madrugadas locuras, incoherencias y frases desarticuladas— hoy esté hablando de un «gabinete alterno» frente al gobierno de Abelardo de la Espriella. Habla de un gabinete de desocupados petristas radicales que lo acompañaron en su gestión y cuyos resultados saltan a la vista: un país más dividido y jodido que el que recibió de manos de su antítesis, Iván Duque.
Petro y sus adeptos viven, en el lenguaje coloquial, en Narnia: como esa persona distraída y desconectada de la realidad que fantasea con imposibles.
El famoso «gabinete por la vida» del derrotado Iván Cepeda —pupilo de Petro— está integrado por lo más rancio de la izquierda actual, con funcionarios cuyo recorrido está atado de la mano del expresidente:
Irene Vélez, como ministra de Minas y Energía / Ambiente.
Guillermo Alfonso Jaramillo, en el Ministerio de Salud.
Daniel Rojas, participante de todos los horrores cometidos en el Icetex y quien tiene más cara de cuidar carros a las afueras de un ARA que de ministro de Educación.
Antonio Sanguino, pidiendo recursos para ejercer la oposición en su misterioso mundo narniano, solicitando que el Estado les financie la función para la que el creador de ese universo fantasioso los designó como ministro del Trabajo.
Juan David Correa, como ministro de Cultura.
Germán Ávila, el mismo que entregó un presupuesto desfinanciado y autor de tres reformas tributarias fallidas en el gobierno petrista, propuesto nuevamente como ministro de Hacienda.
Andrés Camacho, el hombre que nos dejó sumidos en la crisis energética, como ministro de Minas y Energía.
Rosa Yolanda Villavicencio, «Rosita», quien repetirá como canciller y, como todos los miembros de este imaginario mundo petrista, es la encargada de reiterar una labor mal hecha que, como todo lo de Petro, salió mal.
Aun así, Petro y Cepeda olvidaron incluir en el gabinete de Narnia a Aída Quilcué y a Francia Márquez: personajes que sirvieron para generar lástima o apego electoral, pero que son descartados a la hora de gobernar. Petro prefiere a figuras como Juliana Guerrero, Gabriela Muñoz o la misma Laura Sarabia para ejercer el poder y repartírselo. Es la política del amor del líder mesiánico, donde solo se hace lo que el mesías indica; ocurrió con Uribe, con Caicedo y ahora con Petro, figuras siniestras y peligrosas para el futuro del país.
El gabinete de Narnia se dedicará a dictar cátedra de buen gobierno (según ellos) y a criticar, que es lo único que han hecho toda la vida. Cuando tuvieron la oportunidad, fallaron: se atrincheraron en su esquina radical de la izquierda y desde ahí contemplaron el mundo únicamente para quienes seguían sus ideas. Se olvidaron de gobernar para el país y lo hicieron para sí mismos, excluyendo a quienes no compartían su línea política. Por eso, el gobierno que llegue debe ser superior: debe gobernar para la nación, no para la izquierda. En eso, el gabinete de Narnia es experto: en excluir. No saben construir, pero son profesionales en destruir